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Agostino Di Bartolomei: fracasamos, capitán

El suicidio de Agostino Di Bartolomei, leyenda de la Roma, nos habla de tabús y estigmas, pero sobre todo nos muestra errores que no quisimos ver

Di Bartolomei
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Agostino Di Bartolomei, líder de la Roma que ganó un Scudetto y fue subcampeona de Europa, se quitó la vida hace 30 años. Su muerte abrió un cajón desconocido e incómodo: el de cómo afrontan las estrellas la retirada.


 

San Marco di Castellabate, Campania, sur de Italia. Un campeón del Scudetto, ya retirado, se asoma al balcón de la villa en la que reside. Empuña un revólver Smith & Wesson del 38 y se lo pone en el corazón para el disparo fatal. Este podría ser el comienzo de una novela noir de temática deportiva, pero en realidad es el final de la vida de Agostino Di Bartolomei, el histórico capitán de la Roma que el 30 de mayo de 1994, exactamente diez años después de perder la final de la Copa de Europa contra el Liverpool, se suicidó. “Me siento encerrado dentro de un hoyo”, escribió en la última carta dirigida a sus familiares. El fútbol italiano lidiaba por primera vez con un mal desconocido.

La Roma estaba en el destino de Di Bartolomei, nacido en 1955 y criado en Tor Marancia, uno de los barrios obreros de la capital italiana. La Roma era su única fe y, tal y como hacían muchos niños, empezó a jugar al fútbol en el patio de una iglesia -concretamente, en el Oratorio San Filippo Neri, bajo la atenta mirada de don Guido Chiaravalli-. Aquí Di Bartolomei exhibió su destreza en los disparos de larga distancia; tanto que sus amigos no querían ponerse en la portería cuando había un penalti o un lanzamiento de falta. Su primer equipo fue el Omi, club afiliado a la Roma; tenía 14 años y cumplía el sueño de su infancia. “En aquella época la Roma no atravesaba un buen momento y mucha gente la llamaba despectivamente ‘Rometta'”, cuenta Lorenzo Latini, periodista del diario Il Romanista y autor de una biografía sobre Di Bartolomei. “Mientras el primer equipo languidecía, él ganó, como capitán, dos campeonatos Primavera, la principal liga de fútbol juvenil en Italia”, añade. El debut con los ‘mayores’ se produjo en la temporada 1972-73, gracias al entrenador Antonio Trebiciani. “El excentrocampista Giancarlo De Sisti contó cómo fue su llegada al vestuario”, dice Latini. “Se presentó con su bolsa en el hombro, sin hablar. Estaba siempre en silencio, se vestía y se iba. Al comienzo, pasó por ser un poco tenebroso y solitario, también iba al teatro y a museos. Pero al final todos nos dimos cuenta de su talla humana. En un entorno futbolístico más bien frívolo, parecía un marciano”. Después de marcar su primer gol en la Serie A, Di Bartolomei bajó a segunda división para jugar con mayor asiduidad.

En 1976 volvió definitivamente a la Roma, donde se encontró a un entrenador con quien compartir su pasión por el arte. El sueco Nils Liedholm fue el que más impacto tuvo en su carrera. Gracias a su pierna derecha explosiva y a su inteligente lectura del juego, adornada con una técnica individual y un sentido táctico superdesarrollados, Di Bartolomei se convirtió en un organizador impecable, un atleta serio y profesional, con el dorsal 10 de los elegidos.

 

“Se presentó con su bolsa en el hombro, sin hablar. Estaba siempre en silencio, se vestía y se iba. Al comienzo, pasó por ser un poco tenebroso y solitario, también iba al teatro y a museos”

 

Gradualmente, la ‘Rometta’ se fue transformando en un equipo competitivo. Eran los ‘años de plomo’ en Italia y, en el contexto delincuencial de la época, Di Bartolomei recibió amenazas y fue víctima de un robo. Fue entonces cuando se compró un revólver para tenerlo en casa. Se sentía más seguro.

Di Bartolomei, renombrado ‘Ago’ y ‘Diba’ por hinchas y periodistas, logró otro sueño con 25 años: recibir el brazalete de capitán. “Liedholm había asistido a la final del campeonato Primavera de 1974”, dice Tonino Cagnucci, escritor y exmiembro de la comisión del Hall of Fame de la Roma: “Di Bartolomei le impresionó por su charla a los compañeros. Fue como una epifanía: ‘Este será mi capitán’, pensó el técnico. Así fue”. Un capitán atípico, con inquietudes, silencioso, aparentemente inaccesible. Pero también cariñoso dentro del vestuario. “Me acuerdo de mi primer día con el equipo senior”, cuenta Ubaldo Righetti, exdefensa que debutó con la Roma en 1981. “Entrenábamos en el campo Tre Fontane y en esa época los hinchas podían asistir a las sesiones: vinieron 5.000 tifosi, sentías sus vibraciones. Me acerqué a ‘Ago’ en las vueltas de calentamiento y me dijo: ‘Míralos: muestra respeto y honra siempre esta camiseta’. Ayudó a muchos compañeros a aclimatarnos en una ciudad tan frenética como Roma”, añade.

Tras los fichajes del delantero Roberto Pruzzo, del brasileño Falcão y de un joven Carlo Ancelotti, la Roma estaba a punto de salir de “la prisión del sueño”, como el presidente Dino Viola definió la espera por volver a ganar una liga desde 1942.

El camino hacia la reconquista del Scudetto arrancó después del Mundial de España de 1982, ganado por la selección italiana. Agostino no acudió, pero ese año obtuvo su medalla personal con el nacimiento de su hijo Luca. Para la nueva temporada, la dirección romanista fichó al medio austríaco Herbert Prohaska y a dos zagueros: el experimentado Aldo Maldera y el veloz Pietro Vierchowod. Mientras, Lieldholm revolucionó la carrera de Agostino retrasándolo como líbero. Una decisión arriesgada, ya que ‘Diba’ siempre había sido criticado por ser lento. “El experimento inicialmente provocó muchas críticas, sobre todo después de una derrota contra la Sampdoria”, cuenta Latini. “Roberto Mancini se escapó y marcó el definitivo 1-0. La prensa atacó a Di Bartolomei con apelativos feroces como ‘culo de plomo’. Luego, la intuición de Liedholm se reveló acertada, ya que Agostino era imprescindible en la construcción del juego y tenía a Vierchowod a su lado”. La Roma se instaló en la cima de la clasificación y se mantuvo hasta llegar al partido contra el Avellino, con la oportunidad de ganar matemáticamente la liga. Bajo la lluvia, el capitán anotó el 2-0 con un cañonazo de los suyos y lo celebró de manera desenfrenada, levantando los brazos al cielo. “Aquel gesto venía de un hombre serio e íntegro, introvertido y romanista: algo grande se estaba cociendo”, escribe Sandro Bonvissuto en su libro La alegría hace demasiado ruido. “Fue una liberación”, recuerda Righetti. “Pero la victoria no fue suficiente para ser campeones. Agostino nos mantuvo concentrados y apeló a nosotros, los jóvenes, para lograr el objetivo”, continúa. Una semana más tarde, un empate contra el Genoa fuera de casa desató un carnaval por las calles de la capital. “En Roma no se celebró una fiesta: Roma entera era una fiesta”, anota Bonvissuto. Di Bartolomei se convirtió en el primer capitán romano y romanista en ganar la Serie A .

Bartolomei

Este reportaje está extraío del #Panenka145, un número dedicado a la salud mental en el fútbol que sigue disponible aquí

 

El 15 de mayo de 1983, la Roma jugó su último partido de la temporada, frente a su gente. “El equipo hizo una vuelta de honor con un banderón tricolor, y ‘Ago’ estaba encima, por supuesto”, recuerda Cagnucci. “Cuando estaba feliz, solía apretarte los brazos con fuerza o darte un pellizco, pero nunca debías sentirte mal: para él, era como un abrazo”, dice Righetti.

Gracias al Scudetto, la Roma adquirió el derecho de participar en la Copa de Europa por primera vez. Además, la UEFA ya había designado el Olímpico de Roma como estadio de la final: no podía ser una mera coincidencia. Los campeones de Italia superaron todas las eliminatorias y se plantaron en el gran escenario. “Fue una espera larga y agobiante”, cuenta Righetti. “Nos concentramos en la montaña, mientras que el Liverpool vino a Roma con sus familias y yendo de compras: parecían estar de vacaciones”.

La final terminó 1-1, y los penaltis iban a decidir al vencedor. La serie empezó con el inglés Nicol, que disparó alto. “Liedholm le había indicado a ‘Ago’ que sería el primero en tirar, aunque en esa época los colegiados no anotaban el orden de los lanzadores”, añade Righetti. “Me acuerdo de ese intercambio de impresiones entre ‘Ago’ y nuestro delantero, Francesco Graziani. ‘Ve tú, Ciccio, voy a recuperarme un minuto’, le dijo ‘Ago’. Graziani, que no era un especialista, estaba casi en el punto de penalti cuando Liedholm se dio cuenta. ‘Ago’ se acercó a Ciccio y le dijo que había un cambio de plan”. Di Bartolomei marcó: durante un minuto, la Roma fue campeona de Europa. Pero para Righetti, que convirtió el tercer penalti tras el error de Bruno Conti, el lío inicial de los lanzadores acabó pasando factura: “Ciccio pasó de verse el primero a ser el cuarto: psicológicamente fue un golpe duro”. Graziani erró, mientras que Kennedy marcó para darle el título a los ‘Reds‘. La Roma se quedó a un paso de la gloria eterna.

Afortunadamente, el equipo tenía que jugar otra final, la de la Coppa Italia. Fue la última aparición de Liedholm, que había firmado un contrato con el Milan, y de Di Bartolomei, a quien el nuevo entrenador, Sven-Göran Eriksson, consideraba demasiado lento. Cuando levantó el trofeo, ‘Diba’ esbozó una sonrisa apretando los dientes. Se sentía engañado por el club. Los hinchas ya sabían con quién aliarse: “Pueden quitarte tu Roma, pero no tus tifosi. Después de 317 partidos y 71 goles en once temporadas, el capitán siguió a su mentor.

UNA SEPARACIÓN TRAUMÁTICA

Curiosamente, Milan y Roma se enfrentaron en la quinta jornada. Di Bartolomei marcó el gol decisivo frente a la Curva Sud -la de San Siro- y lo celebró rabiosamente con un evidente sentido de revancha. “Muchos romanistas le echaron la culpa, como si hubiera traicionado su amor”, cuenta Cagnucci. En el partito de vuelta, fue recibido con abucheos por parte de la afición y hasta se peleó con Graziani. “Allí sufrió muchísimo, y lo entiendo”, reconoce Righetti. “Separarse de Roma no fue fácil para él. Lo había dado todo en el club”, completa.

Di Bartolomei terminó su carrera en 1990, contribuyendo al ascenso de la Salernitana a la Serie B: una elección de vida, ya que su mujer era de esta región. Toda la familia se trasladó a San Marco de Castellabate, un pequeño y tranquilo pueblo de pescadores donde el exfutbolista cultivó su pasión por el mar y los barcos. Una vez retirado, abrió una escuela de fútbol: tenía una predisposición pedagógica para enseñar las reglas del deporte y de la vida a los más jóvenes. Sin embargo, su objetivo final era crear un centro deportivo. Por razones burocráticas, nunca pudo lograrlo. No fue su último sueño roto: ‘Ago’ deseaba volver a la Roma, su casa. “Intentó regresar y envió una carta a Viola y a su sucesor, Franco Sensi, sin recibir respuesta”, recuerda Latini. “Era orgulloso, nunca habría pedido un trato de favor. Pero aquel silencio fue revelador”, asegura. El fútbol le dio la espalda. Para Cagnucci, “no se entiende que la Roma no contara con él. Por su inteligencia y habilidades lingüísticas, habría podido ejercer de todo, desde entrenador hasta portavoz. No supo promocionarse. Pero la culpa fue de quien no le llamó”.

Cuando Di Bartolomei se disparó en el corazón, nadie había detectado las señales de su malestar. “La caída de las estrellas en el olvido en tan poco tiempo puede ser ruinosa si son personas sensibles”, opina Latini. “La historia de ‘Ago’ arrojó luz sobre las dificultades por las que pasan ciertas personas cuando se apagan los focos”. En el documental 11 metros, el psicólogo Stefano Tamorri asegura que “para Agostino fue difícil gestionar su retirada: es un problema enorme en el deporte, subestimado por muchas instituciones”.

 

Cuando Di Bartolomei se disparó en el corazón, nadie había detectado las señales de su malestar. “La caída de las estrellas en el olvido en tan poco tiempo puede ser ruinosa si son personas sensibles”

 

La noticia de su trágica muerte levantó una ola de conmoción general. Mientras la Roma jugaba en el Olímpico el Trofeo Giorgio Calleri, los hinchas lo recordaban con esta pancarta: ‘Nada de palabras, solo un sitio en el fondo del corazón. Ciao ‘Ago’. “Estaba yendo de Roma a Pescara en coche”, recuerda Righetti. “Cuando escuché la noticia, no quería creérmelo. Me pareció absurdo”. Cagnucci tenía 22 años. “Nunca lo hubiera dicho. Fue un momento de dolor. Si no hubiese tenido a mano ese revólver…”. Luca Di Bartolomei, que era un chico de once años cuando vio a su padre por última vez, se convirtió en un activista contra las armas de fuego. Publicó un libro en 2019 en el que afirmaba que un revólver en casa no solo no implicaba más seguridad, sino que provocaba más suicidios. Hoy Luca tiene 42 años: ya son más de los que vivió su padre, motivo por el cual ya no quiere dar más entrevistas (también ha declinado la de Panenka). “No sabía cómo reaccionar a lo que yo advertía como un rechazo por parte de mi padre”, contó una vez en el Corriere della Sera. “Se suicidó a pesar de tenerme mí, a mi madre y a mi hermano, por lo que me hice responsable. Su muerte me provocó sentimientos que no supe interpretar, pero al mismo tiempo transformó su figura en un pequeño fenómeno colectivo”.

Durante muchos años, “la Roma se olvidó de él”, afirma Latini. “En 2012, gracias a los directivos Franco Baldini y Walter Sabatini, el club puso su nombre a un campo del centro de entrenamiento de Trigoria”. Ahí se juega, cada año, a finales de mayo, el Torneo Agostino Di Bartolomei de fútbol juvenil. Mientras, su historia inspiró documentales, figuras como la de Antonio Pisapia en la película Un hombre de más de Paolo Sorrentino o canciones como Traición y perdón, de Antonello Venditti. “No hay un futbolista que una tanto a los romanistas”, observa Latini. “Quizás solo se ama a Totti de la misma forma”, agrega. Según Cagnucci, “‘Ago’ es simplemente el capitán de la Roma más grande de siempre”. Suicidándose, además, se entregó a la inmortalidad.

“Mi padre representa un potencial fracaso que nos interroga a todos, y frente al que nos quedamos sin palabras”, explicó su hijo Luca. “Acepté la idea de que alguien pueda sentir carencias a pesar de tener el amor de una familia. Es evidente que no fue suficiente para llenar los vacíos de su estado anímico. La rabia que sentí hacia él fue porque creí que se consideraba más ‘Ago’ que papá. Pero estoy aprendiendo que hay que amar a las personas por ser como son, y no por cómo queremos que sean”, concluyó.

En ocasión del trigésimo aniversario de su muerte, el año pasado nació la Asociación Agostino Di Bartolomei (“Tengo el carnet número 6”, dice Cagnucci), con el objetivo de dar diez becas a chicos sin recursos de Tor Marancia para que puedan practicar deporte “y mantengan viva la memoria de Agostino y sus valores de honestidad y determinación”. Citando al ilustre periodista deportivo Gianni Mura, “los verdaderos capitanes pueden morir, o incluso elegir morir, pero olvidarlos es imposible”.

 


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Fotografía de Getty Images.