Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka155, con un dossier sobre rivalidades, que ya está disponible aquí
El emperador bizantino y su esposa, la emperatriz Teodora, saludan desde el palco imperial. Nada se compara a la pasión que despiertan las carreras, que inflaman y a la vez sedan a las masas. Azules contra Verdes. ¿De qué lado estás? ¿En honor de qué auriga vas a erigir una estatua? ¿A qué dioses o arcángeles has pedido que se estrelle la carroza rival? En las bancadas, resuenan los improperios, que vuelan de un lado a otro.
No sería extraño que las facciones llegaran a las manos. Así solía ocurrir en otro tiempo, bajo la mirada entretenida de tantos dirigentes que hicieron del circo un pasatiempo gratuito. El poder bendijo las rivalidades, el fervor ciego. Azules o verdes: elige bien, porque por ese color valdrá la pena morir. Ni siquiera el emperador podía permanecer parcial. ¿Cómo renunciar al placer mundano de aplastar al enemigo? Justiniano apoya a los azules, pero no espera que el clamor se le vuelva en contra. De pronto, ve con pavor cómo se extiende una revuelta. El hipódromo se levanta al grito de ‘niká!’ (¡victoria!). La ira arrasará la ciudad, sin perdonar siquiera a Santa Sofía. Justiniano se verá retenido en el Gran Palacio, a punto de rendirse. Teodora le instará a resistir. Con fuerzas recobradas, dirigirá una represión terrible, gobernará tres décadas más y será recordado como ‘el Grande’.
Pregúntale a un neurólogo por qué se te eriza la piel si alguien menta al innombrable. Pídele a la IA de dónde surge la necesidad de tener rivales. Podrán escribir manuales y tratados, pero no hallarán una respuesta que te convenza. Es bello porque es misterioso
Las dichosas carreras de carros… El dichoso fútbol… Consulta a los historiadores sobre ese sentimiento. Pregúntale a un neurólogo por qué se te eriza la piel si alguien menta al innombrable. Pídele a la IA de dónde surge la necesidad de tener rivales. Podrán escribir manuales y tratados, pero no hallarán una respuesta que te convenza. Es bello porque es misterioso.
Fue Séneca quien escribió que, sin adversarios, languidece la virtud. Aunque, a decir verdad, cuando el lunes después de perder un derbi no podemos levantarnos, cuando el estómago se nos cierra antes del gran choque, cuando nos prometemos que nunca más vamos a pasar frío en esa grada visitante, nos viene, querido Séneca, otra sentencia tuya a la mente: los hombres aman sus vicios y, al mismo tiempo, los odian.



