«I avui encara ets el que un dia vas ser.
La teva vida és eterna,
i et coneixerem amb fotos de calaix aquells que no et vam poder veure»

Nyandú, en Fotos de calaix.

 

El cielo de Oviedo comenzó a nublarse en aquel fatídico 23 de junio de 2020 en el que Peter Dubovský halló la muerte al fondo de las cataratas de la turística isla tailandesa de Ko Samui, a más de 10.000 quilómetros del viejo Carlos Tartiere y con apenas 28 años. «Quiero irme a casa», cuentan que le repetía el eslovaco a su hermano, mientras se debatía entre la vida y la muerte, en el fondo del abismo en el que se estrellaron los sueños de un jugador y de una persona inmortal. Y de un Real Oviedo que, casualidad o no, huérfano de la mágica zurda de un futbolista tan diferente como su querido ‘Dubo’, e incapaz de superar su prematura marcha, pondría, solo un año después, el punto y final a los años más brillantes de su casi centenaria historia para comenzar a adentrarse en los más oscuros, y en un via crucis que le condujo hasta Tercera División.

Dubovský, nacido en Bratislava a principios del mes de mayo del año 1972, dio sus primeros pasos hacia la élite del fútbol internacional de la mano del Slovan Bratislava, con el que se coronó campeón del campeonato checoslovaco en 1992. Un año antes, con 19 años, e ilustrando que ya era una de las grandes promesas del balompié de su nación, ya había debutado con la selección checoslovaca, en un encuentro de la fase clasificatoria por la Eurocopa contra España, en Sevilla, en el que los jugadores de Vicente Miera se impusieron por 2-1. El polivalente atacante de Bratislava llegó a anotar seis dianas en 14 partidos con el equipo checoslovaco antes de que, en 1993, se escindieran la República Checa y Eslovaquia; con la que jugó 33 duelos y firmó doce tantos que, en el momento de su trágica muerte, le acreditaban como máximo goleador histórico de la selección del país.

En el verano de 1993, justo después de ser elegido mejor jugador eslovaco del año y de recibir, por segunda temporada consecutiva, el galardón al máximo artillero de la liga checoslovaca, en el que, entre la 91-92 y la 92-93, anotó 51 goles en 59 encuentros, Dubovský, de 21 años, recaló en el Real Madrid, que, a cambio de 500 millones de pesetas, le incorporó para fortalecer la delantera de un equipo con muchas urgencias que ansiaba poner fin a la irrompible hegemonía del Dream Team de Johan Cruyff. El holandés, de hecho, acentuó que el fichaje de Romário por el Barcelona «había sido mucho mejor y más barato». «Me toca las narices lo que pueda decir Cruyff. No me interesa lo que diga ese sujeto», respondió Ramón Mendoza desde la planta noble del Santiago Bernabéu.

Dubovský, que se comprometió por cinco años con el Real Madrid, inició su aventura en el balompié español consiguiendo una Supercopa de España, contra el Barcelona, y jugó hasta 36 partidos en la campaña 93-94; anotando dos dianas, contra el Lugano en la Recopa de Europa y contra el Valencia, en la liga. Pero todo comenzó a torcerse en la 94-95, en la que, con Jorge Valdano en el banquillo y opacado por Raúl González Blanco e Iván Zamorano, apenas participó en nueve partidos y marcó un gol. «Lo único que necesito es jugar. Estar en la grada es muy malo para mí», admitió, tras marcar esa diana contra el Zaragoza, el talentoso atacante eslovaco; que unos meses antes ya había explicado: «No soy feliz aquí porque no estoy jugando. Cuando era titular marcaba goles, pero la vida cambia. Alguien tiene que hablar conmigo porque me siento muy triste. Si viene una oferta, la estudiaré».

Descartado por el cuadro blanco al término de esa misma campaña, en la que el Madrid alzó el título cuatro años después; a finales del mes de julio del año 1995 se incorporó a un Real Oviedo que por aquel entonces disfrutaba de la época más gloriosa de toda su historia. En el viejo Carlos Tartiere, Dubovský recuperó la sonrisa y su mejor versión, sobre todo de la mano de Juanma Lillo y Fernando Vázquez. «Seguía siendo un delantero con poco gol, pero tenía calidad, regate, buen toque de balón con la zurda y tiraba bien las faltas. Era un jugador frío, pero con carisma. De los que enganchaba al público, y así tardó muy poco en ganarse el cariño de la gente que iba al Carlos Tartiere», señalaba, hace cinco años, Eva Vélez en El Comercio asturiano.

 

«En una ocasión, Ivica Brzić le dijo a uno de los compañeros de Dubovský: ‘Dale el balón. Es tipo raro, pero dale el balón'»

 

«Pronto se convirtió en un líder del equipo. Fue un futbolista de una técnica envidiable, con llegada y fortaleza. Su único ‘pero’ es que se trataba de un jugador frío, que cuando no tenía su tarde desaparecía del campo y en muchas ocasiones desesperaba a la grada. Sin embargo, el día que estaba entonado se echaba el equipo a la espalda y resultaba determinante. En una ocasión, Ivica Brzić le dijo a uno de los compañeros de Dubovský: ‘Dale el balón. Es tipo raro, pero dale el balón'», recordaba, un año antes, y en las mismas páginas, Ramón Julio García; glosando la figura de un futbolista tan intermitente como exquisito. Tan especial como tímido, reservado e introvertido.

Por este motivo, propios y extraños le conocían como El príncipe del hielo. Porque, como asentía Juanma Lillo en un imprescindible artículo publicado en la edición de El País del 24 de junio del 2000, «Peter era un tipo que siempre quería disimular sus sentimientos. Por eso no era para nada como parecía. Su timidez sí era de verdad, pero mucha gente lo interpretaba como altivez. Era tan vergonzoso que no quería demostrar su carácter humilde. Hablar bien de los muertos es lo más fácil del mundo, y a mí me fastidia, pero ‘Dubo’ tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Si le dabas afecto te lo devolvía. Pero tenías que insistir. Le costaba mucho, pero, leal y fiel a más no poder, cuando se entregaba a alguien se entregaba para siempre. Ya hace varias horas que me dijeron que Peter había muerto y todavía no me hago a la idea de que ya no podré hablar nunca más con él». «Peter, a primera vista, era un tipo raro, con un carácter muy reservado. Eso que algunos llaman una persona difícil. Había que esperar a que abriera su aparente coraza para encontrar al amigo de absoluta confianza que para mí siempre fue. Ayer, en la playa de Sopelana, bajo el calor, me quedé helado y un poco solo», enfatizaba, ese mismo día, su excompañero Xabier Eskurza, en otro texto imperdible publicado por El País.

La muerte de Dubovský conmocionó el universo futbolístico; incapaz de dar veracidad a las dolorosas noticias que llegaban desde el sureste del continente asiático. El futbolista eslovaco, un amante de la fotografía y de los destinos exóticos, estaba veraneando en Tailandia, junto a su novia, Aurelia, que todavía conserva el anillo de bodas que Dubovský iba a darle durante ese viaje, su hermano y su cuñada, y al intentar capturar la mejor perspectiva de las cascadas Namuang, en la isla Ko Samui, un inoportuno resbalón le hizo precipitarse al vacío desde una altura de 20 metros. La caída contra las rocas le provocó una hemorragia cerebral, además de la rotura de la pelvis y varias costillas, y las más de cinco horas que transcurrieron hasta que los equipos de rescate pudieron llegar al lugar de los hechos, de difícil acceso, para atender al jugador hicieron imposible salvar su vida. «Dubovský falleció después de que todos los intentos por salvar su vida fracasaran. No recuperó la conciencia», explicó el doctor Chumchoke Janvimaluang desde el hospital provincial de Ban Don, en la ciudad de Surat Thani.

Peter Dubovský, que llegó a disputar 130 encuentros con el Oviedo en cinco temporadas, falleció hace ya dos décadas, pero, imperecedero, el recuerdo de su zurda de seda sigue vivo en la retina del Carlos Tartiere y del balompié español y eslovaco. Su estrella se apagó hace ya 20 años, provocando una tristeza insondable en el corazón de Oviedo, pero su huella es imborrable, y su nombre es, y será, siempre recordado con una sonrisa. En ese triste 23 de junio del 2000 Peter Dubovský cerró los ojos por última vez, pero nació un mito inmortal.

 


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