Por sorpresa se murió cuando boqueaba febrero, y dejó a sus creyentes, a sus admiradores, sumidos en una tristeza inabarcable. Dios se llamaba Enrique y se apellidaba Castro González aunque para el universo tenía otro nombre: Quini.

Logró Dios poner de acuerdo a los del Oviedo y a los del Sporting, a Menotti y a Clemente, a los del Barça y a los del Madrid, a Maradona y a Schuster, a los de izquierdas y a los de derechas… el consenso en la lágrima, en la pena de perder a ese gran tipo que marcaba goles dormido, el que acertaba (en el túnel de vestuarios) los chicharros que caían en el partido, de qué manera y en qué minuto. Un brujo. El ‘Brujo’…

Algunos recuerdos se van perdiendo como esos paraguas viejos, dejados al descuido en el café de la esquina. Otros permanecen intactos, frescos, casi, casi del día…

 

Logró Dios poner de acuerdo a los del Oviedo y a los del Sporting, a Menotti y a Clemente, a los del Barça y a los del Madrid

 

A los siete años a mí no me interesaba el fútbol. No sabía, no conocía estadios, ni camisetas, ni futbolistas.

Una tarde de sábado la familia Álvarez salía de Avilés en un R12 blanco (orgullo de mi padre) con destino al pueblo de mis abuelos: Ania, a pesar de estar ocupado en mis pensamientos infantiles pude rescatar una conversación entre mamá y papá, hablaban con preocupación del secuestro de un tal Quini. “¿Quini, quién será Quini y por qué tiene que sufrir ese señor?” (en mi cabeza trabajaba el vértigo). Pasado el fin de semana, y ya en el cole, pregunté, investigué y averigué cuan ignorante había podido llegar a ser. Todo el mundo, todo mi mundo conocía a Quini, y aquel lunes Dios, con el ‘9’ a la espalda, se quedó en mi vida.

Abandonó Dios a su parroquia rojiblanca para triunfar en el Barça y de paso arrebatarle una Copa del Rey al club gijonés, marcó dos goles en la final. Verdugo y querido a la vez, y es que al Dios de la eterna sonrisa se le perdona todo, como a ese hijo travieso al que le das un abrazo cuando tocaba regañina. Regresó al Sporting con la intención de retirarse en El Molinón, y este niño de más de cuarenta, todavía se acuerda de un encuentro de pretemporada en Avilés, jugaba el Sporting del ‘Brujo’ en uno de esos veranos despreocupados, felices, de reloj detenido… Trofeo San Agustín, estadio Román Suárez Puerta, al final del partido El ‘Brujo’ firmó autógrafos, saludó y lanzó besos a la grada. Le acompañaban un puñado de futbolistas muy buenos pero los guajes buscábamos a Quini, pude alcanzar al ‘9’ en el córner, saludar con timidez y caminar a su lado un buen trecho. Ese luminoso día un rey mago asturiano me sonrió. Se llamaba Enrique, Quini para el mundo. Dios, para mí.

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Monchi Álvarez

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