Lo peor que le puede pasar a un adolescente es mirar a su alrededor y ver solo vacío. Pensar que sus referentes, si algún día los tuvo, están demasiado lejos. O que simplemente no existen. Que se lo pregunten a Holden Caulfield.

Traducido a lo que nos ocupa: lo peor que le puede pasar a un adolescente es no ser de ningún equipo porque los equipos grandes son demasiado grandes –y están demasiado lejos- y el equipo de tu pueblo es sencillamente eso, un equipo de pueblo. A ver con qué fotos forramos ahora las carpetas.

Algo así ocurría en los años 80 en Avilés, villa industrial y marinera, siempre a la sombra de Oviedo y Gijón: vagaban por las calles un puñado de adolescentes futboleros, hijos del ‘baby boom’ y huérfanos de equipo.

Lo pienso ahora y se me ponen la gallina de piel. Qué crueldad: aquellos chavales no tenían más remedio que hacerse del Madrid o del Barça. Con un poco de suerte, del Sporting o del Oviedo, que pillaban un poco más cerca y además tenían estadios mundialistas, pero tampoco era lo mismo. Estábamos incumpliendo, ya de mano, el primer mandamiento del manual del buen futbolero: por encima de todo hay que ser del equipo de tu pueblo.

 

El equipo como tal había nacido en 1983, fruto de la fusión entre el Real Avilés y el CD Ensidesa. Era una mezcla potente: un club ponía el nombre de la ciudad y el pedigrí histórico y el otro, la parte obrera, su tradición de cantera

 

Todo cambió hace 30 años, cuando el Real Avilés Industrial subió a Segunda División. Era el mes de mayo de 1990. Eso significaba que Avilés aparecería en las quinielas y en Estudio Estadio. Qué más se podía pedir.

Corrimos a hacernos socios, pidiendo dinero en casa para malgastarlo a lo grande y como debe ser, pagando la cuota del equipo del pueblo. Éramos unos advenedizos que se apuntaban sin remordimientos a caballo ganador, pero a esas edades se perdona casi todo. Mejor que vayan al fútbol a que anden drogándose por ahí, pensarían los padres.

El caso es que de un día para otro nos convertimos en aficionados de toda la vida del Real Avilés Industrial. De toda la vida es mucho decir, no solo porque éramos unos críos -que también-, sino porque el equipo como tal había nacido en 1983, fruto de la fusión entre el Real Avilés (fundado en 1903) y el CD Ensidesa (1956). Era una mezcla potente: un club ponía el nombre de la ciudad y el pedigrí histórico (es el más antiguo de Asturias) y el otro, la parte obrera, su tradición de cantera –ahí empezó Quini- y un maravilloso color granate que se unió al blanquiazul en la camiseta.

Nos gustaba ser de aquel equipo humilde. Nos gustaba sentirnos parte de algo. Nos gustaba la mezcla de colores: azul, blanco y granate. Nos gustaba ir al campo, el Muro de Zaro, en el barrio de Llaranes, el mismo barrio obrero en el que creció Quini, un barrio tan pegado a la fábrica de Ensidesa que los balones aéreos parecían caer teñidos de humo negro. Para que los millenials se hagan una idea: era una especie de Ipurua, versión años 90 y sin edificios alrededor.

El campo estaba lejos del centro y le faltaba todo un lateral: donde tenía que haber gradas había un río, al que iban a parar un par de balones en cada partido. La Segunda División de antes no era como la de ahora.

El campo estaba lejos del centro: cada partido era una aventura que comenzaba en el coche de José Antonio, el padre de nuestro amigo Nacho. Ahora que ha pasado el tiempo pienso en él y en la paciencia que tuvo con tres adolescentes insoportables -valga la redundancia- durante toda la tarde de los domingos. José Antonio me recordaba a Stielike, pero sin bigote: cuando él hablaba, nos cuadrábamos como novicios asustados, pero en el fondo era un trozo de pan.

Muchos años después, yo estaba en Glasgow cubriendo la final de la Copa de la UEFA entre el Espanyol y el Sevilla cuando supe de su muerte. Sin aquellas tardes de domingo en el Muro de Zaro habría sido imposible estar allí sentado, en la tribuna de prensa de Hampden Park, juntando letras sobre un partido de fútbol. Pensé en él mientras el capitán del Sevilla levantaba el trofeo.

Sí, en realidad todo empezó en Llaranes, viendo los partidos del Real Avilés Industrial. Solo fueron dos temporadas en Segunda (1990-91 y 1991-92), suficientes para que nuestra memoria aún retenga algunos nombres: Heres en la portería, Segundo en el lateral derecho (¿puede haber un nombre mejor para un lateral derecho?), Iñaki Marigil en el centro de la defensa, Nacho Castro, García Barrero, y en la delantera, Monchu, que luego jugaría en el Sporting y el Sevilla.

Incluso teníamos extranjeros: un inglés llamado Thompson (aún recuerdo un gol suyo en el último minuto frente al Orihuela en un campo absolutamente embarrado; a veces la felicidad es simplemente eso, un gol al Orihuela en el último minuto con las líneas del área borradas por el barro) y un yugoslavo llamado Zugic. Nunca supimos más de ellos: ahora deben de ser ilustres jubilados en adosados de Birmingham o Belgrado, y quizá de vez en cuando les digan a sus vecinos o a sus nietos que jugaron en el Real Avilés Industrial.

Allí aprendimos que el fútbol real no era gran cosa (olvídense de naranjas mecánicas y dream teams), pero era algo nuestro y además, con un olor especial: allí aprendimos que el fútbol de verdad olía a puro, a césped recién cortado y a ‘reflex’. También un poco a whisky y a anís.

 

«En España ya hay muchos clubes que visten de blanquiazul y se llaman ‘Real tal o Real cual’. ¿Pero cuántos había que llevasen el granate en la camiseta y que además se apellidasen Industrial?»

 

De la misma manera que llegó, la Segunda División se fue de Avilés. Fue como un amor de verano: todos sabíamos que tarde o temprano se iba a acabar, pero éramos adolescentes y pensar en el futuro estaba prohibido. Ahora da un poco de vergüenza admitirlo, pero lo cierto es que nos borramos de socios cuando el equipo volvió a Segunda B. Era cuestión de orgullo: habíamos visto partidos contra el Málaga, el Celta, el Betis, el Lleida o el Sabadell: a ver quién se conformaba ahora con el Orense, el Tomelloso o el Endesa As Pontes.

Pasó el tiempo. Nos hicimos relativamente mayores. Mis compañeros de grada se convirtieron en gente respetable y con profesiones serias -Nacho es profesor y Juan regenta una tienda de informática-, cosa que no se puede decir de un servidor: mientras ellos progresaban hacia una vida sensata y formal, yo debía de seguir anclado en las gradas del Muro de Zaro, gritando goles en el último minuto contra el Orihuela. Tendré que preguntarle a mi psicoanalista.

Pasó el tiempo, y fue tan cruel que casi nos deja sin recuerdos: en marzo de 2012, un señor con corbata y gafas muy graduadas, que hablaba continuamente de balance de cuentas y números rojos, decidió que el club ya no podía llamarse Real Avilés Industrial y que eso del color granate era demasiado ‘viejuno’.

Lo vivimos como si alguien intentara quitarnos una parte de la adolescencia, y eso que nosotros tampoco éramos un ejemplo de fidelidad, los típicos que se suben al carro cuando conviene y se borran cuando las cosas se tuercen. Lo resumió bien mi amigo Miguel, que por cierto años después fundaría una peña del Sporting de Gijón en Londres: «En España ya hay muchos clubes que visten de blanquiazul y se llaman ‘Real tal o Real cual’. ¿Pero cuántos había que llevasen el granate en la camiseta y que además se apellidasen Industrial?».

Lo peor que le puede pasar a un adolescente es quedarse sin equipo. Nosotros, al menos, lo tuvimos durante un par de años.

 


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