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Y Oyarzabal fue el elegido

El delantero de la Real estiró la pierna para hacer explotar el pase de Cucurella y en cuanto el balón salió en llamas hacia la portería supo que esta vez había sido el escogido

Oyarzabal

Podría ser un gol de rabona tras un centro raso y tenso, un penalti parado a mano cambiada al final de la tanda o un estadio rugiendo con la fuerza de más de cien mil gargantas. Pero creo que lo que más me impresiona del fútbol es la forma en la que elige a sus héroes y sus víctimas, y su despreocupación total para justificar sus decisiones. Algunos se refieren al misterio del deporte, otros al capricho del destino, otros al poder de lo random. Lo cierto es que, por más que aquí tecleemos después de cada partido tratando de sonar coherentes, el fútbol es un disparate gordísimo. Un libro escrito en suajili. Una brújula sin flechas. Un director de casting que cada mañana se bebe cinco chupitos antes de acudir al trabajo. Un día echas gasolina al coche, al otro bajas al súper a por mayonesa, al otro te tomas una cerveza con los amigos y al otro eres el elegido para marcar un gol que te hará pasar a la historia de un país. El fútbol es la tontería más bestia que existe. “O con amor o con odio”, dijo Pavese, “pero siempre con violencia”. Oyarzabal estiró la pierna para hacer explotar el pase de Cucurella y en cuanto el balón salió en llamas hacia la portería supo que esta vez había sido el escogido. Su rostro en la celebración, esos tres primeros segundos en los que no consigue dar ni con una sonrisa, son la cara de un niño que acaba de ver pasar un monstruo por el pasillo. El delantero de la Real, del que hoy hablará hasta el hombre del tiempo, hace no tanto estaba en una camilla de hospital sin saber si su pierna volvería a responder. Normal que se llevara un susto. Hay noches tan perfectas que es para echarse a temblar. 

 


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Fotografía de Getty Images.