Minutos antes de que empezara la final de la Copa de Europa 63-64 (Viena, 27 de mayo de 1964), la primera de las dos que ganó el ‘Grande Inter’ de Helenio Herrera, Luisito Suárez observó en el túnel algo que le llamó la atención: “La mayoría de mis compañeros estaban pasmados mirando a Di Stéfano y Puskás. Mazzola no le quitaba el ojo a Alfredo, y Picchi se embobaba contemplando a Puskás. ‘¡Vamos, vamos!’, les grité, ‘¡ya pediréis los autógrafos después!’. Pero el terreno de juego seguíamos igual, así que me acerqué a Mazzola y le dije ‘venga, vamos a jugar y a ganar'”.

Y ganaron. 3-1. Di Stéfano estaba ya en el final de su carrera –de hecho, aquel fue su último partido de blanco, su despedida del Real Madrid, precipitada después de acercarse al banquillo y recriminar al entrenador, Miguel Muñoz, que no cambiase la táctica- y el Inter fue superior. “Mazzola hizo un gran partido -recuerda Luisito-, marcó el primer gol e hizo el último, con un cañonazo tremendo. Y Picchi también estuvo muy bien, siempre atento, controlándolo todo atrás. Ya en las celebraciones, nunca se me olvidará la cara del presidente [Angelo Moratti], era la expresión máxima de felicidad. Le brillaban los ojos”.

Sandro Mazzola -hijo de Valentino Mazzola, cabeza, pulmones y pies del fabuloso Torino de los años 30 y 40, fallecido en la tragedia aérea de Supergaadmiraba mucho a Suárez. “Era un gran profesional, responsable e íntegro”, afirma el jugador, que continúa con una anécdota: “Luisito y yo compartíamos habitación en el hotel. Una vez, antes de un partido, me desperté a las 8 de la mañana y no lo vi. Al asomarme a la ventana, allí estaba, en el jardín del hotel, entrenándose por su cuenta. Algunas carreras, luego flexiones… Fue todo un campeón”.

El Inter de los 60 compartió con el Milan la hegemonía del fútbol italiano y europeo. El Inter ganó tres ligas (1963, 1965 y 1966) y dos Copas de Europa (1964 y 1965). El Milan fue campeón de su país en 1962 y 1968, y de Europa, en 1963 y 1969. En aquellos tiempos, cuando uno llegaba a Milán podía elegir ir en tranvía a las galerías del centro y perderse delante de sus escaparates, ver una ópera en el teatro Scala o acudir al estadio de San Siro para presenciar un Milan-Inter, que solía ser un enfrentamiento equilibrado, brillante. Una rivalidad casi siempre limpia. No tan sucia y feroz como la que tanto rojinegros como negriazules sostienen con la odiada Juventus, el enemigo común.

En un Inter-Milan, la calidad estaba garantizada por los ’10’ de cada equipo, Luisito Suárez y Gianni Rivera. Inteligencia, elegancia, clase pura. Luisito exhibía su visión de juego, sus desplazamientos largos, precisos, las condiciones propias de un líder. Herrera solía decirles a sus jugadores: “Y recuerden, si no saben qué hacer con el balón, se lo dan a Suárez”. Dicho está. Rivera era un jugador maravilloso, con una técnica asombrosa. Todo el Milan pasaba por él. Y, al igual que Luisito, correcto, educado, dentro y fuera del campo. Los dos, además, marcaban bastantes goles. De hecho, en el caso de Luisito, hubo temporadas en las que entre él y Mazzola -que era un ‘8’ clásico, lo que en Italia llaman un mezzala, medio ala, lo que aquí se traducía como interior en punta- marcaban más goles que los delanteros, puestos que habitualmente ocupaban Jair y Aurelio Milani, luego reemplazado por el español Joaquín Peiró, fichado del Torino.

Luisito imprimía al Inter su sello característico, el contropiede, el contraataque, un contraataque terrible, respaldado por una defensa sólida. Rivera le daba al Milan otro aire, un estilo más ofensivo. Estas dos maneras de aplicar el fútbol contrastaban con la personalidad de los entrenadores respectivos. Herrera hablaba mucho, era extrovertido, siempre tenía una frase para un titular en los periódicos. Nereo Rocco, en cambio, era tímido, reservado, quería esconderse debajo de la mesa para no tener que enfrentarse a los periodistas en una rueda de prensa.

Además de con Mazzola, Picchi y Giacinto Facchetti, el gigantesco lateral izquierdo dueño de su banda, Luisito mantuvo al final de su carrera una buena amistad con Giovanni Lodetti, el ‘8’ del Milan de aquella década. “Cuando yo acabé en el Inter, él también fue baja en el Milan y coincidimos los dos en la Sampdoria. Siempre me llamaba ‘Arquitecto’, el mote que me puso Di Stéfano en España”.

 


Este reportaje está extraído del interior del #Panenka87, un monográfico sobre el fútbol de los 60 que todavía puedes conseguir aquí.