Este reportaje está extraído del interior del #Panenka126, un número que dedicamos a la lucha contra el racismo en el fútbol
La mayoría de aficionados nunca han lanzado un improperio racista desde la grada. La mayoría de jugadores blancos no piensan en usar un insulto de este tipo para desestabilizar al rival. La mayoría de los clubes están dispuestos a mostrar su apoyo público a uno de sus futbolistas si este sufre algún tipo de discriminación. La mayoría de competiciones, federaciones e instituciones no dudan en mandar un mensaje de repulsa y acudir a las autoridades cuando se produce una situación de racismo sobre el césped. La mayoría de medios prefieren posicionarse del lado de la víctima mientras dan espacio a opiniones que censuran este tipo de actitudes, conscientes de que son escándalos sobre los que vale la pena informar, debatir, hablar. Y, sin embargo, pasan los años y es evidente que el fútbol sigue teniendo un problema con el racismo.
La solidaridad es imprescindible. Las campañas son iluminadoras. Y los gestos resultan poderosos. La educación y la cultura, al final del camino, es lo que nos acabará salvando, y hay que dedicarle todos los esfuerzos posibles. Pero en el mientras tanto, sin ir un paso más allá, todo intento se quedará en la superficie. Si lo que ves ya te indigna, piensa que solo es la punta del iceberg. Es urgente actuar más y mejor. Con más dureza y precisión. Eliminando el ruido de fondo, todo lo que nos puede confundir, esa falsa neutralidad. Estamos en el siglo XXI y nuestro fútbol tiene un problema con el racismo. Es el reflejo de un mundo que también lo tiene. La inoperancia solo puede convertirnos en cómplices.
Un informe de la organización Kick it Out, que lucha contra toda discriminación en el deporte, y que nació en 1993 para combatir específicamente el racismo, destacaba que en la temporada 2019-20 los insultos racistas habían crecido un 53% respecto al curso anterior. La FIFPRO, la asociación mundial de jugadores y jugadoras profesionales, publicó en 2020 la mayor encuesta hecha a futbolistas hasta ese momento, con la participación de 14.000 miembros de 54 países distintos. Los datos eran claros: uno de cada cinco futbolistas que militaban en equipos de ligas extranjeras había sido objeto de discriminación, ya fuera algún tipo de violencia basada en la etnia, la orientación sexual o la religión. La propia FIFPRO destacaba en uno de sus informes otra encuesta del sindicato de jugadores de los Países Bajos que reforzaba su interpretación de la estadística. De una muestra de 118 futbolistas masculinos, el 40% declaraba que percibía actitudes racistas habitualmente, mientras que el 25% escuchaba chistes o comentarios sobre raza o religión dentro del propio vestuario. También era esa proporción, uno de cada cuatro, la correspondiente a los jugadores que formaban parte de alguna minoría y que había recibido algún tipo de agresión racista, también verbal. En España, el último informe publicado por la Comisión Estatal contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte (Comisión Antiviolencia) del Consejo Superior de Deportes también databa de la temporada 2019-20. En él, se especificaba que, durante esa campaña, se habían denunciado 19 actos racistas, xenófobos y de intolerancia en el interior de recintos deportivos.
A falta de números, las sensaciones y los relatos de más y más jugadores nos hablan de un racismo al alza en el fútbol. Actuar es imprescindible. Siempre que lo hagamos todos
Todas ellas son cifras alarmantes que van acompañadas, además, de un elemento de sorpresa. Ya no estamos en los 80 y los 90. La violencia ultra y el hooliganismo ya no campan a sus anchas. La Liga insiste en un espectáculo más blanco y familiar, mientras que los clubes, en general, optan por censurar sin medias tintas cualquier tipo de agresión. En las dos últimas décadas, se ha instalado una sensación de que el racismo en el fútbol se diluía de tal manera que, incluso, podía estar en vías de desaparición. Dentro de ese discurso minimizador, situaciones como las que se han vivido en los últimos tiempos con el futbolista del Real Madrid Vinícius Jr., en el centro del debate público por las agresiones verbales que recibe, ¿son solo manchas graves que, sin embargo, emborronan una evolución positiva general?
Jugamos en el campo de la objetividad. Qué remedio: la falta de datos concluyentes (más allá de cifras y estudios independientes entre sí, como los expuestos anteriormente) nos empuja a basarnos principalmente en el relato de jugadores y jugadoras, pero también en las evidencias que escupen las cámaras de televisión o los buscadores de las principales redes sociales, para tomar la temperatura a la situación. Suficiente, sin embargo, para que se nos empiece a caer la venda de los ojos, el primer paso para combatir una lacra de esta clase.
La falta de información es un síntoma. Que no se monitorice al detalle y como es debido por parte de ligas y federaciones, que no se haga un seguimiento exhaustivo, nos indica que, aunque se observe como una cuestión importante, no se percibe aún desde las instituciones como un problema crucial, con el que es inviable que este deporte siga adelante. Tal y como lo exponen desde la FIFPRO: “No hay ningún registro público y oficial de la discriminación sufrida por futbolistas, porque los entes que rigen el fútbol raras veces hacen un seguimiento o publican estos datos. Esto significa que el nivel real del maltrato que pueden llegar a sufrir estos jugadores continúa siendo desconocido”.
EL ALTAVOZ DEL ODIO
Para comprender el porqué de esta línea preocupante, no basta con fijarnos en lo que va de la grada al terreno de juego en un día de partido. Y eso que, hasta donde nos alcanza la vida, los indicios que de ahí emanan son claros. Volviendo al caso de Vinícius, la prensa internacional solo ha tenido que ser testigo de episodios vividos por el delantero brasileño en el Camp Nou, Son Moix, el Nuevo Zorrilla, El Sadar o el Metropolitano para afirmar directamente que el fútbol español tiene un problema con el racismo. No ha ayudado que desde algunos sectores mediáticos se hayan justificado ciertas actitudes alegando que el juego y la actitud del madridista suponen una provocación. Negar o incluso tratar de minimizar el problema no solo no permite combatirlo como se debe, sino que lleva a un efecto multiplicador que, en plena era digital, puede hacer que se descontrole del todo.
En 2020, los insultos racistas habían crecido un 53%. Y un 20% de jugadores en el extranjero dicen sufrir discriminación
Si, por un lado, el racismo intrínseco, a veces inconsciente, del propio sistema ha evitado que desde los estamentos de poder se haya vacilado a la hora de actuar con dureza, el anonimato de las redes sociales ha hecho que se multipliquen las situaciones de intolerancia a las que se puede enfrentar un futbolista no blanco al final de su jornada laboral. Porque sí, no olvidemos que, al fin y al cabo, los profesionales del balón también están haciendo su trabajo, mientras soportan un nivel de menosprecio que sería inadmisible en una fábrica o una oficina. El entonces futbolista del Manchester United Marcus Rashford denunció hace unos años ante la policía hasta 70 mensajes insultantes o amenazantes que había recibido en redes tras la derrota de su equipo en la final de la Europa League frente al Villarreal. “Hasta ahora se han contado por lo menos 70 insultos racistas en mis cuentas de redes sociales. A los que intentan hacerme sentir peor de lo que ya me siento, mucha suerte con ello”, explicaba el futbolista, que a sus 28 años continúa siendo un referente para muchos jóvenes británicos de sectores empobrecidos, discriminados o en riesgo de exclusión…



