Siete victorias en siete partidos. 25 goles a favor y apenas tres en contra. Un contundente 3-0 a Países Bajos en la final de Rabat con los tres tantos en la primera parte. Cifras indiscutibles de campeonas. Este es el balance de la selección femenina sub-17 de Corea del Norte, que acaba de ganar su cuarta Copa del Mundo, la segunda consecutiva.
Por extraño que pueda parecer desde los ojos de Occidente, en las categorías inferiores del fútbol femenino norcoreano ya hay una asentada costumbre de ganar. Hace apenas un año, el combinado sub-17 se coronó campeón en la República Dominicana tras vencer a España en la final (el torneo ha sido bienal desde 2008, y anual las dos últimas ediciones); y unos meses antes levantó la Copa Asiática, que también ha ganado este año.
Pero los éxitos de la cantera femenina norcoreana no acaban aquí. Su selección sub-20 también fue campeona del mundo el año pasado en Colombia, apeando a todopoderosas como Estados Unidos o Brasil, y tanto en 2024 como en este 2025 se han alzado con la Copa Asiática. En total, en los últimos diez años, el fútbol femenino de Corea del Norte ha levantado hasta doce títulos internacionales.
En cualquier país democrático, este balance de resultados se interpretaría únicamente desde la óptica de la inversión en formación y la gestión de talento joven, pero en el caso de Corea del Norte planea la sombra de la propaganda y el soft power (poder blando) a través del deporte.
Hace poco trascendió que desde 2012 las jugadoras más destacadas de la selección entrenan en equipos mixtos con sus homólogos masculinos para optimizar su desarrollo técnico y táctico
Disciplina militar en ‘La Masía de Pionyang’
El origen de todos estos éxitos se encuentra en la Escuela Internacional de Fútbol de la capital, una institución deportiva estratégica que recluta y forma talento joven procedente de todo el país mediante torneos escolares y programas federados, y a la que algunos medios se refieren como ‘La Masía de Pionyang’. Y es que el programa norcoreano está concebido para generar rendimiento constante y alcanzar éxitos internacionales desde edades muy tempranas, y no únicamente en el fútbol —en los últimos Juegos Olímpicos la delegación norcoreana obtuvo seis medallas—.
Rumores, suposiciones, elucubraciones, habladurías… No se sabe prácticamente nada acerca de los métodos de entrenamiento, de la preparación de las futbolistas, o de las infraestructuras con las que cuenta la Federación. Lo poco que se filtra es información oficial que proviene directamente del Gobierno. Lo que sí se sabe es que toda la formación deportiva está estrictamente militarizada. La idea es que las futbolistas no solo deben rendir por ellas mismas, sino también como representantes del Estado.
Hace poco trascendió que desde 2012 las jugadoras más destacadas de la selección entrenan en equipos mixtos con sus homólogos masculinos para optimizar su desarrollo técnico y táctico. Y entre esos nombres prometedores deslumbran dos por encima del resto: Yu Jong-hyang, bota de oro en el último mundial sub-17 con ocho goles en seis partidos; y Choe Il-son, máxima goleadora del mundial sub-20 con seis tantos en el torneo. Sus perfiles representan bien el carácter del equipo, un colectivo disciplinado, con futbolistas técnicamente dotadas, muy conectadas entre sí y con un estilo de juego que prioriza la posesión y la solidez defensiva antes que los detalles individuales.
En Corea del Norte existe una liga, la DPRK Premier Women’s Football League, con equipos afiliados a instituciones nacionales como el ejército o el Partido. En ese contexto, ninguna jugadora conoce competiciones internacionales hasta que son convocadas por la selección, y por supuesto ninguna tiene permitido salir del territorio para formarse o fichar por clubes de la élite de países extranjeros.
Puede que la falta de exposición a otras ligas y competiciones limite la proyección internacional de las jugadoras, pero este modelo, totalmente controlado por el Estado, es también la razón fundamental de que el país haya logrado construir una cantera de jugadoras jóvenes capaces de ejercer un claro dominio a nivel mundial.
La propaganda también juega
Es casi tan viejo como el propio fútbol. Desde principios del siglo XX, dictadores como Mussolini, Hitler, Franco, Videla o los sátrapas del Golfo Pérsico han utilizado este deporte para lavar su imagen, y el régimen de Corea del Norte no es una excepción. Consciente de su poder de atracción, su impacto y su seguimiento, la dinastía Kim se subió al carro del sportswashing (blanqueamiento deportivo) por primera vez en la Copa del Mundo de 1966, cuando la selección nacional sorprendió a todo el mundo colándose en los cuartos de final —comenzó ganándole 0-3 a la Portugal de Eusebio para acabar perdiendo 5-3—.
Sin embargo, ha sido en el fútbol femenino donde Corea del Norte ha aprovechado mejor su oportunidad de cimentar el soft power. Cuando en los años noventa la FIFA comenzó a considerar la creación de un Mundial femenino, Pionyang detectó una ventana de oportunidad para capitalizar ese crecimiento internacional. En ese contexto, el Partido del Trabajo —el partido único— impulsó la creación de la selección de fútbol y creó la liga nacional femenina.
En el ‘reino ermitaño’ todo está calculado, todo se mide y se controla. La final del mundial sub-17 jugada el sábado 8 de noviembre no se retransmitió en Corea del Norte hasta dos días después. Al régimen no le valen las derrotas, solo el éxito sirve para moldear el relato de la gloria nacional. Tras la victoria de las futbolistas sub-20 en Colombia, el propio Kim Jong-un recibió a las jugadoras en la sede del Partido, y hubo rúa en Pionyang con miles de ciudadanos ondeando banderas y flores.
El Rodong Sinmun, el principal diario del régimen, incluso le dedicó su portada al triunfo, algo inusual en un medio donde solo se ensalza al líder y se relatan sus gestas, y habló de las protagonistas como “las orgullosas hijas que han elevado el honor de nuestra gran patria”. El discurso oficial emplea fórmulas cargadas de emoción nacionalista que vinculan directamente las victorias deportivas con el proyecto ideológico del país, aunque en este caso, y según algunos medios de la región, se hizo especial énfasis en este éxito para intentar levantar la moral de la población tras las graves inundaciones que se habían producido poco antes.
De cara al exterior, alzar títulos también refuerza el prestigio internacional del régimen y se convierte en una poderosa herramienta diplomática. Aquí, la prensa extranjera es clave, y la estrategia suele funcionar. Por ejemplo, en su cobertura de la final, el medio francés France 24 difundió tal cual el eslogan gubernamental de Corea del Norte, “Alegría para nuestra amada madre patria”.
Pero la repercusión mediática no se queda solo en la prensa, en la web oficial de la FIFA, la información y las crónicas sobre las selecciones juveniles norcoreanas están plagadas de noticias positivas, sin ningún cuestionamiento, algo que ayuda a consolidar la imagen de modernidad y de apertura que quiere exportar el régimen.
Lo que sí se sabe es que toda la formación deportiva está estrictamente militarizada. La idea es que las futbolistas no solo deben rendir por ellas mismas, sino también como representantes del Estado
El éxito juvenil se pierde en la absoluta
A pesar del dominio aplastante en categorías inferiores, el fútbol femenino norcoreano tiene un balance mucho más modesto conforme se escala en la pirámide. La selección absoluta del país no ha obtenido resultados relevantes en los grandes torneos recientes, y lleva sin clasificarse para un Mundial desde 2011.
Ese año es también el del escándalo. Por entonces, hasta cinco futbolistas del combinado nacional dieron positivo por esteroides en el Mundial de Alemania, lo que derivó en severas sanciones de la FIFA. Rápidamente, las autoridades norcoreanas justificaron el dopaje argumentando que las sustancias procedían de un tratamiento basado en la medicina tradicional que contenía almizcle de ciervo, una excusa que no convenció al máximo organismo rector del fútbol.
En cualquier caso, existen serias dudas sobre la sostenibilidad del éxito cosechado en la sub-17 y la sub-20. Sin un entorno competitivo más diverso, es difícil que las jugadoras, por muy prometedoras que sean, puedan mantener el nivel de rendimiento, ya que el salto al fútbol senior exige progresar en contextos más exigentes. Por lo tanto, la estructura se tambalea en un sistema que funciona bien como una fábrica de talento, pero que no garantiza que las futbolistas se desarrollen fuera de ese ecosistema cerrado. Con todo, la selección absoluta ya está clasificada para la Copa Asiática de 2026, y el objetivo es que también pueda meterse en el Mundial de 2027 y los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 2028. Mientras tanto, la patria las vigila y las espera.
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Fotografía de portada de Getty Images.



