Europa se resquebrajaba otra vez ante los ojos de quien se atrevía a mirar. Pero el deporte tenía sus ventajas, qué duda cabía. Así lo escribía en noviembre de 1934 un cronista de la revista francesa Le Miroir des Sports, en un breve texto dedicado a Isidro Lángara. El ‘tanque’, el poderoso delantero que castigaba las manos de los porteros y torcía travesaños, el que maravillaba en el flamante Estadio de Buenavista, gozaba ya de fama internacional. Y eso que el futuro máximo goleador del Oviedo apenas había cumplido los 22. Pero en Francia no olvidaban el choque de cuartos de final del Mundial disputado la primavera anterior, la tremenda batalla de Florencia, en la que España llevó al límite a la anfitriona, Italia. La mancha del fascismo se extendía, pero esos españoles, aunque derrotados, habían hecho sudar a Mussolini, que había ordenado “vencer o morir”. En la década siguiente, de Madrid hasta Tokio, no habría consigna más cruda, más real. Pero entonces solo era fútbol.
Se daba ya por capturado, hasta que uno de los milicianos lo reconoció. “A ti no te haremos nada, ¡que eres Lángara!”. Ser Lángara tenía sus ventajas. Jugar en el Oviedo, ese club obligado a resistir y empeñado en persistir, tenía sus ventajas
Lángara se deja fotografiar junto a dos compañeros por el Semanario As con uniforme militar en las calles ovetenses. Sus fusiles descansan apoyados en la pared. La noche del 5 al 6 de octubre, la dinamita ha salido de la mina y se ha puesto al servicio de la revolución. Los mineros sacan las armas que llevan meses recolectando. 3.000 proletarios que pronto serán 30.000 ponen en jaque a la República. El vasco se encuentra haciendo la mili, así que es el azar, y no la convicción, el que lo pone a disposición del Gobierno y de un general apellidado Franco, llamado a sofocar la revuelta. En Oviedo hay combates y bombardeos. En dos semanas, fallecen 1.500 personas. Lángara podría haber sido la víctima más ilustre. Cuenta el periodista francés sin firma que, durante aquellos días de hostilidades en Oviedo, el escuadrón del futbolista se vio en una emboscada. Se daba ya por capturado, hasta que uno de los milicianos lo reconoció. “A ti no te haremos nada, ¡que eres Lángara!”. El deporte tenía sus ventajas. Ser Lángara tenía sus ventajas. Jugar en el Oviedo, ese club obligado a resistir y empeñado en persistir, tenía sus ventajas.



