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Pavel Nedved y los malditos finales

Leonardo DiCaprio estuvo a punto de salvarse en Titanic. ¿Cómo habría la historia de amor entre Rose y ese joven que viajaba en tercera clase si aquel trozo de madera hubiera sido un poco más grande? Nunca lo sabremos. Todavía hay quien especula con que había espacio suficiente para DiCaprio, que no pudo sobrevivir a las aguas heladas del Atlántico. Después de superar todos los obstáculos que fueron surgiendo a su paso, se quedó a centímetros de seguir con vida. Nadar para quedarse en la orilla es un argumento cliché en las tramas peliculeras. También en el fútbol. La antigua norma de la acumulación de tarjetas amarillas para la final de la Champions equivaldría al trozo de madera inabordable de Titanic. Y Pavel Nedved fue DiCaprio por un día.

Era la temporada 2002-03, la segunda del futbolista checo en la Juventus. En su primer año de ‘bianconeri‘ ganó el Scudetto y, de paso, despejó todas las dudas que surgieron por el elevado precio de su fichaje. El conjunto de Turín pagó a la Lazio cerca de 37 millones de euros para hacerse con los servicios de un jugador que se definía así: “No es bonito verme jugar. Corro y lucho, pero no soy elegante como Raúl, Figo, Zidane o Beckham”. Aunque era reacio a los halagos, sus actuaciones no pasaron desapercibidas para el jurado del Balón de Oro. El premio del año 2003, a priori, iba decidirse entre Zidane y él, pero el francés acabó quinto y el centrocampista checo se impuso de forma clara a Henry y Maldini.

Con Marcello Lippi dirigiendo desde el banquillo y un equipo repleto de estrellas como Buffon, Davids, Trezeguet, Zambrotta, Thuram o Del Piero, se impusieron a Inter y Milan de forma contundente. Siete puntos de ventaja sobre el segundo y once sobre el tercero, para repetir Scudetto y hacer un pleno –dos de dos– desde que Nedved se puso la camiseta ‘bianconera‘. Con su icónica melena rubia y el ’11’ a la espalda, el centrocampista fue pieza clave para hacerse de nuevo con el título. Su fútbol no entendía de contextos, era un jugador inabarcable, con una capacidad física inverosímil y un disparo certero temido por todos los guardametas de la época. Anotó nueve goles, repartió 15 asistencias y, de paso, se convirtió en el nuevo ídolo de una afición que soñaba con cotas más altas. En la mente de todos estaba poder hacerse con la ‘orejona’ siete años después.

 

Para Nedved, esa Champions se había convertido en toda una obsesión. Llegaba apercibido al encuentro y era consciente de que cualquier choque a destiempo podía dejarlo sin la final

 

La fortuna confeccionó un camino enrevesado para la Juventus en aquella Champions 2002-03. En cuartos de final se enfrentó al Barça. Después de empatar a uno en Turín, fueron al Camp Nou con la obligación de hacer como mínimo dos goles. Se acabaron llevando la eliminatoria en la prórroga con un tanto de Zalayeta que puso el definitivo 1-2 en el marcador. Nedved ya había hecho su trabajo transformando el 0-1 después de una magnífica jugada individual y un disparo raso imparable. Así fue como llegaron a semifinales, donde les tocó enfrentarse al otro grande del fútbol español: el Real Madrid de los galácticos. Tras perder 2-1 en el Bernabéu, se colgó el cartel de no hay billetes en Delle Alpi para el partido de vuelta. Todo estaba preparado para vivir una noche histórica.

Con el cuchillo entre los dientes, los locales salieron tan enchufados al encuentro que los blancos, cuando quisieron darse cuenta de que estaban jugando la vuelta de semifinales de Champions, ya iban perdiendo 2-0 al descanso con goles de Trezeguet y Del Piero. Un tanto del Madrid mandaba el partido a la prórroga, y lo tuvo Figo, pero Buffon le adivinó las intenciones en el penalti. Cuando Raúl, Zidane, Ronaldo y compañía empezaban a despertar, volvió a emerger Nedved. Lo buscaron con un pase largo a la espalda de los centrales y este superó a Casillas con una espléndida volea que suponía el 3-0 y confirmaba el pase a la gran final. Todo parecía perfecto aquella noche hasta que llegó el fatídico minuto 86.

Para Nedved, esa Champions se había convertido en toda una obsesión. Llegaba apercibido al encuentro y era consciente de que cualquier choque a destiempo podía dejarlo sin la final. Con todo ya decidido, realizó una falta absurda sobre McManaman en una jugada completamente aislada en el centro del campo. En ese momento, intuyendo lo que iba a ocurrir, levantó el brazo como queriendo pedir clemencia. El colegiado suizo Urs Meier se echó la mano al bolsillo y sacó la tarjeta amarilla. Al igual que DiCaprio se hundió en el Atlántico cuando rozó con los dedos la salvación, Nedved se arrodilló en el césped de Delle Alpi y se tapó la cara con la esperanza de que la tierra se lo tragara. Acabó el duelo desconsolado, comenzó a llorar y todo el estadio coreó su nombre, mientras él agradecía el gesto con lágrimas en los ojos.

Siempre nos quedará la duda de cómo sería la historia de amor entre Rose y Jack si aquel trozo de madera hubiera sido un poco más grande. Tampoco sabremos nunca si el desenlace de esa final de 2003 entre Juve y Milan, hubiera sido distinto con Nedved sobre el campo. Malditos finales.

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Emilio Valenzuela

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