Un trozo de hormigón se levanta entre pastos, ovejas y cabañas. El rojo y blanco de las gradas no deja lugar a confusión. Me sorprende su modernidad, que contrasta con lo que parece un barrio marginal. Tras casi una hora andando bajo un cruento sol, solo me queda la última cuesta. He llegado con bastante antelación, pero ya se presentan los primeros aficionados. Las bufandas les delatan. Uno de ellos sube a mi lado. Le pregunto si es del Partizani. Lo sé, cuestión obvia, pero no se me ocurre nada más que pueda iniciar una conversación. Los albanos tienen un carácter duro, y de primeras siempre son serios. Por fortuna, me responde en un comprensible inglés. Y aunque no será una conversación muy larga, sí lo suficiente como para conocer al equipo, a su rival, y desde luego, para poder adquirir mi entrada por 300 leks (unos tres euros al cambio).
El Arena e Demave, traducido como ‘Plaza de Toros’, se llena poco a poco. Dos grandes graderías presiden ambos lados del estadio. Detrás de un fondo, dos hombres mayores suben a un tejado para presenciar el encuentro. Más privilegio que un palco, estoy seguro. El estadio tiene capacidad para 4.500 aficionados, aunque, a pesar de ser un partido importante, no se llena del todo. Eso sí, los ‘Guerrils’, los ultras del Partizani, se encargan de que nadie note el vacío en las gradas. Su rival es el Egnatia, líder de la competición y vigente campeón, y este encuentro es clave para asegurarse el play-off que puede decidir el título. El equipo tiene que quedar entre los cuatro primeros para clasificar a una fase final que pretende darle emoción a un campeonato en crecimiento, y si sacan los tres puntos, atarán la cuarta plaza.
Me gusta el ambiente. Incluso con un grupo de italianos que viene al partido como despedida de soltero. Albania e Italia tienen lazos, lo veremos. El partido arranca, y ya hay gente con los móviles atentos a lo que ocurre en Korçë, localidad más cercana a Macedonia que a la capital. Me lo ha contado el aficionado con el que conversaba de camino al campo. Es una jornada unificada, y a la vez están pendientes de su máximo rival, el KF Tirana, que sufre por no descender. “No me gustaría que perdieran, quiero volverles a ganar la temporada que viene”, me ha comentado. Y es que se trata de la mayor rivalidad del fútbol albanés. Dos equipos históricos que, junto a otro club capitalino, el Dinamo de Tirana, dominan en el palmarés estatal.
Pero no he venido hasta aquí solo por este partido. Detrás del Partizani se esconde parte de la historia del país. Un equipo que viste de rojo, con una estrella que preside su escudo, y con un simbólico nombre que delata su origen socialista. Porque, fundado en 1946, el nacimiento de este club tiene una importante vinculación con el Movimiento de Liberación Nacional. Quizá suena a otra pedante lección de historia, pero lo cierto es que Albania, un reducto atrapado en el tiempo, es sinónimo de lucha contra el fascismo, y a su vez, de uno de los regímenes más herméticos de la Europa que en su día fue socialista. Una Europa, como ya sabemos, dividida, de la que se ha hablado mucho, pero que siempre se ha olvidado de la nación de las águilas.
El Arena e Demave, traducido como ‘Plaza de Toros’, se llena poco a poco. Dos grandes graderías presiden ambos lados del estadio. Detrás de un fondo, dos hombres mayores suben a un tejado para presenciar el encuentro
Hagamos un resumen rápido. Nación de origen incierto, con un interés estratégico que, a lo largo de los siglos, atrajo a italianos, griegos y serbios, antes de que los otomanos tomaran el poder a finales del siglo XIV. Un territorio separado por principados independientes que, a pesar de oponer resistencia, sucumbió durante más de 400 años al dominio turco. De hecho, si en Albania preguntas por el príncipe Skanderbeg, te hablarán maravillas del militar que fue capaz de retener los ataques del Imperio otomano durante dos décadas. Ahora bien, la cosa cambia cuando recuerdan su pasado más reciente. La decepción reina ante el fracaso de la monarquía del rey Zog y del comunismo que un tal Enver Hoxha implantó. Y para ello, hay que trasladarse a 1912, cuando Albania fue la última nación en formar parte del Imperio otomano.
Tras declarar su independencia en 1912 y ser reconocida un año después por las grandes potencias europeas, Albania pasará por años de incertidumbre política. Sus acercamientos fortuitos a la democracia propiciarán el crecimiento de uno de los políticos más influyentes: Ahmet Muhtar Zogoli. Este alcanzará la presidencia de la República de Albania, pero su autoritarismo transformará el país en una monarquía hereditaria, proclamándose así como el rey Zog I. Obviamente, no fue tan fácil como esto. Tras la independencia, las grandes potencias nombran a un rey de origen germano, que, por supuesto, no tendrá apoyo de los albaneses.
El nacionalismo en Europa está en alza, y la Segunda Guerra Mundial acaba estallando. Italia, aliada de Alemania y que se había declarado “no beligerante” —que no neutral—, se unirá a las ansias expansionistas de sus socios germanos y, por su cuenta, invadirá Albania pocos meses antes del inicio oficial del conflicto. Albania cae bajo dominio de Mussolini, que pretende dar un paso adelante rumbo a Grecia, y el rey Zog I se verá obligado a huir al exilio. Curioso, porque el artífice de la invasión, el ministro de Asuntos Exteriores italiano, el conde Galeazzo Ciano, había sido padrino en la boda del monarca.
Una era donde la Albania italiana reconstituye sus fronteras, abarcando la mayor parte de territorios habitados por albaneses en los Balcanes y creando la llamada “Gran Albania”. Sí, la de la famosa bandera de Stefan Mitrovic. Con ello se cierra el capítulo de Zog I, pero claro, la historia sigue, y en Albania, la lucha contra el fascismo prolifera. Llegarán incluso los nazis tras la caída de Mussolini, pero la resistencia comunista que se está dando en la Europa del Este se impone. Son los llamados partisanos, grupos de combatientes —muchos de ellos civiles— organizados en la clandestinidad y que luchaban por la liberación nacional de sus territorios. Los mismos que liberarán a Italia, a Yugoslavia y, claro está, también a Albania.
¿Y quién lidera a los partisanos albaneses? Lo hemos mencionado antes. Su nombre es Enver Hoxha, el hombre que, tras expulsar a los invasores, toma el poder y establece el régimen comunista. Un régimen radical que prohibirá religiones (en un país con una gran diversidad religiosa) y que, a través de la Sigurimi, se encargará de perseguir a todo aquel que no esté de acuerdo con su gobierno. Pero es que no solo eso. Enver Hoxha romperá relaciones con otros regímenes comunistas como la URSS o la China de Mao Zedong, y Albania quedará completamente aislada. Una época de lo más oscura, que dejará 65.000 víctimas entre ejecuciones, encarcelamientos e internamientos.
El culto a la personalidad y su obsesión por una ocupación tanto del bloque comunista como capitalista llevarán a Hoxha a construir una enorme red de búnkeres por todo el país. Ya fuera en carreteras, montañas y ciudades, en total se construyeron 173.371 búnkeres de hormigón y hierro durante sus 41 años de dictadura. Una invasión que nunca llegó, por lo que jamás fueron utilizados. Pero claro, el miedo se apoderó de una población manipulada y castigada por la pobreza. Hoxha promovió una idea rígida de sí mismo a base de eliminar con cualquier método todo lo que supusiera una amenaza para su poder. Incluso llegó a ejecutar al marido de su hermana, acusado de sostener ideas revisionistas.
Y como todo régimen, allí estaba el fútbol, arma letal para anestesiar al pueblo. Lo dicho, el Partizani nacerá a raíz de quienes liberaron a Albania de una ocupación, pero, paradójicamente, introdujeron a los suyos a un régimen silencioso que también los sometió. El equipo del ejército. También nacerá el Dinamo de Tirana, el equipo del Ministerio del Interior, y el, por ahora, equipo reinante, el KF Tirana, será víctima de la opresión comunista en favor de los dos nuevos clubes de la ciudad. Incluso fue rebautizado como KF 17 Nëntori Tirana en honor al 17 de noviembre, fecha en que los alemanes fueron expulsados de la capital. Pero los éxitos del Partizani no tardan en llegar. Incluso levantará el primer y único internacional de un equipo albano. En 1970 se proclaman campeones de la Copa de los Balcanes. Y es que, durante los años 50 y 80, el Partizani dominará Albania, con el apoyo económico e institucional del régimen comunista.
En 1970 se proclaman campeones de la Copa de los Balcanes. Y es que, durante años, el Partizani dominará Albania, con el apoyo económico e institucional del régimen comunista
Pero en 1985, a los 76 años, Enver Hoxha fallece. Albania queda viuda y nadie celebra la muerte del dictador. Tampoco pueden hacerlo. Cualquier muestra de alegría puede acabar en condena. El Estado organizará un luto masivo y obligatorio, y a su muerte le seguirán homenajes, transmisiones oficiales y discursos de elogios. Con ello, el dominio del Partizani perderá a su principal valedor. Aunque el fútbol, esta vez, ya no servirá para dar de comer a un pueblo hambriento. Las colas son interminables, y el racionamiento es miserable. El sucesor de Hoxha, Ramiz Alia, intentará una tímida transición mientras el viento de la perestroika ya sopla sobre los países del Este.
Caerá el bloque oriental, y el capitalismo se abrirá paso en Albania. En 1992 se celebran por primera vez en 70 años elecciones democráticas. Vence Sali Berisha, neoliberal y conservador que promete una rápida transición al capitalismo. Sin embargo, en un momento donde el dinero se movía demasiado rápido, Berisha fue partícipe del surgimiento de empresas financieras no reguladas que funcionaban con el denominado ‘esquema Ponzi’: pagaban a los primeros inversores con el dinero de los nuevos. Los albaneses invirtieron en masa, y en 1997 las pirámides colapsaron. La crisis social y política se apoderó del país, el gobierno de Berisha cayó, y la población tomó las armas a modo de protesta. Sin el control del Estado, se vivieron dos meses de guerra civil y anarquía.
Más de 2.000 personas fallecieron, además de que muchos albaneses emigraron a Italia durante ese tiempo, incluso después de la intervención internacional que supuestamente recuperó la estabilidad en el país. Lo que no se recuperaría fue la economía, así como la confianza de la población en el sistema político. Y mientras todo esto sucede, el Partizani gana la Copa de Albania ese mismo año. Sin embargo, el equipo ya lleva una década en decadencia, y en la temporada 99-00 desciende por primera vez en su historia. Serán años irregulares, con regresos a la máxima categoría, pero muy lejos de aquel éxito que le había llevado a sus quince títulos ligueros. En 2010, el Partizani acabará descendiendo a la tercera división, y no será hasta 26 años después de su último título de liga que el Partizani logrará volver a alzarse como campeón (2019). Y aquí están de nuevo. Hoy venciendo a los líderes de la competición y cada vez más cerca del play-off.
Así como su país, el Partizani ha evolucionado, pasando del éxito a la derrota en un abrir y cerrar de ojos. Aunque ciertamente, el tiempo aún es más relativo si nos referimos a Albania. Porque aquel siglo de amargura pesa, y el desenfrenado capitalismo todavía no ha sido capaz de borrarlo. Aunque moderna, cosmopolita y cada día más visitada, el pasado sigue muy presente en Tirana. Todos siguen su vida, pero pocos olvidan el sufrimiento. Son hijos de la liberación, pero también hijos de un pasado que les hundió. Por las cicatrices. Por todos aquellos que lucharon y que hoy no lo pueden contar. Por los recuerdos que el viento no se ha podido llevar.
SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA
Fotografías de Gorka Urresola.



