El 1 de febrero del año pasado el Manchester City anunciaba a bombo y platillo la contratación de Pep Guardiola como nuevo técnico ‘citizen’ a partir del siguiente curso. 117 días después, el 27 de mayo, el rival de la ciudad de Mánchester, el United, daba otro golpe sobre la mesa al hacer oficial que Jose Mourinho sería el próximo inquilino del banquillo de Old Trafford. Desde esa fecha, la ciudad industrial, fea –según sus visitantes– y lluviosa se convertía, sin lugar a dudas, en el lugar futbolístico más maravilloso del Reino Unido. ‘Red devils’ y ‘citizens’ estaban llamados a capitanear la lucha por cualquiera de los títulos en juego, a llevarse los mejores halagos y a centrar todas las miradas. Nada más lejos de la realidad. Todo lo previsto durante el verano pasado quedó en papel mojado. Ni unos ni otros fueron capaces de alcanzar los éxitos que se les presuponían y en este segundo año deberán enmendar los errores cometidos para ser lo que propios y extraños creían que serían: las dos bestias incontestables del fútbol inglés.

Llegaron ambos con la vitola de ser dos de los mejores entrenadores del planeta. Una etiqueta merecida y labrada a base de éxitos e impecables trayectorias. Entonces, lo lógico, lo que entraba en la cabeza de cualquiera, era que se aclimatarían rápido a sus equipos, que sus futbolistas captarían sus respectivas filosofías de juego y que los resultados no tardarían en llegar. También se le sumaba a todo ello el hecho de estar en dos de los clubes más potentes a nivel económico y que podrían desembolsar el dinero suficiente como para que grandes estrellas ficharan por sus equipos. Durante el mercado de fichajes estival, algunos de los futbolistas más deseados del planeta se instalaron en el noroeste de Inglaterra. Zlatan Ibrahimovic, Paul Pogba y Henrikh Mkhitaryan para vestir de rojo; otros como Ilkay Gündogan, Leroy Sané o John Stones para lucir de azul celeste. A unas plantillas ya competitivas de por sí, se les añadía las piezas que faltaban para acabar el puzzle que habían pedido los dos técnicos y solo faltaba que el balón empezase a rodar.

“Les faltó precisión y convicción en los momentos clave”, comenta Ballús

La Premier League dio el pistoletazo de salida y el Manchester City de Pep Guardiola arrancó a toda velocidad. Pese a que el juego desplegado no se asemejaba en su totalidad a lo visto en el Barcelona y el Bayern de Múnich, parecía que el proyecto del lado azul de Mánchester iniciaba su recorrido con cierta ventaja respecto al acérrimo rival en la Premier. En Old Trafford las cosas tampoco pintaban mal. Se empezó la temporada levantando ante el Leicester la Community Shield. “En las primeras semanas fue una locura. Además ambos empezaron muy bien. Cuando llegó el primer derbi de Premier, jornada 4, el ambiente en la ciudad era de que llegaba el partido del momento en el mundo del fútbol. Con el tiempo y el distanciamiento de los líderes, ese ‘calor’ se desvaneció un poco”, explica Pol Ballús, periodista de Sport y colaborador de la revista Panenka, desde la ciudad de Mánchester.

Poco a poco, con el paso de las jornadas y de los meses, el impacto generado por los dos gigantes mancunianos fue consumiéndose. Guardiola y su City empezaron a perder partidos después un inicio inmaculado. El United de Mourinho también cayó en picado. Los de arriba, y sobre todo un Chelsea demoledor, se escapaban. Y Mánchester, aquella ciudad que prometía adrenalina a mansalva, dejó de ser el centro neurálgico futbolístico en Inglaterra. Las críticas acompañaron durante gran parte del curso tanto a unos como a los otros. “Les faltó precisión y convicción en los momentos clave”, comenta Ballús, mientras Pol Gustems, también afincado en la ciudad, corresponsal de medios como El Periódico y Catalunya Radio, y colaborador de Panenka, añade que “puede que estuvieran un poco sobredimensionadas las expectativas. Pero en general, por jugadores y dinero invertido en los dos equipos de la ciudad, era lógico esperar más”.

Al concluir la temporada, los números reflejan sus carencias en este primer año. Ambos se han clasificado para la Champions League con apuros, siendo un factor vital para sus intereses, e incluso los de Old Trafford tuvieron que recurrir a hacerlo a través de la victoria en la Europa League. Pep Guardiola hizo hincapié en que una de las debilidades que ha perseguido a su equipo en este curso ha sido poca su solvencia en las áreas. Acostumbrado a marcar mucho y encajar poco a lo largo de su carrera en los banquillos, el técnico catalán sabe que esa será la asignatura pendiente del Manchester City en la 2017/18 después de consumarse el primer año sin títulos de su carrera como entrenador. Por su parte, Jose Mourinho no halló un equipo inicial de garantías en todo el año y le arrastró a estar lejos de las posiciones de privilegio en la tabla. “Le costó encontrar un once de confianza, el equipo que acabó el año era bastante distinto que el que empezó. Y las lesiones en el eje de la defensa fueron notables”, destaca Ballús. Pese a los problemas, Jose Mourinho, a diferencia de Pep, sí pudo levantar trofeos en su primer año en el Teatro de los Sueños. A la Community Shield lograda a principios de curso, le siguieron la EFL Cup –la Copa de la Liga– y la Europa League. Títulos menores para un club como el United, pero necesarios para unos red devils que quieren volver a ser lo que fueron en tiempos de Sir Alex Ferguson.

“El City debería transmitir una sensación de equipo más fuerte, y el United debería imponer más en cuanto a juego”, añade Gustems

De momento, los planes siguen siendo los mismos que el pasado curso. “El City debería dar más miedo. Transmitir una sensación de equipo más fuerte. Imponer más a los rivales. Que los jóvenes del vestuario asuman responsabilidades de líder también. Y el United, que creo que ya impone bastante en este sentido, debería imponer más en cuanto a juego”, comenta Gustems sobre los aspectos a mejorar de cada uno. Por eso, ahora toca mejorar las plantillas. Jose Mourinho ya tiene a Romelu Lukaku, el hombre que debe marcar los goles que hacía Ibrahimovic hasta que su rodilla le apartó de los terrenos de juego. También ha apuntalado la retaguardia con la llegada del sueco Victor Lindelöf, que llega procedente del Benfica. Por su parte, los citizens han vuelto a reventar la banca con tres contrataciones costosas. En la portería, Ederson será el nuevo guardián después de un curso agitado para los de Guardiola entre los tres palos. Ni Bravo ni Caballero acabaron de convencer a Pep el año pasado y el joven brasileño llega para disipar definitivamente las dudas. A ese fichaje, se suman los de Kyle Walker, un refuerzo de lujo para el lateral, y el de Bernardo Silva, que aportará creatividad y juego al centro del campo del Manchester City.

Con la nueva temporada y un año de asentamiento en el Etihad Stadium y en Old Trafford, los dos técnicos saben que a partir de este mes de agosto volverán a estar en el punto de mira de sus críticos y sus aficiones. Quizá, tras el boom generado hace un año, ya no sean el único foco mediático que haya en la Premier League. Un hecho que puede beneficiarles para seguir creciendo con sus equipos y encontrar, por fin, la estabilidad que necesitan para convertirse, si no lo son ya, en máximos aspirantes a conquistar el título de liga en Inglaterra y a pelear por una Champions League que, probablemente, ante el poderío de clubes como Real Madrid, Barcelona o Bayern, siga siendo una cota excesivamente alta para sus conjuntos. La guerra de Mánchester protagonizada por los antagónicos Guardiola y Mourinho inicia un segundo asalto que promete mayores éxitos que en su primer capítulo.