Dicen que los ojos son el espejo del alma, y los de Gabriel Paulista, vidriosos, alicaídos, tristes, tras perder por 3-0 en Getafe, en la décima derrota liguera del curso, fueron la revelación del sentir de todo un club habituado a llorar mucho menos de lo que lleva haciéndolo en los últimos meses. “Las lágrimas de Paulista son sobre todo el reflejo del desamparo y abandono absolutos en los que está sumido el equipo. Una indefensión que es extensible a la hinchada. No hace ni dos años que este equipo se proclamó campeón de Copa y ha pasado de aspirar a recortar el camino perdido con el Atlético y Sevilla a asistir a una descapitalización galopante de todo el club. Asumir esa involución es frustrante”, expone Vicent Chilet, periodista valenciano y colaborador de Panenka. Porque el Valencia ha pasado de celebrar los 100 años de historia de la entidad con una victoria sobre el Barcelona en la final de Copa a caer vapuleado en Sevilla, en los octavos de final. De clasificarse dos veces consecutivas para la Champions League a ver muy, muy lejos los puestos que permiten jugar en Europa. De codearse con los grandes, con los suyos, con quienes deben hacerlo por su historia, a verlos a años luz, inalcanzables, restando antes los puntos que los separan de los infiernos que sumando los que los acercan a la gloria.

Las lágrimas de Gabriel Paulista chocan frontalmente con la dirección del club. Gente que viene de fuera, que no ha mamado el valencianismo desde la cuna, aunque con dos maneras diferentes, opuestas, de empaparse de él. El central hispano-brasileño, con quien la afición se identifica por su manera de sentir los colores, es uno de los tantísimos extranjeros que “sigue la tradición de jugadores de fuera de Valencia que supieron arraigarse a la ciudad”. Como los Amedeo Carboni o Roberto Ayala de principios de siglo, pese a vivir tiempos distintos, que aun llegando ya experimentados a Mestalla, convirtieron esta en su segunda casa. Una casa que hoy se derrumba, en la que gente extranjera, ajena a todo lo que significa el Valencia, su historia, su escudo, se ha encargado de derrumbar todos sus cimientos hasta convertirla en un hogar tambaleante, inestable, donde todos los ‘obreros’ quieren ver muy lejos a un ‘jefe de obra’ que los ha llevado a una situación extrema de desilusión, agotamiento y hartazgo.

 

“Peter Lim no ha desbloqueado nada y se ha centrado en la compraventa febril de jugadores, generando 965 millones entre entradas y salidas. Todo ese castigo ha ido formando un músculo social de defensa en torno al club que no existía”

 

“La masa social está a la expectativa por el traumático paso de Peter Lim y la voluntad de los movimientos de oposición agrupados en la plataforma ‘De Torino a Mestalla’ es la de buscar una reversión accionarial. Posibilidad de momento utópica porque el control accionarial de Lim lo impide y la solución más sencilla es que acabe traspasando el club o delegando la gestión a alguien de su confianza”, explica Chilet acerca de la salud actual del valencianismo, en unos días en los que suena con fuerza un posible traspaso de poderes a Tunku Ismail, príncipe del sultanato de Johor malasio. Un movimiento que tampoco atrae a la masa social ‘ché’, porque “si el príncipe puede infundir temor es, además de por sus conexiones con Lim, por su perfil presidencialista”. “Su puesta en escena en Instagram hace pensar en un gestor al que le gusta lucir en la primera fila y hacer ostentación de una posición social y económica privilegiada. Una actitud que en el fútbol suele derivar en personajes ávidos de reconocimiento social y de fotografiarse con fichajes mediáticos. Venimos de Lim, que nos lo vistieron discreto, huyendo de los palcos, sin tener descargado Whatsapp, pero que acabó aceptando el despido de un emblema como Camarasa por ser amigo del entrenador disidente. Son dos perfiles distintos de la misma mentalidad colonial”, añade el periodista valenciano, antes de apuntar que la solución para el Valencia se atisba “complicada porque invertir en el Valencia supone adentrarse en una maraña muy espesa de contingencias financieras e inmobiliarias, con el símbolo de las obras del estadio paradas ya 12 años, que ahuyentan a compradores y han acabado por bunkerizar a Lim”.

En octubre de 2014, llegaba a Mestalla el empresario singapurense en medio de un baño de masas. Centenares de aficionados valencianistas se citaron en la avenida de Suecia para recibir al nuevo propietario del club soñando con repetir los éxitos de finales de los 90 y principios de los 2000. Valencia era alegría desbordada, ilusión, esperanza. Solo siete años después, no queda nada de aquello. Todo lo contrario. La hinchada blanquinegra, con el ‘Lim go home’ por bandera, harta de la gestión de Lim, Anil Murthy y compañía, solo desea y lucha porque esta historia acabe cuanto antes mejor. [Peter Lim] no ha desbloqueado nada y se ha centrado en la compraventa febril de jugadores, generando 965 millones entre entradas y salidas en siete años. Todo ese castigo ha ido formando un músculo social de defensa en torno al club que no existía en los años de bonanza. La organizada labor en busca del 5% de acciones para fiscalizar a Lim o el arte protesta de Itmustbelove86 han convertido a la masa social valencianista en el ejemplo más inspirador de Europa en la crítica y presión a grupos inversores en el fútbol”, apunta Vicent Chilet, sobre el estado anímico de una afición a la que ya ni le sirve que Lim dé un paso al costado para que un amigo suyo coja el relevo, pues su única esperanza es ver lo más lejos posible todo lo relacionado con el propietario de Meriton Holdings. “Si aterriza Tunku Ismail no será recibido con los vítores hacia Lim en 2014. La afición ha entendido que entre la propiedad de una sociedad anónima deportiva y el alma de un club de fútbol hay más distancia que entre Mestalla y el sultanato de Johor”.

Y mientras toda una afición sigue luchando, reivindicando y manifestando la intención de que aquellos extranjeros que se han cargado su club abandonen sus cargos, hay otro extranjero, este sobre el césped, que se ha ganado el respeto y la admiración de todo el valencianismo con su carácter, su pasión y su compromiso con el Valencia. Porque las lágrimas que derramó el otro día Gabriel Paulista en el Coliseum Alfonso Pérez son las de todo un club, las de una hinchada que, como dijo el central hispano-brasileño, buscará llevar “al Valencia donde se merece”, lejos, eternamente lejos, de donde está hoy.

 


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Fotografía de Imago.