No se llama Haaland. Tiene un peinado normal, el gesto escéptico de los que ya saben que a la vida hemos venido fundamentalmente a pasarlas canutas, la cara de esos extras que se contratan en el cine para hacer bulto al fondo de la escena, ya sea en un bar, en un hospital o en un campo de batalla. Cuando se le escapa el balón, o se lo regala al rival, o lo manda a las nubes, hace lo mismo que hacemos todos cuando perdemos el bus o nos dejamos el móvil en casa: olvidarnos de las miradas ajenas y cagarnos en lo más preciado. Que por algo tenemos sangre y por algo tenemos tripas y por algo tenemos boca. No se llama Mbappé. Su fútbol no es un violín sonando en la Orquesta Sinfónica de Londres, ni unos fuegos artificiales iluminando la playa en una noche de verano. Se trata de algo mucho más simple, es decir, mucho más complejo. Buscar la practicidad, tener olfato, leer la jugada, esperar el momento, caer en el sitio, forcejear con el cuerpo, colocar bien el pie, tomar la decisión correcta. No se llama Kane. Su club no pelea por la Champions, su ficha no aparece en los rankings de los futbolistas más caros, sus camisetas no se venden en los seis continentes. Es probable que a algunos habitantes de Atlanta todavía les cueste pronunciar su apellido. Nació en un municipio de 30.000 habitantes, lleva el ’21’ en la espalda, persigue el gol como un perro el palo que le ha lanzado su amo. No se llama Lamine. Ni Vinícius. Ni Olise. Pero la está rompiendo. Cuatro partidos en una Copa del Mundo le han bastado para conseguir aquello que solo parece reservado a unos pocos elegidos: colarse en los sueños de miles de desconocidos. Es la meta más codiciada. Y él la ha alcanzado corriendo en dirección contraria. Hay un niño que ahora mismo ha dejado de jugar a lo que estuviera jugando, ha caminado hasta la cocina, ha llamado a sus padres y les ha dicho orgulloso, exuberante, convencidísimo: “Yo de mayor quiero ser Oyarzabal”.
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Fotografía de Getty Images.


