Recuerdo cuando, en aquellas pistas que nos vieron crecer, ahora vacías, convertidas en una nítida e inequívoca radiografía del triste avanzar de una sociedad cada año más individualista, nos pedíamos a nuestros ídolos. Soñábamos, mientras destrozábamos las enésimas Total 90, mientras despedazábamos el enésimo Roteiro, con ser ellos. Yo era Wayne Rooney; e incluso logré que me llamaran así durante algunos meses. Pero Juan Diego Molina (San Roque, Cádiz; 05.11.1993) fue Stoichkov desde mucho antes de que empezara a lastimarse las rodillas contra el suelo. Lo fue desde que saltó de la cuna. Desde que llegó al mundo. “Desde siempre. A mi padre le gustaba mucho Stoichkov. Le encantaba. En la época del Dream Team tenía un bar en Barcelona, en el que, además, conoció a mi madre, al que un día fue a desayunar Stoichkov, su gran ídolo, con dos amigos. Le cayó muy bien. Muchísimo. Y a raíz de todo aquello decidió que cuando tuviera un hijo le pondría su nombre. Mi madre, que es, junto a mi novia, la única que me llama Diego, no le dejó, al final; pero todo el mundo me llama Stoichkov. De niño incluso creía me llamaba así, que era mi apellido”, empieza el futbolista andaluz, siempre sonriente; dando respuesta a la pregunta que muchos se hacen al ver la tabla de máximos goleadores de la categoría de plata; al repasar los onces de un Alcorcón que, de la mano de Fran Fernández, ha perdido el miedo a soñar; convirtiéndose en una de las principales sorpresas positivas de este inicio de temporada. “Cuando fui más consciente de todo busqué quién era. He visto muchísimos vídeos de él en YouTube. También el del pisotón al árbitro. La gente se pensaba que me decían Stoichkov por el carácter, pero no; aunque si en algo nos parecemos es en que a ninguno nos gusta perder, en nuestra naturaleza competitiva”, añade el ’23’ del cuadro de Santo Domingo, un Juan Diego Molina al que algunos de sus amigos incluso llaman Hristo, que ha desbancado al Stoichkov original, al vencedor del Balón de Oro del 94, en el podio de grandes ídolos de su padre; que, ya jubilado, me desvela sus planes para venir a visitar al búlgaro a Barcelona. Para reencontrarse con él. “Vive ahí. ¿No? ¿No?”, me pregunta; atropellado, arrollado, por la emoción al revivir aquel día, ya lejano, en el que conoció a Stoichkov. “En cuanto tenga más información sobre él, en cuanto sepa él si aún vive en Sarrià, mi hijo le llamará y nos encontramos”, añade antes de despedirse, con una alegría tan contagiosa que convierte los poco más de 920 kilómetros que nos separan en apenas unos centímetros.

Heredando la pasión con la que su padre disfruta el balompié, el gaditano, un talentoso y versátil centrocampista ofensivo, se entregó a él desde que era un niño; aunque sus primeros toques le alejaron de un deporte que no entendía, que le sabía a poco. “Recuerdo que, de chico, corría por todo el campo. Iba por todos lados. ‘Colócate ahí. Tú, ahí’, me decía el entrenador. Era Mena, un hombre de San Roque ha sido muchos años entrenador. Me acuerdo de que me aburría jugando en aquellos años. Me aburría. Y me quité de fútbol”, relata un Stoichkov, el actual, en el que queda mucho de aquel joven inquieto; ansioso, hambriento, de balompié. “Era un poco hiperactivo. Siempre quería estar en todos lados. Y aún me pasa. El míster me lo dice muchas veces“, admite el andaluz antes de retomar el hilo de su bonita historia: “Entonces empecé a jugar en la calle; en mi barrio, con los amigos. Ahí fue donde empezó a gustarme de verdad el fútbol, en la calle. Me acuerdo, también, del día en el que volví a apuntarme al balompié. Salí de la escuela y me fui directamente al campo de fútbol. Ahí estaba Juan. Era el encargado de mantenimiento. ‘Me quiero apuntar al fútbol’. ‘Has venido muy pronto. Los de tu edad no entrenan hasta más tarde’, me respondió él. Regresé ahí más tarde; y así me reencontré con el fútbol”, rememora un Stoichkov que continúa disfrutando del balompié con la misma ilusión que cuando era un chico, que cuando lucía la camiseta del Los Olivillos Fútbol Club.

 

“Pensé que se me había escapado el tren, que ya era muy complicado llegar. Pero siempre mantuve la ilusión. Siempre he tenido esta ilusión”

 

El ’23’ alfarero, de 26 años, jugó en su San Roque natal, a unos diez kilómetros de la frontera de Gibraltar, hasta que recaló en el juvenil del Goya Ryu ceutí, que competía en la categoría más alta de juveniles. Desde ahí saltó a la cantera del Espanyol, con el que, en el curso 11-12, se proclamó campeón de liga y alzó la Copa del Rey; además de acabar en la segunda posición en la Copa de Campeones. “Me acuerdo de que el hombre que me llevó al Espanyol me dijo que me iban a llamar Diego, no Stoichkov”, revive el futbolista; que la temporada siguiente debutó en Segunda B, con el Cacereño. Tras disputar apenas 25 minutos, tras ver cómo no llegaba a buen puerto una pretemporada a prueba en el Algeciras para mantenerse en la categoría de bronce, regresó al San Roque. Regresó a la Tercera División. “Fue un paso atrás. Pensé que se me había escapado el tren del fútbol, que ya era muy complicado llegar. Pero siempre mantuve la ilusión. Siempre he tenido esta ilusión. Nunca me rendí. Fue un paso atrás, sí. Pero fue para coger impulso”, afirma un Stoichkov que en el 2014 saboreó la Europa League de la mano del Europa Futbol Club, con el que participó en los dos encuentros de la primera ronda de la previa contra el Vaduz (3-0 en Liechtenstein; 0-1 en Gibraltar).

Físicamente incapaz de enarbolar la bandera blanca, rebelándose contra su presente; el gaditano siguió persiguiendo su sueño hasta que la Real Balompédica Linense, la Balona, le dio una nueva oportunidad de demostrar su valía en Segunda B. Los 24 goles que firmó en las dos temporadas y media, brillantes, que estuvo en La Línea de la Concepción fueron el pasaporte, el salvoconducto, para embarcarse, por fin, en la aventura de su vida. “Cuando el presidente de la Balona me dijo que fuera a su despacho a hablar con él pensé que algo malo había pasado porque acababa de renovar. Pero me dijo que el Mallorca estaba muy interesado en mí. ‘Es la oportunidad de mi vida, la que tantos años había estado esperando’, pensé. Me harté de escuchar decir que ya no me iba a llegar la oportunidad. Pero nunca, jamás, perdí la ilusión”, remarca Stoichkov, que jugó 654 minutos con el Mallorca; actuando como revulsivo en el conjunto de Vicente Moreno.

El cuadro de Son Moix ascendió a los cielos del balompié español, pero el centrocampista de San Roque no ha podido saborearlo. “Me hubiera gustado quedarme ahí para debutar en Primera. Pero prefiero ser cabeza de ratón que cola de león. Aquí estoy jugando mucho. Y quizás en Mallorca no lo haría”, asentía, hace unas semanas, en las páginas del Marca. “En su momento ya tuve que bajar de Segunda B a Tercera División. Pero me sirvió para hacerme más fuerte, para crecer. Para coger más ganas. Mi gran sueño es jugar en Primera. Voy a luchar todo lo que pueda, a dar lo máximo, lo mejor, de mí; siempre con la misma ilusión. Y no voy a parar hasta que lo consiga”, añade ahora un Stoichkov que, tras frustrarse su cesión al Málaga por la inestabilidad institucional que atormenta La Rosaleda, recaló en Santo Domingo para enfundarse la casaca amarilla del Alcorcón; para erigirse en el buque insignia, en el faro, en la gran amenaza, del luchador equipo de Fran Fernández, que se encuentra séptimo, a apenas un punto del play-off de ascenso y a nueve de los puestos de descenso; en una de las principales revelaciones de una Segunda División que ya comienza a quedársele pequeña, en un futbolista que, tan hiperactivo e inquieto como cuando, de niño, jugaba en el Los Olivillos, hace indescifrables sus mapas de calor.

El deslumbrante estado de forma del ’23’ es, de hecho, una de las principales causas para explicar la gran temporada que está completando el conjunto alfarero; que este fin de semana encadenó el sexto partido consecutivo sin conocer la derrota al vencer a un desnortado Málaga en casa con un tanto del central David Fernández, asistido desde la esquina por un Stoichkov que, después de 15 jornadas, suma ya ocho dianas, apenas superado por Cristhian Stuani (10, Girona), Alfredo Ortuño (9, Oviedo) y Luis Suárez (9, Zaragoza), y tres pases de gol. “Me están saliendo bien las cosas. Pero no quiero conformarme. Ni puedo relajarme. Porque ya sé cómo es, cómo funciona, el mundo del fútbol. Si sacas el pecho te lo hunden rápido. Me ha costado mucho llegar hasta aquí. He mamado todas las categorías. He tenido que trabajármelo muchísimo. Ahora tengo que seguir así. E intentar ayudar al equipo en todo lo que pueda”, asiente Juan Diego Molina, siempre humilde, modesto, siempre consciente de sus orígenes; tal como demuestra al acordarse del nombre de su primer entrenador. Y del del encargado de mantenimiento del Los Olivillos. Feliz, orgulloso, de poder dedicarse, por fin, a aquello que más le apasiona, al deporte que tanto le une con su padre, Stoichkov anhela continuar creciendo: Y seguir haciendo grande el apellido búlgaro al que rinde honores con sus goles.