En Estambul, las omnipresentes banderas turcas te recuerdan dónde estás. Los múltiples tributos a Mustafa Kemal Atatürk, quien hizo posible el Estado que cambió el nombre de Constantinopla y le quitó su condición de capital para marcar un punto y aparte. Sin embargo, sus equipos de fútbol son quienes determinan qué y quién eres: una manera de elegir en qué lado de la historia y de una urbe de 16 millones de habitantes quieres estar. Cada derbi entre Galatasaray y Fenerbahçe es un recuerdo vivo de las múltiples identidades que conviven en la ciudad, dividida de forma tangible entre dos continentes (cercanos pero a la vez alejados) por el Bósforo y unida tanto por una pasión desmedida por el deporte rey como por una anarquía controlada. Quizá por carácter, o quizá por costumbre.
El fútbol en Estambul va mucho más allá de Galatasaray y Fenerbahçe. Es lógico en un lugar en el que, más allá del balón, conviven la Iglesia de San Salvador de Cora, una iglesia bizantina que también fue una mezquita; la Catedral Patriarcal de San Jorge, ortodoxa griega; la Mezquita Azul, musulmana; o la Iglesia de Santo Antonio de Padua, católica, a 20 minutos en coche (si el tráfico lo permite, claro). Siete de los 18 equipos de la Süper Lig son de la ciudad, que acumula 61 campeonatos ligueros desde 1975. 25 para el ‘Galata’, 19 para el ‘Fener’, 16 para el Beşiktaş y uno para el İstanbul Başakşehir. Alejados del Bósforo, hace falta viajar hasta Trebisonda para encontrar las siete del Trabzonspor y hasta Bursa para encontrar la única del Bursaspor. Pero, a la hora de la verdad, todas las miradas acaban en cada derbi “intercontinental”.
En la zona europea, los lugares más populares tanto para locales como para turistas como la Torre Gálata o la Plaza Taksim se tiñen de rojo y amarillo. Camisetas y banderas enfundadas desde primera hora, ya que cada derbi está en juego desde mucho antes del silbido inicial. El orgullo no está a la venta en Turquía. Tampoco es ninguna casualidad que ese sea el territorio del ‘Galata’. A escasos minutos de Taksim, bajando la multitudinaria calle Istiklal, se encuentra el Liceo de Galatasaray: la única escuela pública secundaria francófona de todo el país pero, ante todo, el origen del club más laureado de la historia del fútbol turco. La vida da bastantes más vueltas que el balón.
Los equipos de fútbol de Estambul son quienes determinan qué y quién eres: una manera de elegir en qué lado de la historia y de una urbe de 16 millones de habitantes quieres estar
Cada aficionado elige su mejor acompañante (té turco, cerveza, vino, tabaco o shishas, no necesariamente por separado) para calentar motores y gargantas desde medio día. Las previas no necesariamente se tienen que reducir a dos o tres horas antes del partido. A partir de ahí empiezan los cánticos y las primeras bengalas encendidas. Marcar territorio es un mandamiento. Para ver a Estambul teñida de amarillo y azul hace falta cruzar hacia la Anatolia, la península donde se localiza la mayoría del territorio turco, ya que es en el distrito Kadikoy donde se encuentra la mayor parte de la masa social del Fenerbahçe.
Pasado el tiempo considerado justo, la afición se desplaza a las afueras del RAMS Park. No solo hay que alargar la fiesta: también es necesario intimidar lo máximo posible al eterno rival. Los gritos de los seguidores del Galatasaray se escuchan desde un radio de tres kilómetros, pero no como un sonido flotante de fondo, sino como un rugido que hace vibrar el alma. Ahora, llegar al estadio constituye todo un reto por la gran masa social de ambos clubes. Es en el desplazamiento donde se puede confirmar una dinámica propia de Estambul: las normas son importantes, pero también el libre albedrío. ¿Llevar casco al mando de una motocicleta? Nadie ha especificado dónde, si es que realmente hace falta. ¿Adelantar con un coche teniendo poco espacio? Por qué no manejarlo como si fuese precisamente una moto. ¿Acudir al estadio con una radio analógica en mano pero sin entrada? A la vieja usanza, nunca se sabe cuándo puede sonar la campana en la taquilla o en las puertas de acceso. Aunque el libre albedrío siempre es más fácil de manejar gracias al confort y la tranquilidad que aportan la plantilla de Turkish Airlines con su experiencia VIP tanto abordo como en templo del ‘Galata’.
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El fútbol turco no entiende de medias tintas
Con los jugadores ya preparados en el túnel de vestuarios, Turquía entera se para. Una vez salen, estar sentado más allá de la tribuna deja de ser una opción y 53.000 almas empiezan a dar la mayor de sus entregas. No solo las del Galatasaray, también las del Fenerbahçe, que resisten desde su trinchera y aprovechan cada momento de confusión de la afición local para hacerse notar. El partido arranca con la tensión de quienes saben que se están jugando un título de liga: una victoria del ‘Galata’ aumenta la diferencia ante el ‘Fener’ a siete puntos, a la inversa reduce la distancia a uno. Los duelos son intensos, pero mantienen ese punto de ‘teatro’ para ver si el colegiado, Yasin Kol, pica en el arte del engaño.
Pasado el primer cuarto de hora, Davidson Sánchez se la juega desde el suelo y acaba cometiendo un penalti sobre Sidiki Cherif. Los decibelios del RAMS Park pueden subir, bajar y recuperarse en un abrir y cerrar de ojos. Tanto si es para celebrar acciones que no llevan a ningún lado, como un gol en fuera de juego; como para recriminar a sus propios jugadores los errores, el caso de Sánchez; o reírse de las desgracias ajenas, como la pena máxima que acto seguido Anderson Talisca falla. Un balón ni siquiera dirigido hacia los tres palos después de que Kerem Aktürkoglu, ex del ‘Galata’, le pidiera que se lo dejase a él. No solo por el hecho de ser un especialista, también para aplicar la ‘ley del ex’. El Fenerbahçe se da cuenta rápidamente de la losa que implica esa acción y el Galatasaray tampoco tarda en oler la sangre. Talisca alimenta por qué en San Salvador de Cora se bromea con que José de Nazaré no llora por estar molesto con la Virgen María, sino por ver jugar al ‘Fener’.
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Victor Oshimen adelanta al Galatasaray en el 40’ tras un córner y, tras el descanso, el partido cambia por completo. Tras una gran recuperación de Leroy Sané, Yudus Akgün se convierte en el tipo más listo de todo el RAMS Park tras forzar un penalti ante Jayden Oosterwolde. Las protestas se intensifican, pero la extrañeza llega a su máximo esplendor cuando Kol decide expulsar a Ederson Moraes. ¿El motivo? No retroceder hasta su línea para efectuar la pena máxima y encararse con el propio árbitro. Una decisión protestada y rabia expresada con un puñetazo directo a la sala VAR por parte del portero brasileño. Toda una salida del terreno de juego digna del paseo de la vergüenza de Cersei Lannister. El fútbol turco es un lugar en el que un tipo como Oshimen es alguien ‘cuerdo’ que pide calma a sus compañeros para no perder el foco y convertir ese penalti, una tarea que Bariş Alpir Yilmaz asume con efectividad y sangre fría a partes iguales en el 67’. Celebración sin camiseta, no vaya a ser que a alguien se le olvide la importancia del duelo o la pasión desmedida que caracteriza el fútbol turco.
Los gritos de los seguidores del Galatasaray se escuchan desde un radio de tres kilómetros, pero no como un sonido flotante de fondo, sino como un rugido que hace vibrar el alma
Con el partido cada vez más negro, la afición del Fenerbahçe decide encender bengalas y lanzarlas a la afición rival que se encuentra bajo sus pies tras sus primeros cánticos de celebración. Ninguno de los protagonistas presentes en el campo se altera e incluso uno de los seguidores del Galatasaray afectados en la zona opta por darle un nuevo giro: cogerla y celebrar ese 2-0 en el marcador. Lo que en el resto del fútbol europeo sería impensable, en Turquía es simplemente un día más por la oficina. Lucas Torreira convierte el 3-0 en el 83’ y el RAMS Park se gusta. Sin embargo, como todo en Estambul no sale según lo previsto, Oshimen deja la cordialidad para encararse con Mert Müldur tras cometer una falta gratuita con el enfrentamiento ya visto para sentencia. Todo para, una vez formada la correspondiente tangana posterior, abandonarla como si la situación no fuera con él y celebrar la victoria con una gorra.
Tras seis minutos de añadido, con el silbido final el Fenerbahçe abandona el terreno de juego no sin un último ataque de orgullo en forma de otra pequeña tangana. Con las autoridades turcas escoltando al conjunto visitante, el Galatasaray se dispone a celebrar la victoria de un partido con sabor a final. Desde la tribuna se decide mostrar un vídeo en las pantallas del estadio de tres canarios, símbolos del Fenerbahçe, llorando. No es una acción de los ultras -quienes, sin contexto alguno marcado por la actualidad, presumen de banderas de la República Turca del Norte de Chipre-, sino institucional. Las actitudes o los gestos que en otros lugares serían considerados una hipérbole, en Turquía son la norma. El derbi “intercontinental” refleja cómo late el corazón de Estambul, con devoción hacia los símbolos que la representa, y cómo funciona: con la exigencia de abrazar el caos, estar abierto a los imprevistos y adaptarte a los cambios. Lo que le sobró al ‘Galata’, ya de camino a su 27ª liga con Turkish Airlines como patrocinador oficial para formar parte y contribuir a ese éxito, y le faltó al ‘Fener’.



