En 1963, la selección encajó la peor goleada como local de su historia. Un año después, ganaría la Eurocopa, pero aquella derrota no le salió gratis a tres jugadores: los porteros Vicente y Carmelo y el defensa Mingorance no volvieron a enfundarse la camiseta nacional.
Este reportaje está extraído del #Panenka84, un número que sigue disponible aquí
“Qué quieren ustedes que les diga que no hayan visto en el campo?”. De tal forma, con este frío balazo, resumió José Villalonga lo sucedido sobre el césped denso y primaveral del Santiago Bernabéu esa tarde, casi noche, del 13 de junio de 1963. El seleccionador nacional, más nacional que seleccionador, como mandaban los tiempos y el sentido común de las cosas en la España de entonces, nunca se había dedicado al fútbol con afanes profesionales, pero era militar de carrera, un hombre con acusada lealtad, conocía las claves de la preparación física y había entrenado al Real Madrid y al Atlético, referencias de la capital y, por lo tanto, ubicado en el centro de aquel universo que era el Régimen de Francisco Franco. Pero, ante todo, Villalonga era un hombre con un enorme sentido del pragmatismo: no se complicaba la vida. Ya había sido seleccionador antes de dirigir a España: en el Real Madrid, le había encontrado encaje a un equipo con forma de constelación, con Di Stéfano, Gento, Kopa, Miguel Muñoz, Rial y compañía, sin pisar ningún charco, limpio siempre de barro, dejando hacer, manejando los egos y con una aplastante concepto de lo práctico. Por eso, cuando después de esa derrota 2-6 de España contra Escocia -una devastación, más que una derrota- se le solicitaron explicaciones, causas, motivos, algo que el fútbol pudiera decir ante aquello, Villalonga no dijo ni sí ni no, ni esto ni aquello. Asomó, algo indeciso, hacia los cuadernos de notas de los periodistas y les contestó que allí habían visto lo que había pasado. ¿Qué había pasado? España había encajado la mayor derrota como local de su historia. Una condena que aún figura en su palmarés negro.
El partido era un amistoso ubicado de modo inoportuno en ese mes de junio, pues los principales equipos de la temporada en España se estaban jugando las semifinales de la Copa del Generalísimo: el Real Zaragoza había goleado al Real Madrid en la ida (4-0), y Valencia y Barcelona habían empatado a dos. A nadie le venía bien aquel compromiso internacional, con el que la Federación buscaba que la selección amasara partidos de preparación camino de los duelos clasificatorios para la fase final de la Eurocopa del año siguiente. Pero había que jugarlo con el coste que fuera, incluidas las sospechas posteriores de que la mitad de la selección no había metido el pie para no lesionarse, no tenían allí la cabeza, frente a los escoceses, o que Villalonga, para no molestar a nadie, había montado un equipo con demasiados debutantes y noveles.
La cosa es que España fue barrida por Escocia. “El desastre de todos los tiempos”, tituló El Mundo Deportivo; “La estrepitosa derrota”, calificó el ABC. El diario madrileño no se quedó ahí y ya advertía de algunas de las claves de fondo de la intrahistoria de aquel batacazo: “El fracaso de nuestra defensa precipitó la goleada”. La defensa. Que ABC le dedicara a la defensa de España ese día unas destacadas versalitas en su primer nivel de lectura, justo en la corona de la ficha del partido, bajo los titulares principales y secundarios, ya advertía de que la factura la podía pagar alguien. Ahí, bajo el sol oficial, todo se redactaba con hilo muy fino.
¿Qué había pasado? España había encajado la mayor derrota como local de su historia. Una condena que aún figura en su palmarés negro
Aquel día, la defensa la formaron, al uso táctico de entonces, tres futbolistas. Los laterales los ocuparon Rivilla (Atlético de Madrid) y Reija (Real Zaragoza). Entre ellos, como marcador central, se elevaba la fornida figura de José Mingorance, un tipo zamorano, de rasgos profundos y adustos. Alguien, como se dice, con el rostro de un defensa de hierro. Su cuerpo y su mirada eran de central: cejas pobladas, ojos negros y abruptos, cuello entroncado y una mandíbula angulosa, rotunda. Mingorance tenía 25 años y se estaba destacando como el jerifalte de la defensa del Córdoba, un recién ascendido a Primera. Debutaba ese día con España, igual que Carlos Lapetra. Era joven, emergente, jugaba como jugaban los de su raza en esa época, con contundencia, firmeza y energía. Poniéndole la cabeza a una roca lanzada al aire, si hubiera sido necesario. Siempre se le ha recordado como el mejor central de la historia del Córdoba, y, por entonces, se le observaba como un potencial heredero de Santamaría y Segarra, y una alternativa generacional junto a Olivella o Pachín. Esos días, había pocos mejores centrales que él.
Mingorance se puso la camiseta de España y salió al Santiago Bernabéu con toda una carrera por delante en la selección. Pero duró 33 minutos. Ni uno más. Pasada la media hora, Villalonga lo sacó del campo. Escocia había desatado un huracán con el mítico Denis Law al frente y ganaba 1-3 a esas alturas. Adelardo había adelantado a España muy pronto (8′). En el espacio de un minuto, no obstante, los británicos le dieron la vuelta: Law (15′) y Gibson (16′). No tardaron en marcar el tercero, cuando McLintock (19′) cruzó un disparo tras un saque de esquina. Las crónicas no ponen a Mingorance en el epicentro de los fallos defensivos, casi todos originados desde las bandas, donde los extremos escoceses, Wilson y Henderson, galopaban sueltos, descerrajaban regates y ventilaban centros. Pero Villalonga llamó a Zoco, lo metió en el campo como mediocentro, retrasó a Glaría y despachó al central del Córdoba, sin el cual los goles escoceses continuaron goteando: al minuto del cambio, Wilson fulmina a Rivilla y marca el cuarto. Al filo del descanso, Veloso recortaría con el 2-4 provisional.
A Mingorance lo habían borrado del mapa. Señalado, crucificado en pleno Gólgota de Chamartín. Pero España seguía encajando goles, desarmado por el fútbol veloz, de vuelo raso y contragolpeador del rival. Al descanso, Villalonga clavó otra cruz: Vicente Train, el portero, tres veces Zamora con el Real Madrid, se quedó en el vestuario. Era, entonces, el dueño del puesto en la selección, a la espera de la eclosión de Iribar. Un hombre respetado, en el mejor momento de su carrera, a quien llamaban ‘El Grapas’, por sus imponentes blocajes. Después de la derrota, su alineación se cuestionaría porque, unos días antes, había encajado cuatro goles en La Romareda, contra el Zaragoza, en Copa, y, al parecer, aquello debería haberle dejado, según cronistas y opinadores, secuelas emocionales incompatibles con aquel partido. Así estaban las cosas. A Vicente, se le había escapado el primer gol escocés, pero, más allá de eso, no aparecía como culpable de mucho más. Ian McColl, el entrenador británico, lo analizaría así: “A España le ha faltado espíritu de equipo. La razón de su derrota no puede estar en el portero Vicente, como parece deducirse de su cambio al descanso”. El suplente, Carmelo Cedrún, otro histórico, viejo guardián del Athletic, saltó al césped para la segunda mitad. Los latigazos de Escocia se templaron, pero no cesaron. El quinto gol llegó a los seis minutos con un cañonazo de Henderson, y, a ocho del final, Saint John le ponía el número seis a la losa que aplastaba a la selección como nunca jamás en suelo español. Tampoco Carmelo Cedrún mejoró las cosas.
Al finalizar el partido, Pepe Villalonga buscaba explicaciones inciertas. “El problema no está en que uno haya jugado bien y otro mal, sino en que tenemos que hacer un equipo”, indicó. “Necesitamos para eso la colaboración de todos”, agregó. Y, en ese punto, se le preguntó por lo cambios: “Los he llevado a cabo por moral de los futbolistas sustituidos. Lo mismo Mingorance, primero, que Vicente, después, no se encontraban en condiciones para seguir actuando”. En ese momento, apareció en escena Benito Pico, presidente de la Federación: “¡Ha sido una desgraciada actuación del equipo español!”.
El quinto gol llegó con un cañonazo de Henderson, y, a ocho minutos del final, Saint John le ponía el número seis a la losa que aplastaba a la selección como nunca jamás en suelo español
En octubre de 2008, en su sabrosa e imperdible serie de artículos semanales Cenizas de fútbol (El País), el periodista Enric González rescató la historia de esa derrota, focalizándola en la figura condenada de Mingorance. Cuenta cómo el central de Córdoba sería vetado para siempre de la selección, por orden de los engranajes del Régimen, de cómo décadas después se reía, relativizando lo sucedido, cuando le recordaban aquella noche, y de cómo comandaría la defensa de su club, hasta el punto de firmar uno de los registros más meritorios del fútbol español: el Córdoba de dos temporadas después, y ahí estaba Mingorance como líder de esa defensa, acabaría quinto clasificado, con solo dos goles encajados en sus partidos como local. En toda la temporada, la defensa de Mingorance y un jovencísimo portero llamado Miguel Reina solo recibió un par de tantos en casa: uno en propia puerta contra el Zaragoza y el otro anotado por Di Stéfano para el Espanyol. Nadie más marcaría ese año en El Arcángel.
La nota de González ubica a Franco ese día en el palco del Bernabéu, de ahí las consecuencias por la mala imagen de España y la depuración de responsabilidades; pero el General sufría cierta alergia a los estadios, a exponer su imperturbable figura a la impopularidad de una derrota. Por eso evitaba el fútbol, aun siendo consciente de su poder propagandístico. Solo acudía a la final de la Copa del Generalísimo, porque ahí rara vez tenía algo que perder. Pero, con la selección española, el asunto cambiaba. Famosa es la historia de sus recelos a acudir a la final de la Eurocopa de 1964, temeroso de que los soviéticos le arruinaran el traje, hasta el punto que José Solís, secretario general del Movimiento, se había encargado de prevenir a Benito Pico de que España tenía que ganar sí o sí a la URSS y que al Caudillo había que evitarle el mal trago de un ridículo contra el ogro comunista.
Aquel 13 de junio, mientras los escoceses trituraban a la selección, Franco estaba camino de Barcelona, donde su yate, el Azor, atracó la tarde siguiente, con la intención de visitar la ciudad tras las catastróficas inundaciones del otoño anterior, darse, de paso, un baño de masas por sus calles y celebrar un consejo de ministros. Pero, como ya se sabe, no hacía falta que estuviera presente en un sitio para que Franco estuviera allí.
En solo un año, España pasó de la deshonra contra Escocia a la gloria de su primer título. Lo hizo sin José Mingorance, sin Vicente Train y sin Carmelo Cedrún. Ninguno volvió a la selección tras aquella debacle
En el palco del Bernabéu sí se sentó José Antonio Elola-Olaso, Delegado Nacional de Educación Física y Deportes. Hacia arriba, este órgano dependía de Falange, que a su vez dependía del Ministro-Secretario del Movimiento y que a su vez dependía de… Y, hacia abajo, de esas oficinas dependían todo el aparato deportivo de España: el Comité Olímpico, la Federación de Fútbol presidida por Benito Pico… Elola-Olaso era, como se decía, un falangista de carrera, de los pies a la cabeza: afiliado, excombatiente, burócrata, político… Todo un hombre del Régimen. El deporte español pasaba por sus manos para que luego pasara a otras, y, así, gracias a los órganos del partido único, ejerció de bisagra para que el fútbol se transformara en un elemento más de la construcción social de aquella España. El balompié estaba plenamente integrado en la estructura política del Movimiento desde que se convirtió en un deporte de masas, ganó atractivo gracias a la televisión y creció así su poder de proyección internacional. La Falange se encargó de eso en unos años fundamentales en el desarrollo y expansión de los medios de comunicación, del NODO, pero también de los periódicos deportivos o los programas de radio especializados. El franquismo convirtió así el fútbol en un vehículo con el que trazar una narrativa nacionalista: ayu – daría a potenciar la identidad nacional, a homogeneizar el tejido social, a propagar y blindar los valores de la Dictadura, a difundir los mensajes oficiales y configurar toda una red de estereotipos. Así nació ‘La Furia’, se defendió el ‘fútbol de raza’, se crearon ‘enemigos de la Patria’ como la selección soviética…
Por todo esto, era conveniente evitar las humillaciones y los despropósitos de gran calibre como esa derrota contra Escocia en el Bernabéu. Allí, sentado en sus butacas de terciopelo, debió digerir José Antonio Elola-Olaso como buenamente pudo ese bolo de seis goles. Los días pasaron y España volvió a jugar a lo largo de 1963. En octubre, ganó en Belfast a Irlanda del Norte en los octavos de final de la Copa de Europa de Naciones de 1964, con Madrid como escenario, una victoria apurada que le sirvió para pasar ronda tras el empate de mayo en San Mamés. En diciembre, España perdería en Mestalla un amistoso contra Bélgica. Después, entre marzo y abril, vendría la clasificación para la fase final de la Eurocopa con el triunfo frente a República de Irlanda. Y el resto es historia: la victoria contra Hungría, el gol de Marcelino a la URSS… En solo un año, España pasó de la deshonra contra Escocia a la gloria de su primer título. Lo hizo sin José Mingorance, sin Vicente Train y sin Carmelo Cedrún. Ninguno volvió a la selección tras aquella debacle. Nadie les dijo nada, nadie les advirtió. Simplemente, dejaron de ir y de estar.
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