Juan Arango
Estrella venezolana, excelente tirador de faltas y tercer máximo goleador histórico del Mallorca con 49 tantos. Arango dejó dos imágenes imborrables de su paso por el conjunto isleño, una por bella y otra por estremecedora. La primera, marcando el segundo mejor gol de la temporada 2005-06, solo superado por uno de Ronaldinho en el Bernabéu. Contra la Real Sociedad, convirtió un simple saque de banda en una obra de arte. Controló el balón con el pecho y, antes de que tocara el césped, lo remató con un giro casi imposible del cuerpo. Inolvidable. Sin embargo, al centrocampista bermellón también se le recuerda por un incidente mucho menos alegre. El 10 de marzo de 2015 el equipo intentaba remontar una temporada desastrosa, pero el momento más agónico del curso llegó en aquel Mallorca-Sevilla en Son Moix. En una disputa por un balón dividido, Arango recibió un brutal codazo de Javi Navarro. Perdió la conciencia y se derrumbó sobre el césped. Sufrió traumatismo craneoencefálico y una parada cardiorrespiratoria, ya que la lengua y la hemorragia le obstruían las vías respiratorias. Afortunadamente, se recuperó, pero tuvo que recibir 40 puntos en la boca y esperar a que se curara su hueso malar, fracturado en el choque. Regresó al terreno de juego el 1 de mayo, y lo hizo con gol. Arango seguía siendo Arango, y a partir de su vuelta el Mallorca empezó a mejorar sus resultados ligueros, vio la luz al final del túnel y acabó logrando la permanencia por un pelo. Al venezolano lo renovaron por tres temporadas más. Se lo había ganado con sangre y sudor.
Tercer máximo goleador histórico del Mallorca con 49 tantos, Arango dejó dos imágenes imborrables de su paso por el conjunto isleño, una por bella y otra por estremecedora
Ariel Ibagaza
Le llamaban el ‘Caño’ por la frecuencia y facilidad con la que colaba el balón entre las piernas de sus oponentes. La forma más pícara de superar a un rival. Pequeño, ágil y con una visión de juego excepcional, el mediapunta argentino se convirtió en un futbolista clave para un Mallorca de ensueño que ganó la Supercopa de España (1998) y la Copa del Rey (2003). En 1997 llegó al club bermellón el técnico Héctor Cúper, y una temporada después pidió explícitamente el fichaje de Ibagaza, al cual ya había entrenado en Lanús (Argentina). El ‘Caño’ no defraudó al míster, y cuando este se marchó en 1999, el cambio de milenio le trajo un nuevo compañero de aventuras. En el 2000 aterrizó en Mallorca un tal Eto’o, que acabaría convirtiéndose en la máxima leyenda del club. En gran parte gracias a las asistencias de Ibagaza, con quien formó una dupla letal. Indispensable primero para Cúper y luego para Eto’o. El ‘Caño’ más querido.
A Ibagaza le llamaban el ‘Caño’ por la frecuencia y facilidad con la que colaba el balón entre las piernas de sus oponentes. La forma más pícara de superar a un rival. Pequeño, ágil y con una visión de juego excepcional
Carlos Roa
Hombre de confianza y de fe, Roa fue otro de los jugadores que pidió Héctor Cúper al llegar a Mallorca. Fue un muro, el único ganador del trofeo Zamora del club, pero los sábados durante el día no jugaba. Su religión se lo prohibía: según la doctrina de la Iglesia Adventista, Dios creó el mundo y descansó el sábado. Por tanto, ese día el equipo no podía contar con el servicio de Roa a no ser que el partido se jugara de noche. Llevaba el dorsal ’13’, pero mandó colocar un punto entre el uno y el tres por razones religiosas. En 1999, un año después de su llegada al conjunto bermellón, se despidió del fútbol para gran asombro de todos. Lo hizo para volver a Argentina y convertirse en pastor de la Iglesia Adventista. Sin embargo, en abril del 2000 apareció de nuevo en las Baleares y cumplió los dos años de contrato que le restaban con el Mallorca. Una de sus actuaciones más memorables tuvo lugar en la final de la Copa del Rey de 1998 frente al Barcelona. Aunque finalmente el Mallorca fuera derrotado, Roa rozó el cielo cuando detuvo los penaltis de Rivaldo, Celades y Figo. Si la expresión ‘La mano de Dios’ no tuviera ya dueño, Roa la hubiera merecido.
Carlos Roa fue un muro, el único ganador del trofeo Zamora del club, pero los sábados durante el día no jugaba. Su religión se lo prohibía
Paco Bonet
No hay que enamorarse de un cedido, ya lo sabemos. Pero con Paco Bonet fue difícil, pese a que era tan solo un chaval de 19 años. Prestado por el Elche, el andaluz llegó a Mallorca en verano de 1980 porque tuvo que cumplir el servicio militar en la isla. De paso, aprovechó para dejar su huella en el club y convertirse en el máximo goleador bermellón de aquella temporada, con 16 tantos que contribuyeron al ascenso a Segunda. Cabe tener en cuenta que jugaba de defensa y ocasionalmente de centrocampista. Complementaba su altura y sus virtudes físicas con una gran salida de balón. Tras finalizar su estancia en Elche y pasar por el Real Madrid, el Mediterráneo lo atrajo de nuevo y volvió al fútbol mallorquín en 1986, con el club ya en Primera División. Dos años después, las lesiones le obligaron a colgar las botas tras una temporada amarga tanto para el futbolista como para el equipo, que descendió de nuevo a Segunda. Con el Mallorca, Bonet triunfó y sufrió a partes iguales, pero nadie se olvida del icono ochentero.
No hay que enamorarse de un cedido, ya lo sabemos. Pero con Paco Bonet, para el Mallorca fue difícil, pese a que era tan solo un chaval de 19 años
José Carlos Nunes
El ‘Popeye’ Nunes pasó ocho años en el Mallorca entre 2006 y 2014. En el momento de su llegada, al club le urgía reforzar una defensa frágil, y Nunes fue la pieza perfecta. No por nada le llamaban ‘Popeye’. Un central sin miedo, intimidante, que iba al suelo con todo y en la siguiente jugada se plantaba en el área contraria para rematar un córner. Además, fue uno de los grandes capitanes bermellones. De vez en cuando celebraba sus goles imitando el gesto de abrir una lata de espinacas y engullirlas, una de las señas características del marinero de dibujos animados. La primera vez que lo hizo, causó revuelo en la prensa. La semana anterior, él y otros ocho jugadores del Mallorca habían protagonizado una polémica salida nocturna tras ser derrotados en La Coruña. Se interpretó que Nunes simulaba abrir una botella de cava, en alusión al incidente. ‘Popeye’ no tardó en explicarse. Pero a la afición le traía al fresco si eran espinacas o cava, pues fue uno de los más queridos, y con razón. Se forjó su nombre de leyenda en 257 partidos vestido de rojo, siendo el tercer futbolista con más encuentros disputados.
No por nada a Nunes le llamaban ‘Popeye’. Un central sin miedo, intimidante, que iba al suelo con todo y en la siguiente jugada se plantaba en el área contraria para rematar un córner
Vicente Engonga
Llegó veterano, con 32 años, y el Mallorca debería haber sido el escenario de un tranquilo ocaso futbolístico. Sin embargo, en la isla Engonga vivió la etapa más dulce de su carrera. Junto a Ibagaza conquistó la Supercopa de 1998 y la Copa del Rey de 2003. Una segunda juventud. Era un centrocampista tranquilo, observador y preciso, que transmitía confianza a compañeros y afición. Le tocó hacer historia en un día trágico. El 11 de septiembre de 2001, horas después del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, Engonga marcó el primer gol del Mallorca en la Champions League. Un penalti contra el Arsenal en la fase de grupos que no se pudo celebrar como se merecía. Años más tarde, el futbolista declaró para Cadena Ser que aquel partido nunca se debería haber jugado.
El Mallorca debería haber sido el escenario de un tranquilo ocaso futbolístico. Sin embargo, en la isla Engonga vivió la etapa más dulce de su carrera
Jovan Stankovic
No Stankovic, no party. El serbio con la zurda de oro fue un ídolo de la afición mallorquinista entre 1995 y 2004. Cuando pasaba varios partidos sin pisar el césped, en las gradas aparecían pancartas reclamando su presencia. Antes de su llegada al club balear, Stankovic tuvo un final complicado en su antigua casa, el Estrella Roja de Belgrado. Se planteó colgar las botas, pero una llamada del Mallorca le devolvió la esperanza y la ilusión. Pepe Bonet, secretario técnico de la entidad, se había enamorado viéndolo jugar en Serbia. Como a tantos otros, el fútbol le regaló pena y gloria. En la final de la Copa del Rey de 1998, Stankovic luchó con uñas y dientes por el título, jugando parte del partido lesionado. Sin embargo, en la tanda de penaltis el serbio falló el suyo y su equipo tuvo que contentarse con la medalla de plata. Tan solo un año después, el deporte se lo compensó con un momento mágico. Marcó el último gol en el estadio Lluís Sitjar de Mallorca, lanzando un tiro libre perfecto. Fallar un penalti le puede pasar a cualquiera, pero ese gol siempre será de Stankovic.
Stankovic marcó el último gol en el estadio Lluís Sitjar de Mallorca, lanzando un tiro libre perfecto
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Fotografía de Getty Images.


