Por primera vez en la historia, las dos selecciones de Irlanda participarán en una misma gran competición. Irlanda del Norte acude en Francia a su primera Eurocopa tras una fase de clasificación casi impecable y con los éxitos de los años 80 grabados en la memoria. La República de Irlanda, un combinado más acostumbrado a aparecer en estas citas, también ha obtenido su billete. 18 años después del cese de la violencia, Irlanda se vestirá de un solo color. Eso sí, cada uno lucirá en el pecho un escudo distinto, hará ondear una bandera diferente y verá el partido solo rodeado de los suyos. No es que se odien. Solo se ignoran. Se ignoran en paz.

LOUGHINISLAND
De camino a Belfast, hacia el norte, nos desviamos por carreteras rurales y sinuosas, una montaña rusa de asfalto que sortea colinas verdosas y que deja a su paso pequeños pueblos, casas aisladas, ovejas, caballos y mástiles con banderas: unas con el rojo, azul y blanco de la Unión y, otras, con el verde, blanco y naranja de la República. Estamos en las profundidades de Irlanda del Norte. El camino desemboca en un pequeño pueblo llamado Loughinisland, una localidad casi imperceptible de la que sería fácil pasar de largo si no fuera porque está ligada a uno de los episodios más trágicos de los troubles, la guerra de baja intensidad que vivió Irlanda del Norte en la segunda mitad del siglo XX, y que vino propiciada por la fractura de la isla en dos partes.

El 18 de junio de 1994, 24 personas se habían reunido en el Heights Bar, el único pub de Loughinisland, dispuestas a vivir una fiesta. Aquella noche, la República de Irlanda jugaba en el Giants Stadium de Nueva Jersey (EE.UU.), ante Italia, su primer partido del Mundial’94. Los habituales de la taberna estaban adscritos a la comunidad católica y nacionalista del norte, y su selección era aquella, la que representaba al territorio del sur, la que dirigía Jack Charlton y que tenía en sus filas a varios jugadores venidos de más allá de las fronteras irlandesas, hijos y nietos de la diáspora que durante décadas ha ido tiñendo el mundo de verde. Uno de esos ‘irlandeses’ que llegaron a la selección acogiéndose a esa ‘norma de los abuelos’ (Grandfather rule), Ray Houghton, nacido en Glasgow, fue el encargado de marcar el gol que dio la victoria a la República de Irlanda ante los italianos (0-1). “Aquello debió haber sido una gran noche. Pero no lo fue”, rememora el periodista Neil Loughran en la redacción del periódico Irish News de Belfast. No lo fue porque paramilitares lealistas del UVF (Ulster Volunteer Force) irrumpieron en el Heights Bar armados con rifles de asalto y mataron a sangre fría a cinco de los clientes del establecimiento, hiriendo a otros seis, para después huir “entre risas”, según algunos testigos. Aquella acción sangrienta fue la respuesta al asesinato de tres miembros del UVF por parte del Irish National Liberation Army (INLA), una escisión del IRA (Irish Republican Army). Unas semanas más tarde, el IRA asesinaría a tres miembros de la igualmente paramilitar UDA (Ulster Defence Association). La violencia en Irlanda parecía no tener fin, una masacre llevaba a la otra, y las alegrías, como aquel gol de Houghton, chocaban siempre con la crudeza de la realidad.

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BELFAST
Belfast (Béal Feirste, en lengua irlandesa) es la capital de Irlanda del Norte, una urbe mediana de la que emana una zona metropolitana de más de medio millón de habitantes. Como buena representante del territorio que lidera, Belfast reproduce los tics que se alargan alrededor del dominio británico de la nación. Pintadas y murales y, sobre todo, otra vez, las banderas de los mástiles muestran a qué comunidad se adscribe cada barrio. Eso sí, hoy la convivencia es posible. Tras el Acuerdo de Paz de Viernes Santo de 1998, esa escalada violenta que parecía inagotable ha dado paso a un tiempo de calma y tranquilidad que solo la crisis económica ha evitado que fuera también completamente próspero. Aunque las comunidades católica y protestante -republicana y unionista- continúan separadas, la cooperación y convivencia no solo es posible, sino que ya es real. La colaboración en el gobierno autónomo norirlandés entre los unionistas del Partido Democrático Unionista (DUP) y el Sinn Féin, brazo político histórico del IRA, es una muestra irrefutable de ello.

El fútbol también ha notado la pacificación. El sectarismo que durante décadas ha preocupado a las autoridades, los cánticos bélicos y xenófobos y la politización violenta del fútbol ya no invaden Windsor Park -el hogar de la selección de Irlanda del Norte y del Linfield- como lo hacían en los años de los troubles. “Se han hecho esfuerzos para erradicar el sectarismo y las cosas han cambiado. Hoy, Windsor Park es un lugar distinto, en el que todos pueden ir a ver un partido de la selección y no sentirse amenazados. La IFA (Irish Football Association, la federación de Irlanda del Norte) está remodelando el estadio: quiere que sea un campo para todos, no solo para una parte de la comunidad”, explica Steven Beacom, periodista del diario Belfast Telegraph, horas antes de que la selección norirlandesa reciba a Eslovenia en un amistoso que sirve como pretexto para celebrar la recientemente conseguida clasificación para la Euro’16. En un territorio en el que a cada paso uno choca con el peso severo de la política, resulta imposible no preguntarse hasta qué punto el proceso de paz ha tenido que ver en el éxito total del fútbol de Irlanda. “Se trata de un triunfo deportivo, en ningún caso político. La explicación del éxito de Irlanda del Norte es Michael O’Neill, el seleccionador. Tiene un plan, y los jugadores le siguen. Lo mismo ocurre con Martin O’Neill en la República”, comenta Beacom. A la vuelta de la esquina (literalmente), en el Irish News, Neil Loughran confirma las tesis de Beacom. “Tiene que ver con la buena mano del técnico. Y también con que se haya expandido el número de participantes. Sobre todo para Irlanda del Norte, que llevaba 30 años sin jugar un gran torneo”, comenta Loughran, que matiza el desinfle del sectarismo. “No creo que se haya resuelto del todo, pero se ha mejorado mucho”, y compara: “Recuerdo ir al estadio con mi padre en los 80 y los 90. Entonces estábamos habituados a escuchar cánticos sectarios contra los católicos. Es algo que ahora ya no pasa”.

 

La paz no es la causante directa del nuevo éxito deportivo, pero sí de las mejoras en la erradicación del sectarismo en el fútbol

 

Inaugurado en 1905, Windsor Park es un estadio coqueto pero robusto que tendrá una capacidad para 20.000 aficionados una vez finalicen las obras de remodelación de uno de sus fondos. Una hora antes de jugar allí la selección de Irlanda del Norte, las calles aledañas empiezan a ser un hervidero. La primera prueba de que el carácter del aficionado ha cambiado en la última década es que hoy el color dominante es el verde -el que visten los futbolistas- por encima de los tonos rojos y azules unionistas, políticos, que antes coloreaban sus graderíos. Pese a que en el ambiente se respiran esos nuevos aires de paz, el aspecto general del cuadro es el del viejo fútbol británico. Pocos niños, no demasiadas mujeres, grupos de jóvenes y alguna que otra barriga sobredimensionada. Alcohol en las calles y varias borracheras tempranas considerables. Es lunes y el fútbol es una bendición. Solo una pintada en uno de los accesos al campo que reza “Hello, we are the Billy Boys“, la letra de una violenta canción unionista, rompe con la armonía. Es la excepción que confirma una regla general que invita al optimismo.

Ya dentro del estadio, aún polvoriento por los trabajos de los obreros que han acabado su jornada y se sientan en el graderío en construcción equipados con una bandera del Úlster, el ambiente es tranquilo y festivo. Por supuesto, nada de violencia, ningún cántico sospechoso y escasa política en el ambiente. Hasta que llega el momento de los himnos. Y el de Irlanda del Norte es el británico. Dios salve a la Reina. “Creo que a la mayoría de gente no le interesa cambiar el himno. Es algo con lo que se sienten muy identificados muchos seguidores: representa su inclusión en la corona británica”, indica Loughran, que reconoce que tener que escuchar ese himno antes de los partidos “no facilita las cosas a los nacionalistas para que se acerquen a la selección; para ellos es incómodo estar presentes cuando suena”. Aunque se han hecho otras propuestas como la canción tradicional Danny Boy, para Beacom tampoco es un cambio posible: “En Europa ven extraño que Escocia y Gales tengan sus himnos y nosotros no. Pero como con tantas otras cosas en este país, la historia es la que manda”. Los jugadores forman, las banderas eslovena y norirlandesa reposan en el césped y suena el God Save the Queen sin más incidentes. Solo la melodía unionista No Surrender, entonada por unos pocos en la grada tras el himno, rompe los esquemas. Aunque minutos más tarde suena con mucha más fuerza el ‘Qué será, será‘ con el que los hinchas celebran a su manera que este verano se marchan a Francia.

La fiesta la inicia Conor Washington con el gol que dará la victoria a los locales y la remata el veterano portero Roy Carroll parando un penalti. La euforia se extiende con el pitido final, aunque esta vez no haya marcado la máxima estrella del combinado norteño, Kyle Lafferty, un jugador que arrastró cierta fama de problemático pero que, a los 28 años, llega a Francia en un punto de madurez óptimo para liderar el ataque de su país con ciertas garantías. Tras el encuentro, uno esperaría que Lafferty adoptara el papel que en el siglo XXI se le supone al mayor ídolo futbolístico de un país europeo: autógrafos, un coche de lujo, una actitud altiva… Pero el fútbol en Irlanda del Norte sigue anclado en los años 80.

– ¿Habéis ganado?

– Sí, 1-0.

– ¿Has marcado tú?

– No, lo ha marcado Conor. Conor Washington.

Es Lafferty hablando con el nada impresionado dependiente de un local de pizzas para llevar, una hora después del encuentro. Nos sorprende verlo allí, recién duchado y vestido aún con el chándal de la selección, mientras fuera del establecimiento sus colegas le esperan en el coche para irse a cenar. Tras su intercambio de impresiones con el pizzero, le saludamos, le felicitamos por la victoria y le preguntamos qué espera de la Eurocopa de este verano en Francia. “No sé muy bien qué esperar, la verdad. No la hemos jugado nunca”, contesta, algo cohibido. La selección norirlandesa tiene un punto de equipo de barrio que enamora.

Más allá del gran rendimiento de jugadores como Lafferty, la peculiar historia del gran protagonista del choque amistoso contra Eslovenia, Conor Washington, que estará también en la Eurocopa, es de las que explican mejor el porqué del éxito de Irlanda del Norte. El técnico Michael O’Neill apuesta definitivamente por la fórmula del éxito de los vecinos del sur, la ‘norma de los abuelos’. “Lo que me ha pasado en los últimos seis meses ha sido irreal. Pero ahora quiero demostrar que ha valido la pena”, nos comenta el delantero inglés del QPR, que acude relajado a una zona mixta sin artificios en la que los jugadores pasean a sus anchas -otra vez, el aroma de los 80-. Esa situación irreal de la que habla Washington es su convocatoria por la selección que representa al país de su abuela: hasta su reciente debut con el equipo nacional, en marzo, nunca había puesto sus pies en Belfast. Hace menos de un año lo último que podía imaginar es que jugaría la Eurocopa de 2016.

Es la forma como el combinado norirlandés se defiende del constante trasvase de jugadores nacidos en Irlanda del Norte a la selección de la República. Tras los acuerdos de paz, los norirlandeses adquirieron el derecho de elegir pasaporte. Por lo tanto, es perfectamente legal que la FAI (Football Association of Ireland, la federación de la República de Irlanda) llame a futbolistas que en condiciones normales jugarían para la IFA. Pero aunque la norma les ampare, esta actitud desgasta la relación de ambas entidades. “Aunque los dos técnicos no tienen una mala relación por ello, es una situación que causa controversia”, admite Beacom. “Si un jugador se ha desarrollado en el sistema norirlandés, creo que la República de Irlanda lo debería dejar en paz, porque se lleva todo el fruto de ese trabajo, esfuerzo e inversión previos”, opina. El contrapunto del sur nos lo da Kie Carew, miembro de la revista dublinesa de cultura futbolística Póg Mo Goal. “No creo que sea algo que se les pueda negar a los jugadores. De acuerdo, la República de Irlanda lo ha hecho bastantes veces durante los últimos años, pero las leyes son así. Quizás pueda parecer descarado. Pero son las normas”, expresa.

Uno de los casos más sonados que ha dado el flujo de futbolistas de norte a sur es el de James McClean. Pese a que jugó en todas las categorías inferiores norirlandesas, no se lo pensó cuando le tocó tomar una decisión definitiva. Nacido en una de las áreas más nacionalistas de Irlanda del Norte, Creggan, en Derry (Londonderry para los británicos), McClean no se sentía cómodo con la idea de representar a un combinado británico. Aunque lo que hace que su caso sea el más famoso de todos es su negativa a lucir en el pecho la amapola con la que los clubes de la Premier League inglesa homenajean a los combatientes de la Primera Guerra Mundial. Es su manera de protestar por la intervención del ejército británico en los troubles. Una manera de dar la espalda a los causantes del Bloody Sunday (Domingo Sangriento), uno de los episodios más tristes -y el más conocido- de aquella turbulenta época. Ocurrió en la ciudad de McClean, el 30 de enero de 1972. Aquel día, soldados británicos de un regimiento de paracaidistas abrieron fuego contra una manifestación pacífica de nacionalistas que protestaban contra la violación de sus derechos civiles. Murieron 14 personas.

DERRY
– ¿Te gustaría ver a una selección irlandesa unida?

– Sí, por supuesto. Pero es complicado. Primero tendría que haber un cambio político. – ¿Crees que es posible que veamos a una Irlanda unida?

– Creo que no… y, personalmente, yo creo que no sería lo mejor.

– ¿No?

– No… Aquí ya estamos bien. Y en el sur pagan más impuestos.

Es nuestra conversación con Patrick, el taxista que nos lleva al campo de entrenamiento del Derry City, club del que es hincha y que cubre cada semana como locutor de radio aficionado. Nos sorprende esa respuesta viniendo de un católico que además es seguidor de un club de idiosincrasia republicana que en 1985, pese a estar dentro de las fronteras del Reino Unido, tuvo que abandonar la liga de Irlanda del Norte y unirse a la de la República para huir de la violencia del conflicto: el fútbol, siempre cargado de simbolismo, era ideal para que saliera a relucir en las gradas lo peor de cada casa.

Patrick, un irlandés de mediana edad prototípico, de aspecto curtido y rectilíneo, bajito, fondón, como tallado en una sola pieza, es un producto más de esos 18 años que ya se acumulan en el contador de la paz. La calma está acentuando la separación. Tanto, que incluso algunos nacionalistas, ahora que empiezan a sentir respetados sus derechos básicos, abrazan un conservadurismo natural. Pero lo que resulta más revelador de la conversación con el taxista es que esta se produce precisamente en Derry (Doire, en lengua irlandesa), ciudad fronteriza entre los dos estados que rigen la nación irlandesa, quizás la más representativa de lo que supusieron los troubles, con el Bloody Sunday como episodio central. “Derry es donde todo empezó. A la comunidad nacionalista de Derry se la desatendió completamente y la negligencia duró décadas. En los 60, la gente se levantó contra esa situación y tomó las calles para protestar”, cuenta Adrian Kerr, el director del Museo del Derry Libre, un espacio para la memoria situado en el área de Bogside, escenario del Domingo Sangriento. A Bogside accedemos a través de una zona ajardinada presidida por varios enormes murales que recuerdan escenas de esa lucha por los derechos civiles. Un lema pintado en letras negras sobre una pared blanca nos advierte al entrar al barrio: “You are now entering Free Derry” (Estáis entrando en el Derry Libre). Es como si en el corazón de la ciudad el conflicto siguiera latiendo. Sus comunidades siguen separadas, aunque ya no revueltas, y en sus calles se respira ese aire un tanto cargado que también sopla en Belfast. No es tensión, es la cercanía en el tiempo de la violencia, que aún se esconde en carteles, recordatorios y banderas. Un vestigio que se diluye inexorablemente.

Otra prueba más de los nuevos aires de calma y tolerancia mutua que vive Derry es su equipo de fútbol. Aunque sigue jugando en la liga de la República, hoy está comandado por Kenny Shiels, un entrenador protestante que vivió en sus propias carnes el drama del conflicto: su hermano, David Shiels, fue asesinado por el IRA en 1990 al ser confundido con un miembro de un grupo paramilitar lealista. El entrenador del Derry City siempre se ha caracterizado por su lucha acérrima contra el sectarismo en las gradas; cuando entrenaba al Kilmarnock escocés (2011-2013) salió en defensa del por aquel entonces técnico del Celtic de Glasgow, Neil Lennon, norirlandés católico que había recibido varias amenazas de muerte.

 

Los norirlandeses pueden elegir pasaporte. Esto lo ha aprovechado la selección de la República para cazar talentos en el norte.

 

Shiels aplaude que en Irlanda del Norte haya desaparecido la violencia de los estadios. “Ya no hay grandes problemas. Por ejemplo: ahora, la aparición de una bengala en un partido causa un gran revuelo mediático. En comparación con lo que antes ocurría, en la época de los troubles, no es nada. Indica lo lejos que hemos llegado”, expresa el técnico, que aunque lo tiene todo para ser un símbolo del proceso de paz, deja claro en su conversación con Panenka que prefiere huir de tal calificativo. “Yo pertenezco al fútbol, no me meto ni en política ni en asuntos religiosos. No sé qué religión tienen mis jugadores. No necesito saberlo. Ni quiero”, comenta después del entrenamiento con sus chicos. Deja claro que su terreno es el deportivo, un campo en el que sí que se moja, por ejemplo, para declarar que una liga irlandesa unida ayudaría a hacer crecer su fútbol: “He abogado siempre por una liga de toda la isla. Sería muy positiva para nuestro fútbol. Nos ayudaría a elevar el coeficiente. Debe hacerse lo más rápido posible”. Entonces, ¿por qué no se lleva a cabo la unión? Beacom, en Belfast, da con la respuesta. “La única razón es el dinero. Ahora cada liga puede aportar tres equipos a Europa. Eso da a los clubes miles de euros que perderían con una competición unida”, aclara.

La siguiente pregunta surge de manera natural. ¿Veremos alguna vez un equipo nacional irlandés unido, como ocurre en el rugby? “El fútbol es diferente, es un deporte de clase trabajadora. En el conflicto, la clase obrera tuvo un peso más importante”, explica Shiels. En Dublín, la capital del sur, el columnista del Irish Times Ken Early descarta ver una selección unida a corto plazo: “En el rugby nunca hubo dos equipos distintos. Pero la IFA, la federación de fútbol original, se fundó en Belfast, y la FAI nació como reacción. Así que siempre ha habido dos federaciones”, comenta Early, que coincide en la tesis común: si no hay un cambio político, es imposible que se vea algún día un único combinado irlandés.

DUBLÍN
Resulta revelador comprobar cómo uno de los territorios más calientes de la Europa de finales del siglo XX hoy acoge una de las fronteras más relajadas del planeta. Nada de controles militares, ni policiales, ni siquiera una caseta abandonada o una barrera constantemente levantada. Nada. Al atravesar la carretera que une Derry con la República de Irlanda, uno solo se percata de que ha cambiado de estado por el paso al sistema métrico, el cambio en los límites de velocidad y la aparición de la lengua irlandesa como complemento a todas y cada una de las señales escritas en inglés. Estamos en la República. Esa que fue proclamada sin éxito el Lunes de Pascua de hace un siglo, en 1916, y que se proclamó definitivamente en 1949, ya con el territorio partido en dos.

Dublín (Baile Átha Cliath en irlandés), con algo más de medio millón de habitantes, se muestra como una ciudad moderna y europea. Dejamos atrás Irlanda del Norte, donde el conflicto apagado todavía humea, y nos adentramos en un país cuyo nacionalismo, aún patente, se ha relajado hasta alcanzar la normalidad propia y sana de los estados libres y soberanos. El peso de la historia y de la cultura, inmortalizado en estatuas y monumentos, convive con una arquitectura fresca y atractiva.

Dentro de esa apuesta por la modernidad se sitúa la construcción del Estadio Aviva, inaugurado en 2010 tras la demolición del histórico Landsdowne Road. Su impresionante estructura sinuosa y translúcida recibe a los seguidores que acuden a un amistoso contra Eslovaquia. El ambiente se distingue enseguida del que se palpa en Windsor Park. Si en Belfast nos transportamos a la Football League anterior a la explosión del fútbol negocio, en Dublín todo se parece más a la Premier League -la liga más seguida del país-. Niños, clase media, merchandising a cada paso y, ya dentro de un estadio que no se llenará, menos cánticos que en Windsor. Una zona mixta con futbolistas poco accesibles y unas instalaciones lujosas completan el retrato del fútbol moderno a la irlandesa, propio de una selección para la que el billete a la Euro ya no es un premio, es una exigencia. Ni siquiera la coincidencia con los vecinos en Francia hace que el torneo sea más especial.

“La mayoría de aficionados de la República ignoran a Irlanda del Norte. Es como si no existiera. Los que recuerdan algunos partidos tensos de los 90 quieren que pierda, pero el sentimiento mayoritario es la indiferencia”, comenta Ken Early. Kie Carew tampoco cree que la inédita coincidencia sea relevante. “Quizá sea especial para los jugadores, pero no para los aficionados”, comenta, y recuerda que la última vez que ambos conjuntos se enfrentaron en el Aviva -un amistoso en 2011 que acabó 5-0- “ni siquiera se desplazaron demasiados aficionados del norte”. En este sentido, el capitán de la selección del sur, John O’Shea, confiesa a Panenka que les desea “todo lo mejor a Irlanda del Norte… después del torneo”. El discurso oficial sureño evita los guiños al norte.

La división después del levantamiento, la paz tras la guerra, la normalidad que se impone como motor de una supervivencia imperfecta pero tranquila. ¿Acaso Irlanda ya son dos lugares distintos? “En los últimos años, la gente de la República ya se ha acostumbrado a pensar en Irlanda del Norte como un país distinto”, explica Early, que da con la tecla en su última reflexión: “La partición de la isla ya se ha vuelto real en la cabeza de muchas personas”. En el país de las barreras invisibles, trazadas con línea discontinua, las únicas fronteras están en la mente de la gente. Y quizás sean esas las más poderosas que existen.