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Dale Mulholland, un futbolista americano en Moscú


Dale Mulholland fue el primer y último futbolista estadounidense que jugó en la liga de la Unión Soviética. Un sueño cumplido para un nómada del balón que se produjo con el Muro de Berlín ya derribado y el bloque del este a punto de desintegrarse del todo.


Este texto está extraído del interior del #Panenka153, un número que sigue disponible aquí

 

Era el año 1990. El muro de Berlín se había venido abajo y la Unión Soviética se descomponía ante la mirada de todos. En medio de esos seísmos geopolíticos, un discreto traspaso despertaba el interés de los pocos que se enteraron de él: Dale Mulholland, un chico de clase obrera de Tacoma, Washington, acababa de fichar por el Lokomotiv de Moscú. No se trataba simplemente de un norteamericano llegando a un club extranjero; iba a ser el primer y único futbolista estadounidense en jugar en la URSS.

Su carrera parece la mezcla de una novela de espías de la Guerra Fría y el relato de un trotamundos del deporte. Un viaje que comenzó en las categorías inferiores del estado de Washington y llegó a los campos helados de Moscú, a los estadios bañados por el sol de Hong Kong e Indonesia y al borde del precipicio de las guerras balcánicas. Una voluntad de hierro, un amor intenso por el balón y el don de estar en el lugar indicado en el momento preciso.

EL SUEÑO SOVIÉTICO

Para Mulholland, la aspiración de jugar en la Unión Soviética no era algo casual, sino un sueño que surgió desde el sofá de su casa, en 1986. “Estaba viendo el programa Tonight Show, presentado por Johnny Carson”, recuerda Mulholland, “y el invitado era Armand Hammer, un industrial que estaba conectado con la Unión Soviética”. Hammer hablaba de Gorbachov y nuevos conceptos como glásnost (apertura) y perestroika (reestructuración), y sugería que los intercambios culturales y deportivos eran clave para tender puentes entre los dos superpoderes. “De repente, me dije: ‘¡Intercambio futbolístico! Voy a ser el jugador que vaya allí y traiga a un futbolista soviético aquí'”, recuerda. Para un joven que había crecido con las estrellas importadas por la NASL (Pelé, Beckenbauer, Moore…) y que nunca se perdió un entrenamiento, este parecía un paso lógico en su camino a lo más alto. Motivado por el deseo de jugar al máximo nivel, se veía como “el tipo del que todos hablarían” cuando se refirieran al ‘intercambio cultural’.

 

Su interés por ir a la URSS hizo que la CIA enviara un agente a vigilarlo. Él le contestó: “Mi única ideología es el balón”

 

Sus primeros años en Tacoma habían puesto los cimientos. Creció en los 70, con un parque al otro lado de la calle, en una ciudad en la que el fútbol era un deporte “marginal”. Pero se enamoró de este juego gracias a ‘O Rei‘, que, con su llegada al Cosmos de Nueva York, había generado una oleada de fiebre futbolística en los Estados Unidos. Le gusta relatar lo que significó ver a jugadores de talla internacional en el estadio de los Seattle Sounders y empaparse de un nivel de calidad del que no todo el mundo podía disfrutar. El ambiente de aquel fútbol formativo, en el que uno podía “entrenar con unos vaqueros y unas zapatillas”, propició que trabajara con intensidad la técnica y lo que él define como “el arte de jugar”. Mulholland relaciona su precoz evolución con el hecho de que el balompié no fuera popular en Tacoma, lo que le obligó a ser más creativo y apasionado, a aprender de “aquel brasileño que era el amo del fútbol” más que de los sistemas rígidos y organizados que había en otros lugares.

La idea del intercambio soviético era osada, y requería superar una pesada burocracia. Mulholland se pasó años buscando contactos. Llamó a todo el mundo, desde el agente de la estrella lituana del básquet Arvydas Sabonis hasta la coordinadora internacional de la NBA, Kim Bohuny, que le ayudó a enviarle un mensaje de télex a Vyacheslav Gavrilin, el jefe del Comité Soviético de Deportes, el Goskomsport. “Gavrilin era muy educado, pero me contó que no era el mejor momento. Aunque me dijo que no me rindiera”, explica Mulholland. Su incansable búsqueda provocó incluso que la CIA enviara a un agente a vigilar al “joven comunista” del campus universitario. Mulholland respondió lo siguiente al interés del espía: “Mi ideología y mi religión es, pura y llanamente, el balón”. No estaba interesado en “espionaje o ideas nacionalistas”, solo en el juego.

 

Su carrera parece la mezcla de una novela de espías de la Guerra Fría y el relato de un trotamundos del deporte. Un viaje que comenzó en el estado de Washington y llegó a los campos helados de Moscú

 

Su primera aventura futbolística lo llevó a la Alemania de mediados de los 80, una oportunidad que surgió durante una gira del equipo de la universidad. El entrenador del TSV Reichenbach 05, al observar su potencial, le pidió que se quedara. Mulholland pasó un año allí. Buscó casa, trabajo (limpiando pistas de hielo a las cuatro de la madrugada) y aprendió alemán, lo que más tarde le resultaría valiosísimo. Aunque Alemania era un “bastión del capitalismo occidental y del profesionalismo del fútbol”, para el estadounidense, el estilo alemán estaba demasiado basado en pasar la pelota, más que en buscar el brillo individual, lo que él prefería. Señala con ironía que se sentía como “el único en todo el país que quería regatear”.

Los contactos con la URSS fructificaron en los Juegos de Seúl’88, cuando, echándole morro, entró en el complejo donde se alojaba el equipo soviético y logró reunirse con Stanislav Belyaev, un funcionario (probablemente miembro del KGB) de buenos modales que hablaba inglés. Se convirtió en su aliado y, más tarde, en el genio creativo de su contrato. Belyaev, con “su inglés perfecto, de esos que se enseñan en las mejores escuelas”, le confirmó que ese intercambio iba a suceder, pero poco a poco. “Era todo un caballero. Sabía exactamente lo que hacía: y jugó con maestría esa partida de ajedrez político”, recuerda Mulholland…

 

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Itay Goder

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