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Sané, tres décadas después

Leroy Sané nació en Alemania hace 20 años. Con cinco, ingresó en la cantera del SG Wattenscheid 09, equipo que en su día también vistió de corto a su padre. Poco después llegó el Schalke 04, prolífica cantera de jóvenes talentos donde Leroy se formó hasta que en abril de 2014 hizo su debut en la Bundesliga. Desde entonces, y hasta día de hoy, un ascenso de ensueño; titularidad ganada a base de demostraciones de calidad, golazo en el Bernabéu en su debut en Champions, irrupción en el mercado y fichaje por uno de los grandes, el Manchester City de Josep Guardiola. El salto a un coloso del viejo continente, obviamente, ha acabado agregando un valor considerable a la historia del chico, relato que nada se asemeja al de su padre, Souleyman Sané, cuya aventura nada entre las desagradables aguas del racismo, la intolerancia y las dificultades de la integración en un país donde no se domina el idioma.

Souleyman había abandonado Senegal a los cuatro años. En compañía de sus progenitores, ambos diplomados, se había establecido en Toulouse, Francia, donde ‘Samy’ empezó a dar patadas a un balón. No mucho más tarde, el que llegaría a ser máximo goleador de la 2.Bundesliga en 1988 comunicó a sus padres que la tradición política familiar no seguiría con él, porque había decidido enfundarse las botas de fútbol para siempre, por mucho que ellos se empeñaran en repetir aquello de “Samy, el fútbol no es un trabajo”. El motivo de esta decisión no fue otro que un ciclomotor, gentileza del FC Blangnac (uno de sus primeros clubes), para que los jugadores que vivían lejos, como él, pudieran desplazarse a los entrenamientos. Tanto significó para Sané tal gesto, que resolvió que acabaría convirtiéndose en profesional, costara lo que costara. Aunque tuviera que, por ejemplo, soportar y combatir el racismo de un sector de la afición de la liga alemana, su próximo destino, con muy pocos antecedentes de extranjeros en sus filas.

El servicio militar había acabado de decidir el futuro de un joven Souleyman, que no firmó su primer contrato profesional hasta los 24 años, con el SC Friburgo. Así, ya en tierras germanas, topó con una realidad que pilló al senegalés tan desprevenido como ansioso por marcar goles (finalmente su mejor arma para combatir prejuicios de raza). Definitivamente, la Bundesliga no era la liga francesa, mucho más acostumbrada al carácter multicultural de sus jugadores, y eso pudo sentirlo en sus propias carnes Souleyman, a quien más de una vez arrojaron plátanos y naranjas sobre el césped. Exceptuando algún encontronazo con la prensa y algún que otro rival que usó el color de piel del senegalés como provocación, Samy siempre prefirió responder a los gritos racistas que se espetaban desde la grada con buen fútbol, entre otras cosas, como posteriormente confesó el delantero, porque habría sido imposible contestar con ironía esos cánticos e iniciar una protesta sin dominar el alemán. Calló y corrió.

 

Samy siempre prefirió responder a los gritos racistas que se espetaban desde la grada con buen fútbol. Calló y corrió

 

Sin embargo, Sané dejó de sentirse solo cuando aparecieron en escena Anthony Yeboah y Tony  Baffoe, los otros dos y únicos jugadores negros de la liga, ambos con ascendencia ghanesa. Ellos sí que dominaban el alemán. Y no sólo aprovechaban cada grito discriminatorio para plantar cara a esa tendencia, sino que, con el acuerdo de los tres, escribieron una carta pública a todos los aficionados al fútbol germano denunciando la situación. A través de ella y la fuerza que ejerció una parte de la sociedad totalmente antagonista al racismo en los campos de fútbol, consiguieron que se fundaran varias organizaciones que proporcionaron información sobre la intolerancia en los estadios y los clubes comenzaron a tratar el tema. Empezó entonces un proceso que, aunque hoy en día aún no pueda darse mundialmente por muerto, comenzó a trazar un panorama social mucho más cómodo para las generaciones que vinieron detrás, entre ellas, la del hijo de Souleyman: Leroy Sané.

Sané padre se retiró con el nuevo milenio, justo cuando Leroy ingresaba en su primera academia de formación. Al segundo, Joachim Löw ya empieza a integrarlo en los planes de un futuro a corto plazo de la selección nacional alemana. Mientras, su padre, que aunque nunca jugó un Mundial defendió los colores de Senegal en 55 ocasiones, siempre se ha mantenido firme en los consejos que dirige a sus progenitores. El mejor ejemplo, el que confesó a los compañeros de 11 Freunde en una entrevista concedida en 2011: “A mis hijos les digo que no miren por el dinero. Ese es el gran problema de nuestra sociedad, todo el mundo mira por el dinero. Los jóvenes talentos de hoy hacen cuatro o cinco partidos buenos y piensan que son superestrellas. A menudo son internacionales después de media temporada buena. Antes había que demostrar durante años que eras bueno”, concluyó. Llegue donde llegue Leroy Sané, siempre podremos atribuirle una parte de su éxito a todo lo que Souleyman hizo por los suyos.

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Alena Arregui

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