"En la turba" de Laurent Mauvignier
9.3Nota Final
Temática9
Originalidad9.5
Estilo9
Gancho9.5
Puntuación de los lectores 5 Votos
8.2

Football. Goal. Forward. Mildfielder. Ball. Stadium. Nick Hornby apuntó varios términos más en la pizarra. Los alumnos, todos italianos, no tomaban apuntes porque la clase tenía carácter informal. Se habían reunido en la escuela del Soho, fuera de horario lectivo, para ver en directo el que los medios de todo el mundo habían bautizado como “el partido del siglo”. Aquella tarde del 29 de mayo de 1985, la Juventus de Michel Platini se enfrentaba al Liverpool de Ian Rush, en el estadio de Heysel, por coronarse como campeón de Europa. Cuando Hornby terminó con el vocabulario, se sopló los restos de tiza de la punta de los dedos. Consultó su reloj. El partido debería estar a punto de comenzar, pero las imágenes que proyectaba el televisor no eran las habituales: todavía hablaban los comentaristas Jimy Hill y Terry Venables. Se acercó al aparato y subió el volumen. En Fiebre en las gradas escribió: «Allí en la escuela no pude llorar. Tal vez supuse que sería un descaro que un inglés llorase delante de unos cuantos italianos la noche de Heysel».

Aquella tarde, millones de aficionados esperaban un partidazo —la revancha de la Supercopa que había ganado la Juventus meses antes—, pero se encontraron en sus televisores con muerte y estupefacción en directo: 39 fallecidos, más de 600 heridos. Y lo que es peor: el partido no se canceló, el show continuó. El jefe de policía y el alcalde de Bruselas así lo decidieron para evitar que brotasen más disturbios en la ciudad. Al otro lado de la pantalla, nadie apagó el televisor. Tras una hora y media de muerte en directo, y un comunicado en inglés e italiano leído por los dos capitanes, toda Europa se dispuso a ver el partido. Como si las sábanas blancas hicieran desaparecer los cadáveres, se jugó al fútbol. Y lo que es peor: Platini transformó un inexistente penalti cometido por Gary Gillepsie sobre Zbigniew Boniek, y lo celebró con inusitada efusividad.

La tragedia, como el gol, se había producido en segundos. Solo una pequeña valla separaba el sector Z, donde se había acomodado a los hinchas italianos, de los hooligans ingleses. Una valla que no pudo contener a la turba red: doscientos la atravesaron y cargaron en bloque contra los italianos. En su desesperada huida hacia abajo, muchos tifosi terminaron aplastados contra el muro. A las 19.20, las televisiones de medio mundo retransmitieron la cara más cruda y violenta del fútbol.

En la turba bianco e nera

Laurent Mauvignier también vio el partido en directo. Veinte años después no había olvidado las imágenes: aficionados atrapados y pisoteados y aplastados al pie de las vayas, tirando de los brazos de otros para sacarlos de la maraña humana; policías petrificados ante la furia incontenible de una turba de cientos de hooligans armados; banderas, bufandas, hojas de periódico cubriendo el graderío desolado; gritos, manos a la cabeza, llantos, desesperación; camillas con heridos sobre el césped que los médicos cargaban en las ambulancias; cuerpos cubiertos con sábanas blancas que nunca verían cómo Tardelli, vestido de corto, pedía calma a los incrédulos aficionados italianos: el partido iba a jugarse a pesar del desastre.

Laurent Mauvignier no podía olvidar aquel partido, y decidió escribir sobre ello. En 2006 publicó En la turba, una magnífica novela coral en la que todos los personajes quedan marcados por el desastre de Heysel: Tonino y Jeff, que llegan a Bruselas desde Francia, sin entradas ni alojamiento; los italianos Francesco y Tana, recién casados y con las entradas como regalo de boda; los tres hermanos Andrewson, que viajan desde Liverpool, sin sus mujeres e hijos por primera vez en años; y Gabriel y Virgine, que se dejan llevar por la euforia que recorre las calles de su ciudad el día antes del partido, con sus dos entradas en el bolsillo. Sus historias se cruzan en las calles de Bruselas, en sus bares, en los aledaños del estadio. Y quedan enlazadas para siempre por la tragedia.

Todos sienten que viven un momento único, irrepetible. Como piensa Jeff: «Una ocasión semejante se presenta muy pocas veces en la vida, es tan infrecuente que no puedes dejarla pasar». La radio, horas antes del partido, lo anuncia: «¡Europa entera contiene el aliento…! ¡Se habla de ciento cincuenta y ocho mil espectadores!». Hay más medidas de seguridad en Bruselas para cubrir el partido que en la visita del Papa semanas antes, sin embargo, nada puede detener el desastre que se cocina en las gradas, aliñado de alcohol y violencia. Una hora antes del pitido inicial, al son de Here we go! Here we go!, Tana ve cómo arrecia un vaivén imparable y «la horda, una jauría que se abalanza contra nosotros; los ingleses, rostros ocultos con pañuelos, llevan barras de hierro y cuchillos entre las manos; sus gritos resultan casi tan cortantes como los filos y patean para impedir que la multitud suba de nuevo a lo alto de la tribuna».

Entre botas y patadas y banderas y miembros humanos, aplastado contra el granito resquebrajado del graderío, Francesco lucha «por mantener lo suficientemente alta la cabeza para poder respirar y no caer aplastado contra los demás cuerpos, todos esos cuerpos enredados que ya no son hombres, mujeres y niños, sino gritos, empujones, jadeos». Entre cánticos de We want football! We want football!, Tana escucha «las voces de los niños y las mujeres, esos gritos tan peculiares de los niños, aunque son sobre todo hombres los que llegan chillando y llorando como no han debido de chillar y llorar desde su nacimiento». Gritos que se mezclan con el aullido de las ambulancias hasta que el árbitro suizo André Daina señala el inicio del partido de la vergüenza.

La vergüenza red

Geoff, el pequeño de los hermanos Andrewson, representa en la novela la vergüenza red. Es consciente de que sus hermanos siempre han sido hooligans, por mucho que se hayan esforzado en aparentar, con su trabajo, matrimonio e hijos, una vida común y corriente. Sabe que «no se salva a la gente de sí misma», y es consciente del inútil intento de sus cuñadas por alejar a sus hermanos de una vida violenta: «Estos hooligans, este terror en expansión, este viejo terror fascista gangrenará Europa hasta el fin de los tiempos porque los nazis ganan terreno por todas partes».

Desde que abandonan Liverpool, sin mujeres e hijos, sus hermanos ya no necesitan disfraz. Comienzan los atávicos cánticos, las infinitas latas de cerveza, las miradas amenazantes, el lenguaje soez. Geoff es consciente de todo, pero se deja llevar por la masa. Quiere pertenecer a su clan. Los odia pero, en cierto sentido, también los necesita. Los idealiza, necesita sentirse uno más, aceptado. Y se convierte en uno de los doscientos ingleses que arremete contra los hinchas italianos. Cuando contempla la desolación del sector Z, se da cuenta de lo que han hecho y ya vislumbra «esa página de grandes y rotundos caracteres del Liverpool Echo que nos preguntará a nosotros, apenas bajados del tren, “¿Cuántos muertos cuesta un partido de fútbol?”».

Margaret Thatcher sentenció que la vergüenza y la desgracia habían ensuciado el nombre de su país. También que limpiaría el fútbol de hooligans. Sin embargo, tuvo que producirse otra tragedia, la de Hillsborough de 1989, para que se implementase el Football Spectators Act y el Informe Taylor. La UEFA culpó a los hooligans del desastre, pero la verdad es que la decisión de celebrar la final en Heysel —construido en 1930 con capacidad para 60 mil espectadores— no fue acertada. Tampoco la caótica actuación policial ni la lentitud de los desbordados servicios médicos. Ni mucho menos la celebración de Platini tras marcar el gol de una victoria que no pudo celebrar un país en luto, «porque es Italia entera quien no parece tenerse en pie, colgada de las asas de una Copa que ya no está muy segura de querer ostentar».

Por supuesto, la justicia tampoco estuvo a la altura. Aunque todos los clubes ingleses fueron sancionados con cinco años de inhabilitación en competiciones europeas, y diez el Liverpool, solo cumplieron la mitad. Los juicios comenzaron más de tres años y medio después, y se convirtieron en una farsa: los 26 hooligans implicados se presentaron vestidos de traje, perfectamente aseados, sin rastro de aquellos violentos con pañuelos en la cara y cuchillos en las manos. Ninguno recordaba haber hecho nada grave. «He propinado patadas», aseguró uno. «Pero, ¿acaso un par de patadas pueden matar a una persona?».

Mientras tanto, los personajes de En la turba continúan tratando de superar una tragedia que los ha marcado para siempre. No será hasta 1991 cuando por fin los reciban una indemnización económica que no alivia el dolor. El Tribunal Supremo culpó a la UEFA por negligencia, y tres años después, Heysel fue derruido para levantar el estadio Rey Balduino. Sin embargo, sus fantasmas siguieron ahí, entre los escombros y las lágrimas donde el fútbol, y los personajes de Laurent Maugvinier, perdieron su inocencia.