Me reconozco un fan absoluto de las frases célebres del fútbol. Desde la absurdidad de ‘el fútbol es fútbol’, por no decir nada y contarlo todo a la vez, hasta las más cercanas a la vida misma, aquellas que podríamos extrapolar a cualquier situación cotidiana. Esas que dejan claro, por enésima ocasión, que lo que ocurre dentro de un terreno de juego no dista de todo aquello que transcurre lejos del mismo, sino todo lo contrario. Y, quizá, uno de los mejores ejemplos de estas últimas se diera en las entrañas del vestuario del Real Madrid hace algo más de una década. Gonzalo Higuaín acababa de aterrizar en la Castellana siendo un joven delantero con toda una carrera por delante. En ese equipo, ese año, los goles llevaban la firma de Ruud van Nistelrooy. Así que qué mejor que pedirle un consejo al holandés para comenzar a ver puerta con asiduidad. “Los goles son como el ketchup”, se marcó el tío. Tan simple como eso. “A veces, no salen por mucho que lo intentes. Luego vienen todos de golpe”, recalcó.

Cambiemos ‘goles’ por lo que sea. Por ‘buenas sensaciones’. Por ‘confianza’. Por ‘suerte’. Por lo que os apetezca. Siempre encaja, siempre cobra un sentido. Pero el problema viene cuando todo se atasca, cuando el ketchup hace huelga, se declara en rebeldía y te amarga la existencia. Ahí, en esas, lo único que queda, a lo que solo te puedes aferrar, es a resistir a todas las hostias que te vengan cuando el bote se quede seco. No desesperar cuando el gol y el fútbol que demostraste te dan la espalda durante un largo año en el norte de Londres. No hundirte al volver a casa y ver que donde antes abundaban comilonas acompañadas de ketchup, hoy no hay nada más que un vacío estomacal que te envía a los infiernos de Segunda. No desistir cuando, de vuelta a la capital británica, en este caso al este, el fútbol sigue amartillándote, negándole a tus pies que continúen reventando redes como lo hicieron aquel año, no hace tanto, en un Riazor que se encomendó a tu figura para sobrevivir algo más -no mucho, desgraciadamente- en la máxima categoría del fútbol español. Tocaba resistir, esperar, hasta que al ketchup le apeteciera salir de aquel bote de una maldita vez.

Llegó el pasado verano y Mendizorrotza acogió a un Lucas Pérez con ganas de reencontrarse con su mejor versión. Pero la cosa costó. Costó porque el Alavés arrancó el curso enfadado con el gol. Daba igual si jugaba con Joselu o Lucas, si los dos compartían el frente de ataque, si se cambiaba el sistema a una defensa de cinco o que Asier Garitano le diera mil vueltas a su esquema para encontrar el camino a la portería. Pasaron seis jornadas y solo dos tantos se reflejaban a favor de los albiazules en la tabla -ambos de Joselu-. El Alavés se hundía, caía sin frenos y a lo loco, hasta la visita del Mallorca a tierras vitorianas. Ese día, con Guidetti acompañando a Joselu como responsables del gol y con Lucas esperando su turno en el banquillo, las aguas regresaron a su cauce. 2-0, mismos goles en 90 minutos que en los seis encuentros anteriores. Uno para Lucas, de penalti, y el otro para Joselu. Los dos pilares ofensivos del Alavés escupían, por fin, todo el ketchup atascado en sus botas en los primeros compases de la temporada.

Y de repente, cómo es el fútbol, de un día para otro, enchufas un gol y todo cambia. Mallorca, Valencia, Celta de Vigo, Villarreal, Atlético de Madrid, Osasuna y Valladolid. Siete de siete. Toma ya. Adiós a la desconfianza, adiós a las malas sensaciones, adiós al infortunio; unos carpetazos a traumas del pasado con aroma a récord, pues Lucas Pérez pasó, en un abrir y cerrar de ojos, de ser incapaz de recobrar buenas sensaciones a ser el único futbolista de toda la historia del Alavés que consigue ver portería en siete partidos consecutivos. Superando, de esta manera, los registros de Wilson Alfredo Jones Rodríguez, también gallego, que en la temporada 54-55, cedido a un recién ascendido ‘Glorioso’ por parte del Real Madrid, consiguió gritar cinco tantos entre la jornada 21 y la 25, dejando el balón reposar en la red ante Hércules, Sevilla, Real Madrid, Espanyol y Celta de Vigo. Como en su día le pasó a Wilson, hoy los goles de Lucas Pérez vienen con sabor a ketchup, vienen todos de golpe. Y sino, que se lo digan al bueno de Ruud, que de esto sabía un rato.