Uno de los últimos tweets de Martin Odegaard es un retweet a un mensaje que él mismo había publicado en 2013, cuando apenas tenía 14 años y aun nadie le conocía: “es fácil ser bueno, pero lleva tiempo convertirse en el mejor”.

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En la mayoría de casos éste no sería más que el mensaje de un adolescente que aun no se ha dado de bruces con la realidad -todos los hemos escrito incluso peores, sed honestos-, pero lo cierto es que tanto el tweet original como el retweet posterior han resultado proféticos. Al noruego lo conocimos en la primavera de 2014, cuando con 15 años se convirtió en el jugador más joven en debutar en la liga noruega y comenzó a llamar la atención de todos los gigantes del fútbol europeo. Entrenó con el Bayern Munich, coqueteó con el Liverpool,  visitó al Manchester United, al Arsenal o al Manchester City en sus sedes, y finalmente terminó firmando por el Real Madrid.

Pero tras una irrupción explosiva tocó desacelerar. No tuvo apenas minutos con el primer equipo, no se convirtió en ninguna atracción en el filial, su primer paso hacia la élite no se dio en España, sino en un modesto equipo de la liga holandesa… Fueron años donde Odegaard permaneció en una especie de limbo en el que colisionaban dos velocidades: la prisa mediática con la lentitud a la que se cocinan todos los procesos.

Quizás por esto la gente y los medios llegaron a cansarse de Martin Odegaard. Se le llegó a catalogar de fracaso. Y ni para lo primero ni para lo segundo hacía falta verle. De hecho era fundamental no verle jugar. Porque si se le veía, aunque fuera a ratos y en una categoría menor, lo mínimo que uno sentía es que había que tener paciencia con el chico. Porque era evidente, pero muy evidente, que tenía algo especial.

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Y ese algo especial se ha transformado en un todo.

Que Martin Odegaard era técnicamente un privilegiado lo sabíamos desde que jugaba en Noruega. Sus contactos con la pelota eran siempre perfectos. Los controles, los pases, los desbordes… El sonido que producía el balón cuando contactaba con su zurda era redondo. Sonaba seco, perfecto. Afinado. Parecía diseñado por ordenador y perfeccionado en la URSS. Además era capaz de desbordar, ya demostraba visión de juego y se le intuía un potencial creativo muy importante desde la mediapunta.

 

Odegaard ya es más que la suma de sus partes. Es el mejor futbolista de lo que va de Liga. Su impacto en absolutamente todos los partidos es irreal

 

Pero lo que ha demostrado en estos primeros meses en La Liga es que las dudas que podía haber acerca de su posición, físico y del uso práctico que le daría a sus condiciones ya son cosas del pasado. Odegaard ya es más que la suma de sus partes. De hecho, el noruego es el mejor futbolista de lo que va de Liga. Su impacto en absolutamente todos los partidos es irreal. Hasta en San Mamés, el encuentro donde la Real estuvo más dominada, el noruego demostró que es un futbolista superior.

Fue aquel día, tras la lesión de Illarramendi, cuando era incapaz de girarse ante la presión de Dani y no encontraba líneas de pase para hacer progresar a su equipo, cuando se midió su talento y su personalidad. Y aprobó. No paró de ofrecerse, tuvo que cambiar de posición, exigió constantemente el balón y creó las pocas ventajas de las que pudo disponer la Real Sociedad aquel día. Suena a poco, pero fue mucho.

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Pero aunque sea demasiado goloso hablar sobre lo que pasa con la pelota en juego, tanto en defensa como sobre todo, obviamente, en ataque, también es muy importante apuntar lo que hace Martin cuando no está cerca del balón. El noruego se mueve de maravilla tanto para recibir como para activar zonas vacías. Al principio, con Januzaj, le veíamos más en el sector derecho, conectando con el belga y acercándole a él al juego. Ahora, con Portu, más liberado y con plenos poderes, vemos a Odegaard trabajar por delante de línea de balón, amenazar a la espalda de la defensa rival y recibir siempre con un metro de distancia sobre el contrario, algo que a Saúl Ñíguez le trajo por el camino de la amargura en el partido en el que se enfrentaron.

Es esta cualidad, el fútbol sin balón, el que termina por definir y redondear su impacto en el juego de la Real Sociedad y, por ende, en sus partidos. En las malas y en las buenas. Con balón y sin balón. Para conservar la posesión o para acelerarla. Martin Odegaard tiene siempre la posibilidad de mejorar la jugada para sus compañeros. Y lo hace. Sabe cuándo, cómo, dónde y por qué debe intervenir. Por eso, ahora mismo, el debate sobre su posición ha perdido tanto sentido. Da igual si es de interior o de mediapunta. Lo que Odegaard necesita es lo que necesitan todos los genios: libertad creativa para aparecer donde él vaya estimando oportuno.

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“Es fácil ser bueno, pero lleva tiempo convertirse en el mejor”. Cuando Martin Odegaard retwitteó este mensaje tenía 19 años recién cumplidos y acababa de abandonar la cantera del Real Madrid rumbo al S.C. Heerenveen holandés. Seguramente ya entonces sabía que su carrera debía cambiar de ritmo, ralentizándose para luego progresar de la mejor forma posible y así poder completar su periodo de formación. Lo hizo, aprendió cosas nuevas, creció como centrocampista, evolucionó físicamente y ya está aquí, entre nosotros, dispuesto a convertirse en el mejor.