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Los últimos días del año encierran reflexiones y balances, ver si las cuentas han terminado en positivo o si por el contrario toca remontar a partir de enero. En mi caso desconozco cuál ha sido el resultado real, pero lo cierto es que estoy finalizando el año de una manera que habría firmado 365 días atrás. No está mal. Una de las observaciones que llevo masticando varias semanas es que doy por hecho que la gente, digamos el público en general, ha dejado de ver fútbol. Con suerte observan qué es lo que hace el equipo del que son hinchas, pero no con la misma pasión e intención del pasado. Posiblemente no vean el partido entero y tan solo vean un resumen en caso de que el resultado haya sido positivo, a ver quién es el loco que sabiendo que su equipo ha caído 0-3 es capaz de ponerse semejante masacre. Por mi mente pasan dos razones, vete a saber si son acertadas, que pueden llegar a explicar el porqué de este desapego hacia el fútbol.

En primer lugar, puede que se deba a que uno si quiere puede ver un partido de lunes a domingo. Pero no solo eso, teniendo en cuenta el calendario actual, según de qué equipo seas puedes verlos con tres días de diferencia como máximo. Se ha hecho rutinario aquello que antes no lo era. Ya sabéis cómo es esto, como cuando vas con tu pareja a cenar una vez a la semana y de repente, fruto de que todo va genial, comenzáis a ir varios días. Eso está bien, pero al cabo de un tiempo no lo disfrutas de la misma manera. El ser humano es gilipollas y a la mínima se aburre de las cosas, necesita otro tipo de motivaciones. La segunda razón atiende a que los tiempos han cambiado, y las generaciones actuales son incapaces de estar 90 minutos atentas a la misma cosa. Incluso a mí también me cuesta a veces estar todo un encuentro atento a lo que sucede sobre el césped, ya sea porque el interés ha ido disminuyendo con los años o porque los partidos han perdido cierta frescura como los propios futbolistas.

Lo que sí busco de manera incesante son motivos, jugadores que me hagan ver un partido independientemente de dónde jueguen o contra quien lo hagan. Dentro de estas reflexiones de las que hablaba al inicio, Pedri creo que ha sido la razón de peso que me ha hecho volver a disfrutar. No digo que los haya mejores, solo faltaría, porque estamos ante un joven imberbe que recién ha cumplido la mayoría de edad, pero la sensación que transmite el canario es de querer que sea ya sábado o miércoles para verle caminar sobre el verde. Ya sea filtrando pases, moviéndose con total inteligencia, superando líneas rivales, retando al lateral de turno o simplemente robando balones, ya que también se posiciona como pocos. Es un tipo diferente, ajeno a un fútbol donde todo se analiza, donde cada metro cuadrado pasa por mil filtros y los movimientos de los futbolistas cada vez responden más a los automatismos de un robot. Pedri, al menos por el momento, vive ajeno a todo eso, juega como cuando nosotros lo hacíamos años atrás en el colegio, aunque con la diferencia de que él es bueno y nosotros nos lo creíamos.

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Llegados a este punto tan solo me conformo con que uno de los 22 jugadores del césped me levante del sofá, me obligue a dejar el móvil a un lado y me haga llevarme las manos a la cabeza. Sé que es mucho pedir, pero lo necesito. Dentro de unos años a saber con qué constancia sigo viendo fútbol, pero seguro que un futbolista como Pedri haría que siguiera delante de la televisión, que tuviera que comentarle a mi mujer lo bien que ha filtrado ese pase mientras un beagle o mi hija Vega, pongamos que se llama así, no entienden nada de lo que yo digo. Lo que sí tengo claro es cada vez planifico menos las cosas, vivo el día a día y trato de frenarme, como cuando Dembélé tiene metros y metros para correr pero decide que pausar la acción es la mejor de sus opciones. Cerramos este año con la certeza de que no todo ha sido tan malo, no nos vamos a poner melodramáticos a estas alturas, y me voy a quedar con lo diferente, con lo que me ha hecho volver a sentir sensaciones del pasado. Ya sabéis, el imberbe canario al que lo mismo le da el lugar, tan solo juega para divertirse y que hace de lo simple todo un arte. 

 


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Fotografía de Getty Images.