Necesitamos levedad. Volver a los días blancos de la infancia. Emocionarnos con poco. Algo trivial, pero que resalte en la superficie. Recordamos nuestras primeras experiencias como espectadores de fútbol. Los primeros partidos. Aquella ilusión desnuda, sensible, capaz de encenderse a la mínima.
Recordamos cuando solo el peinado de un jugador era capaz de ocupar toda nuestra atención. Ese tipo de futilidades. Cuanto más exagerado, mejor. Nos poníamos inmediatamente de su parte. Todavía no lo habíamos visto tocar un balón, pero nuestro veredicto ya era claro, cristalino: ese tío tenía que ser de los mejores.
Reparábamos, por ejemplo, en la barba amarilla de Djibril Cissé, y sabíamos que se marcharía de todos los rivales, que sus pases llegarían limpios al compañero, que metería un gol detrás de otro. Al artista Cristophe Miossec le pidieron en una ocasión que describiera la modernidad. “Todo brilla y nada arde”, contestó. La cosa ya era un poco así, entonces.
Ahora, tantos años después, intentamos que no remita del todo ese entusiasmo absurdo. La coleta de Baggio. Las mechas de Cristiano. Las trenzas azules de Vagner Love. Una fuerza extraña nos arrastra hacia esos futbolistas. Hacia aquellos que nunca pasaron ni pasarán desapercibidos.
Genio imposibles de ignorar. Como las nuevas Standout Pack de Skechers, unas botas que nacen precisamente con ese mismo propósito, resaltar entre la masa. Rojas. Intensas. Contundentes. Expresivas. Un latigazo de color que todavía hará destacar más en el verde a futbolistas como Harry Kane o Mohammed Kudus.
Cuanto más exagerado, mejor. Nos poníamos inmediatamente de su parte. Todavía no lo habíamos visto tocar un balón, pero nuestro veredicto ya era claro, cristalino: ese tío tenía que ser de los mejores
Demasiado carisma como para no caer en la trampa. Podemos admirar a un jugador solo por su talento, sin tener en cuenta el envoltorio, pero no es lo mismo. Goku te gusta mucho, hasta que aprieta los puños y se convierte en Super Saiyan, y entonces te gusta mucho más. Un jugador que se tiñe el pelo, o que lleva los brazos colmados de tatuajes, o que salta al césped con botas rojas, es un marciano entrando en un centro comercial.
Tanta personalidad abruma. Ni la pasión ciega que sientes por tu equipo, ni los cabreos desmedidos que te generan algunos resultados. Para nosotros, la parte más irracional de la afición al fútbol reside en esos detalles minúsculos que aún así condicionan por completo nuestro comportamiento. Necesitamos que no desaparezcan. Que continúen aligerando la carga. Larga vida a los que no pasan desapercibidos.



