Miradas

No hizo falta el caballo

La industria del deporte es una de las más robustas y sostenibles. En el campo del entretenimiento compite contra un rival incómodo: las plataformas de series y películas a la carta. Estas generadoras de contenido audiovisual disponen de un escuadrón de guionistas especializados en elaborar historias que conmuevan al público, sirviéndose de recursos como la anagnórisis. La palabra es de origen griego; se refiere al momento de una trama narrativa en el que un personaje toma conocimiento de su propia identidad, o la revela a otro. Fue acuñada por primera vez por el mismísimo Aristóteles y el mejor ejemplo de anagnórisis es el de Odiseo, que en su retorno a Ítaca tras 20 años de andanzas y audacias, debe hacerse reconocer frente a sus seres queridos pese a los estragos del tiempo en su cuerpo.

Desde Homero hasta J.K.Rowling y George R.R. Martin, pasando por Cervantes y Shakespeare, las historias alcanzan momentos de culminación dramática cuando un personaje, se llame Harry Potter, Jon Nieve, Alonso Quijano, Hamlet o Odiseo, debe no solo aceptar su destino, sino reivindicarlo frente a otros que se oponen, y aferrarse a esa suerte para superar múltiples adversidades. En el caso del último de los personajes citados, fecundo en ardides, desniveló la balanza en la Guerra de Troya con la ingeniosa estrategia de obsequiar a los troyanos con un caballo monumental, en cuyo interior transportaba escondidos una selección de guerreros, entre los cuales se encontraba él mismo. Una vez que el enemigo introdujera el obsequio en el interior de sus murallas y celebrara por todo lo alto el fin de la guerra, en plena noche, los inadvertidos guerreros saldrían del vientre del caballo para abrir las puertas a los de fuera y destruir despiadadamente la ciudad.

Salvando las distancias, las historias actuales usan los mismos recursos que las antiguas: anagnórisis, reveladores flashbacks y proféticos flashforwards, aparte de otros elementos como McGuffin’s y leitmotivs que complementan la clásica estructura de principio, nudo y desenlace. Guionistas, novelistas, dramaturgos y directores de cine estudian a sus referentes para confeccionar historias emocionantes y originales que capten la atención de una audiencia por la que compiten con la industria del deporte. En común tienen con su rival que la principal materia prima de sus productos es la energía de los protagonistas, que se dedican en cuerpo y alma al espectáculo. Sin embargo, hay una diferencia notable entre los productos de tipo deportivo y otros contenidos audiovisuales: mientras que los primeros suelen consumirse mayoritariamente en directo, las series, películas y documentales precisan de un proceso de elaboración y montaje que tiene como resultado una pieza única, pulida y lista para ser consumida en diferido.

Más allá del batallón de actores y actrices que encarnan a personajes secundarios y extras, las superestrellas que interpretan papeles principales cobran un caché por dar vida —esto es también: prestar el rostro y parte de su identidad— a los personajes que interpretan. Hasta ahí la única diferencia con el deporte es que en algunas de sus disciplinas más populares, como el fútbol, el público se ha convertido en parte del espectáculo y, en tanto que factor determinante para el resultado de un partido, un actor más, de importancia comparable a la de cualquier futbolista. El jugador número 12 es un actor que, sin embargo, paga por animar y reaccionar en directo a los acontecimientos (que es donde radica lo interesante de su participación), algo difícil de concebir en la industria de las series y películas, donde los extras suelen ser retribuidos por su espera, desconcierto y quizás alguna breve aparición.

 

Las 5.000 entradas que puso el club ‘culé’ a disposición del rival no saciaron su demanda. Lograron adquirir aproximadamente 25.000 más, pese a que el Barça interrumpiera la venta en taquilla y bloqueara cualquier intento de compra de entradas online

 

Esta particularidad de la industria del deporte no es baladí: sin duda el hecho de que uno de los actores principales no solo no cobre un caché, sino que pague por estar, ha debido contribuir a la robustez del sector. Además, en el deporte hay reglas pero no hay guion. Esto es como todo, ni absolutamente bueno ni absolutamente malo. Implica que algunos partidos sean tan plácidos o insípidos como una película de La 2 y otros tan inverosímiles como ninguna mente humana habría sido nunca capaz de imaginar.

“La realidad siempre supera la ficción”, debió pensar Joan Laporta cuando vio más blanca que nunca la grada del Camp Nou en la vuelta de la eliminatoria de cuartos de la Europa League. Coincidiendo el principio de la primavera con el período vacacional de Semana Santa, la hinchada del Eintracht de Frankfurt se desplazó en masa a Barcelona. Las 5.000 entradas que puso el club ‘culé’ a disposición del rival no saciaron su demanda. Lograron adquirir aproximadamente 25.000 más, pese a que el Barça interrumpiera la venta en taquilla y bloqueara cualquier intento de compra de entradas online por parte de tarjetas de crédito alemanas o direcciones IP del mismo país. Todavía se están dilucidando responsabilidades, aunque todo apunta a que las medidas preventivas no fueron suficientes para frenar el empeño de los hinchas del Eintracht, que debieron contar con la colaboración de oportunistas intermediarios.

El presidente blaugrana ha anunciado que en adelante será necesaria la identificación del socio para entrar al estadio en partidos de competición europea, con vistas a evitar que se repita nunca semejante bochorno. Una forma de atajar la lucrativa práctica de alquilarlos al mejor postor, como si de un piso turístico se tratara. En una temporada en la cual los naming rights del Camp Nou han sido vendidos por primera vez en la historia y otra de las novedades es que los goles a domicilio ya no tienen valor especial, la impresión en los prolegómenos del partido era que los alemanes habían conquistado literalmente el feudo barcelonista, disputando los dos partidos de la eliminatoria como en casa. Para más inri, lo sucedido sobre el césped confirmó la sensación de que el encuentro estaba decantado antes mismo del pitido inicial. 

 


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Fotografía de Imago.

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João Borges

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