El Rayo Vallecano vive uno de los momentos institucionales más delicados de su historia reciente. Hace apenas unos meses disputaba una final europea y ahora juega lejos de Vallecas, desterrado de su propia casa después de años de abandono de un estadio que llegó a poner en riesgo la seguridad de sus aficionados, según mostraba un informe de la propia Comunidad de Madrid. Mis veranos siempre han terminado con la vuelta de la Liga. Este no. La ilusión de la Conference se convirtió demasiado pronto en enfado, hastío y una distancia cada vez más difícil de salvar entre Raúl Martín Presa y una afición que lleva mucho tiempo sintiendo que el club avanza en dirección contraria a ella. Y en mitad de todo ese ruido ha aparecido Sergio Camello.
O quizá habría que decir que nunca se fue. Terminó la pasada temporada marcando cinco goles entre las jornadas 33 y 38 y ha comenzado esta con otros cinco en apenas cuatro partidos, además de una asistencia. Su influencia ha sido decisiva para los cuatro puntos que suma ahora el Rayo y los números hablan probablemente del mejor momento de su carrera. Pero cuentan solo una parte. Camello está haciendo goles cuando el Rayo necesita goles y está diciendo cosas cuando el Rayo necesita que alguien diga cosas. Después del empate ante el Alavés en Leganés, convertido provisionalmente en una casa que nadie siente como propia, no se refugió en las frases de futbolista. No habló de ir partido a partido ni de seguir trabajando. Habló del barrio. “Vallecas es nuestra casa y no concebimos otra cosa. Es una bola de nieve que se va haciendo más grande cada año. Estamos agotados, esto no nos ayuda y nos distancia a todos, a tres partes del club que son vitales. Esta plantilla lo ha dado todo por ponerse del lado de la afición y siempre vamos a estar con ellos”. Después fue todavía más lejos: “Somos una plantilla humilde y creemos en la justicia, y creo que ahora no se está cumpliendo”.
Recuperar Vallecas, recuperar una normalidad que en este club nunca fue demasiado normal, recuperar la sensación de que equipo y grada pertenecen al mismo sitio, recuperar algo que parecía indestructible incluso cuando el Rayo perdía partidos
Ese discurso no nació con el cierre del estadio. Meses antes, Camello estaba sentado precisamente en una de las gradas vacías de Vallecas cuando le pregunté si era capaz de imaginar aquel campo en otro lugar. “No me lo imagino para nada. Y eso que no soy de aquí”, respondió. Después habló de quienes llevan toda la vida entrando por aquellas puertas, del abuelo que llevó a su hijo y del hijo que ahora lleva al suyo, antes de dejar una frase que hoy suena de otra manera: “No me imagino Vallecas sin el estadio y no me imagino el estadio sin estar en Vallecas”.
Entonces aquello todavía era una hipótesis. Ahora no. Durante aquella conversación explicó también qué había encontrado cuando llegó al Rayo. Para empezar, dijo, había descubierto Vallecas. Un lugar al que apenas se había acercado pese a ser madrileño y en el que terminó encontrando “un hogar”, algo relacionado con la normalidad, la humildad y una forma distinta de entender el fútbol. Contó cómo un recorrido por el barrio junto a miembros de Bukaneros le había servido para conocer su historia y comprender “qué colores estás defendiendo”. Quizá por eso, cuando pudo elegir, quiso volver. El Betis también le quiso después de su primera cesión, pero si salía del Atlético tenía claro que quería hacerlo para regresar al Rayo. Allí, explicó, había encontrado algo que pensaba que no existía en el fútbol, empezando por amistades de verdad dentro de un vestuario.
Luego llegaron los gestos que no necesitan rueda de prensa. Cuando varios aficionados estuvieron a punto de quedarse sin viajar a Leipzig después de una supuesta estafa, el rayismo organizó una colecta para que nadie faltase a la final. Varios futbolistas de la plantilla se sumaron. Camello, también. Meses después, tras marcar dos goles al Racing, volvió a mirar hacia el mismo lugar: “Ojalá podamos jugar el siguiente partido en Vallecas por el bien de todos. Una victoria no empaña lo que estamos sufriendo porque necesitamos a la gente. Vallecas necesita su estadio, el equipo lucha por eso y necesitamos que se empiecen a hacer las cosas bien para recuperar lo nuestro”.
Recuperar lo nuestro. Recuperar Vallecas, recuperar una normalidad que en este club nunca fue demasiado normal, recuperar la sensación de que equipo y grada pertenecen al mismo sitio, recuperar algo que parecía indestructible incluso cuando el Rayo perdía partidos, bajaba categorías o viajaba por campos que hoy cuesta encontrar en un mapa. Porque al Rayo siempre le quedaron Vallecas y su gente. Ahora ni siquiera eso parece garantizado.
“Lo que más me gusta es que me traten como lo que soy, un chaval de barrio que ha tenido la suerte de hacer lo que muchos no han podido: ser futbolista profesional. Pero eso no me convierte en alguien diferente”
Camello conoce también el otro lado de exponerse. Después de un mal partido en Oviedo recibió insultos y mensajes que llegaron incluso a desearle la muerte, y ya había contado antes que terminó abandonando Twitter porque, por mucho que uno quiera relativizarlo, lo que dicen de ti acaba haciendo daño. Ahora podría limitarse a hablar de sus goles. Tiene motivos. Podría refugiarse en el mejor momento de su carrera y dejar que otros resolvieran los problemas que rodean al club. Sin embargo, cada vez que le ponen un micrófono delante termina hablando de Vallecas. En aquella entrevista dejó otra frase que explica bastante bien quién es: “Lo que más me gusta es que me traten como lo que soy, un chaval de barrio que ha tenido la suerte de hacer lo que muchos no han podido: ser futbolista profesional. Pero eso no me convierte en alguien diferente”.
Sergio nació en Madrid, se formó en el Atlético y no creció en Vallecas, pero hace tiempo que entendió lo que significa. Camello atraviesa probablemente el mejor momento de su carrera. Llegará un día en que nadie recordará exactamente cuántos goles llevaba aquel septiembre de 2026. Quizá sí quede, en cambio, la imagen de un delantero que marcaba mientras alrededor del Rayo casi todo parecía romperse y que, después de hacerlo, en lugar de hablar de sí mismo, preguntaba cuándo podían volver a casa.
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Fotografía de Getty Images.
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