Esta semana, una parte bastante mayoritaria del público y la crítica ha celebrado los partidos, las remontadas y las sorpresas (es decir, el fútbol) que nos está regalando este formato de la Copa del Rey. Sin embargo, donde muchos alaban la incertidumbre del resultado otros solo olfatean peligro para el establishment; donde muchos aplauden gestas de equipos modestos otros piden volver a un modelo que denigra a los pequeños al papel de comparsas. En definitiva, donde muchos ven un torneo de Copa vivo, refrescante y equiparable al modelo europeo, otros ven un petardo.

De todo lo que en estos días han escuchado mis oídos de ‘panenkita’ (neologismo que lejos de ofender hace una gran promoción de esta cabecera por prescripción inversa de quien lo pronuncia), lo que más me ha alarmado es eso de ‘proteger la rentabilidad del torneo’. En los 20 años que llevamos de siglo XXI, tres equipos de inferior categoría han disputado la final de copa en Alemania (Union Berlín, Alemannia Aquisgrán y Duisburgo). En la Copa francesa dos representantes del fútbol modesto lograron escuchar La Marsellesa en el Stade de France (Calais y Les Herbiers). Y otros dos underdogs (Milwall y Cardiff City) se plantaron en el partido decisivo de la FA Cup inglesa. En ninguno de esos países detecto la existencia de una preocupación por “proteger la rentabilidad”, sino el orgullo por promocionar y potenciar la competitividad de todos los participantes de un torneo que ha de ser emocionante e integrador a un tiempo.

La Copa del Rey recibe ese nombre porque el trofeo que se entrega al vencedor estuvo originalmente patrocinado por Alfonso XII. Han pasado más de cien años, varios sistemas políticos y hasta una Guerra Civil y el nombre fue mutando hasta su recuperación durante la Transición, por mucho que hoy el bisnieto del auspiciante primigenio ya no corra con los gastos del joyero. Pero junto a esa denominación recurrente se mantiene también un apellido mucho menos usado: el de Campeonato de España. Por eso lo organiza la Federación, que en justo uso de sus atribuciones ha decidido abrir el foco de este torneo a todo el fútbol español. El partido único en campo del equipo de inferior categoría aligera el calendario, prestigia el nivel futbolístico de ese cajón de sastre que es la 2ªB, iguala las fuerzas de clubes muchas veces incomparablemente dispares y regala, en plena era de la imagen, escenas de gran potencia. El Campeonato de España es el único torneo en el puedes jugar en un campo de aroma británico, como le sucedió al Betis en Portugalete, y en la siguiente ronda disputar 90 minutos a la sombra de las palmeras africanas, como le pasó a la Real Sociedad en Ceuta. España es un país extraordinariamente diverso, y su fútbol lo refleja. Y esa diversidad es un bien a preservar y potenciar.

Lo contrario supone querer proteger a los más fuertes. A los clubes poderosos, para que tengan una red de seguridad en forma de partido de vuelta y sigan acumulando metal en las vitrinas. A las televisiones, porque han hecho una gran inversión y nunca hay que morder la mano que nos da de comer. Regresar a un sistema, el de la competición por eliminatorias de ida y vuelta, en el que la mitad de los partidos no tenían carácter de definitivos no solo nos devolvería a un torneo más largo y tedioso; supondría sobre todo dar varios pasos hacia atrás en términos de cultura futbolística. ¿Por qué en España existen resistencias a este modelo de copa y en cambio no en Francia o Alemania? En el fondo es, básicamente, una cuestión de cultura. Cultura, en la doble acepción que la RAE otorga al término: por una tradición diferente (hemos vivido acostumbrados a la doble eliminatoria más de un siglo) pero también por la existencia de un juicio crítico educado en otros valores.

Hoy en día 55 países integran la UEFA. Entre ellas se dan cita naciones tan diferentes como Alemania, con casi 7 millones de futbolistas federados, y Gibraltar, con apenas unos centenares. Los 55 países desarrollan copas nacionales: 31 se disputan íntegramente a partido único y otros 11 solo incluyen la doble eliminatoria en semifinales. Entre las 55 federaciones solo hay una en todo el continente cuyo torneo del KO se dispute a ida y vuelta. Así que quienes en España pidan volver a ese sistema han de saber que al hacerlo equiparan la Copa del Rey con la Kupa e Shqipërisë: o sea, a la copa de Albania.

La Copa fue de ida y vuelta. Y cuando dejó de serlo, un par de resbalones sonados en Toledo y Novelda, y una dignísima final entre RCD Mallorca y Recreativo de Huelva, bastaron para hacer sonar las señales de la involución. Esperemos que este nuevo formato de Copa ya no vuelva a tener vuelta y aprovechemos su ida definitiva para cambiar nuestra mirada siempre dependiente de los ‘grandes’ y disfrutar del camino sorprendente de este modelo que nos equipara con Europa y que hace honor a su auténtico nombre: Campeonato de España.

 


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