Hace mucho tiempo, en una Europa League muy, muy lejana, el fútbol de clubes europeo vivió uno de los partidos más emocionantes y vibrantes que jamás se hayan presenciado en una competición UEFA. Diez años atrás, el 14 de abril de 2016, Liverpool y Borussia Dortmund jugaron una vuelta de cuartos de final de la UEL que, si me preguntan, definiría como una total oda al fútbol. Aquella noche hubo remontada, goles, tensión y emoción a raudales en la que fue la primera gran noche de Jurgen Klopp al frente del conjunto ‘red’.
La eliminatoria en general fue un momento que el técnico alemán nunca olvidará de su etapa en Liverpool. Klopp estaba viviendo su primera campaña en Anfield tras haber partido desde Dortmund en busca de nuevos retos y con la ilusión de revivir a un gigante dormido como eran los ‘reds’ por aquel entonces. Antes de la llegada del germano, los ingleses sólo habían levantado cuatro trofeos desde la final de Atenas 2005 contra el Milan y seguían en busca de una fórmula mágica con la que volver a lo más alto. Enfrente llegaba un Dortmund que había apostado por un joven Thomas Tuchel para el banquillo, el cual, al igual que Klopp, recaló en el Borussia tras comenzar su carrera como técnico destacando en el Mainz 05.
El cruce de cuartos de final fue más que un simple reencuentro entre una persona y una entidad que se querían y habían formado una conexión única. Era un duelo entre dos equipos hermanados, dos de esos conjuntos por los que casi todos los amantes del balompié sienten amor y debilidad por lo que representan y por la mística que hay a su alrededor. Dos clubes que se desgañitan cantando el You’ll never walk alone provocando a cualquiera que los escuche que se le ponga la gallina de piel. Aquello fue Anfield contra Westfalenstadion, Reus contra Coutinho, el Muro Amarillo contra The Kop. Pero, por encima de todo, aquello fue un Klopp contra el Borussia Dortmund.
Aquello fue Anfield contra Westfalenstadion, Reus contra Coutinho, el Muro Amarillo contra The Kop. Pero, por encima de todo, aquello fue un Klopp contra el Borussia Dortmund
Tras un primer choque en Alemania donde ambos equipos firmaron tablas (1-1), el Dortmund llegaba con la presión de marcar un tanto por la clásica regla del valor doble de los goles fuera de casa. Los visitantes se plantaron en Anfield con el veterano y capitán Roman Weinderfeller en portería. La misma defensa que tres años atrás había claudicado contra el Bayern en una final de Champions con Piszczek, Hummels y Schmelzer, pero con la excepción de Sokratis en lugar de Subotić. En la sala de máquinas salieron Weigl y Gonzalo Castro, escoltando a cuatro atacantes llenos de aura como Reus y Mkhitarian en los costados, Kagawa en el enganche y el velocista Aubameyang como punta de lanza. Por su parte, los locales comenzaron con Mignolet en el arco respaldado por una pareja de centrales de altos vuelos tanto para lo bueno como para lo malo: Sakho-Lovren. Clyne y Alberto Moreno dieron la amplitud por los laterales, mientras que Milner y Emre Can sostuvieron al equipo en el centro. Por delante de ellos, una tripleta de mediapuntas talentosos conformada por Coutinho, Firimno y Lallana filtrando balones a un joven Divock Origi que le había comido la tostada a Sturridge.
Aquella noche en Anfield el Dortmund pegaría su primera estocada muy pronto, en el 5’, tras un balón bombeado de Gonzalo Castro a la espalda de Sakho que Aubameyang remató en semichilena y que Mignolet salvó, aunque luego no pudo hacer nada en el rechace de Mkhitaryan. Casi sin tiempo para recuperarse del golpe, Batman y Robin aparecieron sólo cuatro minutos después para clavar una nueva estaca en el corazón ‘red’. Tras un robo en el centro del campo, Reus condujo hasta poco más allá del círculo central para colarle un pase al espacio a Aubameyang, nuevamente a la espalda de Sakho, que puso el 0-2 en el luminoso. Anfield no se lo podía creer y parecía que Klopp tampoco. El alemán maldecía y se desgañitaba desde la banda, viendo cómo sus antiguos jugadores se estaban convirtiendo en su verdugo, y cómo la ventaja de la ida se esfumaba cuando no se había cumplido ni el minuto 10 de juego.
La primera parte siguió su curso con una extraña sensación de confianza pero fragilidad para el Liverpool. Como era lógico, los locales se echaron en tromba a por el partido alentados por un Anfield más frío que al inicio del choque, pero que en ningún momento dejó de lado a los suyos. Pese a que el número de llegadas fue mayor para los locales, los espacios de la defensa ‘red’, aprovechados por un Aubameyang que cabalgaba cual velocista jamaicano al espacio, provocaron más de una taquicardia antes del interludio al aficionado local.
El segundo acto abrió unos 45 minutos que fueron una pura fantasía, convirtiendo aquella noche en una inolvidable. La poca efectividad ‘red’ de la primera parte terminó en el 48’ con un balón filtrado de Emre Can a la espalda de su compatriota Hummels que culminó con un sutil toque de puntera de Origi. El Liverpool había conseguido lo más importante, marcar rápido para mantener vivas las esperanzas de la remontada. La alegría, al igual que al inicio del duelo, duró lo mismo que un amor de verano. Menos de 10 minutos después, en el 57’, Hummels se internó en territorio enemigo para, con un pase milimétrico, dejar solo a un Marco Reus que fulminó al palo largo de Mignolet con un gol de extremo de toda la vida. El choque, que se había convertido en un partido que parecía transcurrir a mil kilómetros por hora, volvía a favorecer a un Dortmund que se mostraba como un púgil preparado para encajar los golpes y devolverlos más fuertes cuando el momento lo requería.
A un minuto de que el cuarto árbitro levantase el cartelón, todo Anfield comenzó a vibrar al unísono del You’ll Never Walk en busca de un último arreón. La presión pareció dar resultado
Entre tantas idas y venidas, sólo un genio como Coutinho podía poner un punto de cordura. En el 66’, el brasileño encadenó una pared en el borde del área con Milner para soltar un latigazo contra el que nada pudo hacer Weidenfeller. Tras el 2-3 del por aquel momento joven brasileñó, el Dortmund desapareció y se comenzó a olisquear ese aroma a épica de un Liverpool de antaño que Klopp quería recuperar. Los ingleses siguieron insistiendo y avasallando la puerta de Weidenfeller con un bombardeo de centros constantes. A poco más de diez para el descuento y viendo lo que se le venía encima, Tuchel decidió sustituir a Kagawa por Mathias Ginter para sumar un nuevo defensa a sus filas y así repeler las acometidas ‘reds’. Desgracias del destino, en su primera jugada el zaguero alemán fue un espectador de lujo de un córner sacado por Coutinho, que pasó botando entre él y Mkhitaryan y que acabó en el fondo de la portería previo paso por Sakho. La locura en Anfield estaba desatada y parecía que nadie la iba a parar.
Después de pensar que todo se había perdido, el Liverpool estaba a sólo un tanto de lograr la proeza de remontar tres goles en poco más de media hora. Cuando todo apuntaba a que el partido se convertiría en un asedio constante, el Dortmund encontró una calma y un dominio que no logró tras el gol de Coutinho. Los germanos consiguieron que no se jugase a nada y que el partido entrase en una extraña fase donde ambos equipos iban extra excitados pero sin generar peligro en ninguna de las dos áreas. A un minuto de que el cuarto árbitro levantase el cartelón, todo Anfield comenzó a vibrar al unísono del You’ll Never Walk en busca de un último arreón. La presión pareció dar resultado. Sólo un minuto después, en pleno tiempo de descuento, Milner logró poner un centro cayéndose desde la línea de fondo en dirección a la cabeza de un Lovren que se impulsó por encima de todos. Parecía imposible, pero sí, el marcador señalaba 4-3. El croata, todos sus compañeros y prácticamente el banquillo entero se fundieron en una marea roja con los aficionados en The Kop frente a la que nada pudieron hacer los stewards.
Poco más se jugaría. El choque remató con una falta al borde del área de Gündogan que, pese a alterar a más de un seguidor ‘red’, no le quitó el sueño aquella noche a Mignolet. La explosión de júbilo fue tan grande como las caras de decepción de los jugadores del Dortmund, perplejos por el partido que se les acababa de escapar cuando todo parecía resuelto. En aquella Europa League el Liverpool llegaría hasta la final, donde terminaría perdiendo 1-3 frente al Sevilla de Unai Emery. Pese al batacazo, los ‘reds’ seguirían creciendo cada temporada de la mano de un Jürgen Klopp que se convirtió en toda una leyenda de Anfield por su carisma y sus resultados, pero todas esas odiseas dan ya para otra historia.
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Fotografías de Getty Images.


