Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka150, que ya está disponible, un Especial Camisetas para disfrutar del verano
Los muchachos, unos adolescentes, se jugaron cinco boletos a que aquel era el caballo ganador. Bingo. Gay Simon, así se llamaba, cruzó primero la meta. Mantuvieron lo acordado y usaron el premio para cumplir un sueño infantil que, en homenaje a la cuadra de la que procedía el vencedor, se llamaría Platense. Compraron balones, camisetas y un inflador, lo básico para practicar el juego inglés que ya cautivaba a la Argentina de 1905. Y así nació el viejo ‘calamar’, de las pezuñas de un animal que, quién sabe por qué, galopó como ninguno. La primera muestra de aguante de la historia de Platense fue cosa de un equino. ¿Cómo sigue? Apetece entregarse al realismo mágico y escribir que aquellos chicos, tocados por las estrellas, escribieron el mito fundacional de un grande. Sin embargo, en 120 años, el Club Atlético Platense mordió más realismo que magia, más tierra que metal, suyas las pequeñas alegrías de la gente común, para la que perder es tan corriente como respirar.
Platense pronto empezó a vestir de blanco y marrón, sin intuir que aquella combinación los haría irrepetibles. Sus camisetas se ensuciaban tanto en aquel campo impracticable que un cronista sentenció que se movían como ‘calamares en su tinta’
Platense pronto empezó a vestir de blanco y marrón, sin intuir que aquella combinación los haría irrepetibles. Sus camisetas, tan modestas, se ensuciaban tanto en aquel campo impracticable que un cronista sentenció que se movían como ‘calamares en su tinta’. En el país brilla la franja roja sobre el blanco de River, el azul y el oro de Boca, el albiceleste de Racing, el rojo de Independiente… El marrón de Platense, en cambio, es impropio del fútbol, carente de épica, de literatura, de nobleza. El color del barro que el fútbol moderno ha limpiado, el del terreno yermo donde no crecen las flores, el de los desiertos que uno debe atravesar, el del purasangre que descansa encerrado y, por qué no decirlo, el de la mierda que hay que comer hasta que un día, solo un día, te pones esa camiseta que tan pocos comprenden, te despides de la familia y cruzas medio país para ver a tu equipo, al de tus mayores, al de Gay Simon, al de los pibes camuflados entre el barro, salir campeón por primera vez. Y te sientes grande. Pero eso no es nada comparado con sentirse único.










