Un caminante llega a Liverpool una gris mañana de mayo. No es aficionado al Everton, ni siquiera ha pisado Inglaterra antes, pero algo lo empuja a caminar por las calles que rodean el viejo estadio de Goodison Park. No busca fútbol, sino recuerdos.
En cuanto pone un pie en Walton, algo le resulta distinto. No es casualidad. Pasea por uno de los barrios más antiguos de la ciudad portuaria. No hay grandes avenidas ni escaparates modernos, solo hileras de casas humildes, de ladrillo rojo, todas con el alma pegada a la acera. La vida aquí no hace ruido, pero se siente. Cada ventana parece haber visto los domingos de partido como quien mira el mar desde el mismo sitio durante 132 años.
Avanza por Walton Lane, y el viento sopla con ese aroma salobre que solo conocen los barrios cercanos a la costa. El cielo está encapotado, pero no amenaza tormenta; es más bien un techo de melancolía. Entonces gira la esquina, y aparece él. Es Goodison Park.
No hay elementos grandilocuentes. No lo anuncian luces ni pantallas. El estadio se levanta en mitad del barrio como un anciano respetado: sin pedir atención, pero imposible de ignorar. Azul desgastado, venas de hierro, silueta de tiempos pasados. Es un coloso discreto.
No hay elementos grandilocuentes. No lo anuncian luces ni pantallas. El estadio se levanta en mitad del barrio como un anciano respetado: sin pedir atención, pero imposible de ignorar
Un barrio que respira fútbol
Al rodearlo, en Gwladys Street, el turista se topa con una visión que lo sacude: la iglesia de St. Luke’s, pegada (casi fundida) al estadio. De ladrillo oscuro y vidrios gastados, más que un templo, parece un altar al fútbol. En su jardín descansan las cenizas de cientos de hinchas, como si quisieran seguir escuchando los cánticos desde el más allá. Nadie abre la puerta, pero tras los cristales se adivinan flores, bufandas, fotos, pequeñas ofrendas. Aquí el Everton no se sigue: se hereda, se reza, se entierra con uno.
Más adelante, el sonido de las risas lo lleva hasta Spellow Lane, donde un pequeño colegio llamado Little Look ‘s Preschool, parece resistir el paso del tiempo. Los niños juegan sin saber que están frente a un gigante dormido. Un niño dibuja un estadio con lápices azules; una niña patea una pelota contra la verja. En su inocencia, sostienen la memoria del lugar sin darse cuenta.
En la entrada del cole, alguien ha pegado un cartel hecho a mano: “Hoy despedimos a Goodison. Mañana empezamos a recordarlo”. Ningún adulto podría haberlo dicho mejor.
En la entrada del cole, alguien ha pegado un cartel hecho a mano: “Hoy despedimos a Goodison. Mañana empezamos a recordarlo”. Ningún adulto podría haberlo dicho mejor
El adiós de ‘La gran dama vieja’
Sigue caminando por Goodison Road, tocando las rejas frías, mirando las placas, sintiendo cómo el estadio respira por última vez. No hay ruido de obras aún, pero la nostalgia ya está obrando por dentro. El estadio no llora, se despide como se van los padres, los abuelos, los gigantes. Con dignidad.
Desde la acera de Bullens Road, se sienta en un banco. Saca su cuaderno. Escribe con cuidado, como si con cada palabra tratara de no perder ni un ladrillo de lo que ve. Frente a él, ‘The Grand Old Lady’ (La gran dama vieja) permanece en pie. Pero ya se siente fantasma. Al final del paseo, frente al viejo Prince Rupert’s Tower (símbolo del escudo del club), el visitante levanta la vista por última vez a sabiendas de que el futuro estadio de los ‘Toffees’ brillará al otro lado del Mersey, en Bramley-Moore Dock.
No es un estadio. Es un vecindario con memoria. Una iglesia que entierra camisetas. Un colegio que sueña con goles. Una esquina donde el viento canta himnos aunque nadie los cante ya. Cuando el viajero se levanta y se aleja con el sombrero en la mano, sabe que no ha visitado un lugar, sino una historia.
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Fotografía de Getty Images.


