“En Bilbao solo quedan las estatuas… vestidas del Athletic”, afirmaba un pie de foto de la edición de Mundo Deportivo del sábado 5 de mayo de 1984, la del día de “El partido del año”, según remarcaba la portada: la final de Copa del Rey entre el Barça y un Athletic Club que siete días antes había alzado su segundo título de liga consecutivo, y el cuarto seguido para el fútbol vasco tras los conseguidos por la Real Sociedad en la 80-81 y la 81-82.

El Athletic se había coronado campeón de liga al derrotar a la propia Real en San Mamés (2-1), con un doblete del central Íñigo Liceranzu, ‘Rocky’, pero, mientras la ciudad de Bilbao bullía y se entregaba a la euforia, Javier Clemente optó por aplazar una semana las grandes celebraciones, hasta después de la final de Copa. El equipo, aclamado por la hinchada al salir de San Mamés, durmió en Lezama, y el día siguiente, según se puede leer en las crónicas de esos días, tras festejar el título de liga en petit comité, apareció tímidamente en una multitudinaria cena de aficionados programada por el diario Deia. “Bilbao celebra el triunfo presentido. Pase lo que pase, 8.000 aficionados beberán 4.000 botellas de vino y 2.000 de champán”, avanzaba un titular del día anterior.

El Athletic llegó a aquella final de Copa después de dejar por el camino al Cartagena, a la Real Sociedad, al Sporting de Gijón y al Real Madrid, ya en semifinales, y “con cierta tranquilidad. Ya habíamos quedado campeones de liga, y la final de Copa se presentaba como un premio, como la oportunidad de poner la guinda a una gran temporada. El Barça [que había acabado tercero en la liga, a un punto de los 48 del Athletic y el Madrid] tenía una presión superior a la nuestra porque no había ganado nada y necesitaba hacerlo teniendo a gente como Maradona o Schuster, que en aquella época había dicho algo así como que ir a jugar a Bilbao era como ir a la Guerra de Corea”, afirma Endika Guarrotxena (Getxo, Bizkaia; 1961); deseando que el teléfono deje de arderle cada vez que se alcanza una final.

Ciertamente, los Barça-Athletic y los Athletic-Barça solían jugarse a altos niveles de tensión en aquella época. El 24 de septiembre del año anterior, de 1983, Andoni Goikoetxa le rompió el tobillo a Diego Armando Maradona en una entrada, una de las más escalofriantes de la historia reciente del balompié español, que le costó una sanción de 18 partidos, y en los días previos a la final Clemente y César Luis Menotti dejaron claras por enésima vez sus diferencias. “Sabremos responder a la violencia”, apuntó el argentino. “Como si fuéramos siempre nosotros los iniciadores”, contestó el de Barakaldo, que, a la vez, enfatizó que “no hay ninguna guerra, pero si me tiran bombas las devuelvo. Eso es generosidad. De prejuicios no tengo ninguno. Beberemos champán catalán ganemos o perdamos. Porque mis jugadores, los mejores, habrán corrido igual en ambos casos. Si hiciéramos boicot a los productos catalanes iríamos con alpargatas, y de la misma forma ellos no podrían construir sus casas por carecer de hierro. A Maradona le llamé imbécil porque me pareció una imbecilidad que seis meses después de la lesión insultase a Goikoetxea, y en cuanto a Menotti, que bien puede ser el mejor del mundo, me limité a contestarle cuando dijo que yo era un nazi”.

Por aquel entonces, Clemente, junto a Goikoetxea, se había erigido en una de las bestias negras del Camp Nou hacía ya tiempo; quizás desde que en el año 1981 aseguró que “ellos no tienen nuestra raza. Están hechos de una pasta diferente”. “Me sorprende el tipo de racismo que se desprende de las declaraciones de Clemente, que recuerda a los nazis. A su ideología de superioridad de la raza”, respondió Menotti en enero del año 1984; y en ese contexto resulta fácil de entender porque aquella final terminó con la lamentable y vergonzosa batalla campal con la que acabó: La Batalla del Bernabéu, como muchos todavía recuerdan aquel triste episodio que puso fin a la etapa de Maradona en el Camp Nou.

También se despediría Menotti, que justo después del encuentro lamentó que jamás había visto algo parecido: “Esto ha sido todo menos una final de Copa. Por este camino van a hundir el fútbol. De esta manera se va a morir el fútbol y la gente va a dejar de ir a los estadios”, dijo. “Hay señores venidos de fuera que no tienen la misma educación y creo que hay que acabar con ellos, porque sería mejor que estas personas no viniesen a nuestro fútbol”, reivindicó  Clemente, que jugó con Zubizarreta; Urquiaga, Liceranzu, Goikoetxea, Núñez, De Andrés, Patxi Salinas, Urtubi, Argote (Gallego, 87′), Endika (Sarabia, 61′) y Dani.

“Había mucha tensión. Fue un encuentro muy duro. El fútbol era mucho más físico entonces, y se era muchísimo más permisivo con las entradas. Maradona tenía muchísima presión por lo que había costado, y al final no supo canalizarla y pasó lo que pasó”, evoca un Guarrotxena que se encargó de cubrir a Schuster para intentar que no pudiera iniciar el juego del Barcelona desde atrás y que en el 14′, en un Bernabéu convertido en un mar de banderas rojiblancas, le dio al Athletic su 23ª Copa, y la última hasta la fecha; ya que en la 84-85 perdería en la final contra el Atlético de Madrid, igual que lo haría a manos del Barça en 2009, 2012 y 2015. “El gol lo he visto mil veces. Estanis Argote sacó un córner, Schuster lo rechazó desde el primer palo y la pelota volvió a los pies de Argote. Puso un centro con la derecha y yo bajé el balón con el pecho entre Rojo y Migueli y con la izquierda se la metí a Urruti por abajo. En ese instante, y mientras eres jugador, no te das cuenta, pero con los años ves que aún tiene una resonancia muy grande, que has entrado en la historia del Athletic con ese gol, y es una sensación y un orgullo indescriptible. Nos costó mucho, porque eran un equipo muy fuerte, con Maradona, que ya era el mejor del mundo, Schuster, Carrasco, Marcos Alonso, Víctor Muñoz y compañía, pero, con mucho trabajo, lo conseguimos”, acentúa el delantero de Getxo, que el curso anterior, el 82-83, no pudo alzar la liga con porque estaba en Ceuta haciendo la mili. “En artillería”, matiza Endika, que aquella temporada jugó con el Ceuta en Segunda B y que tras despedirse de San Mamés en 1987 también pasaría por Valladolid, Mallorca, Alicante (Hércules) y Benidorm.

A Guarrotxena, cuya historia, la de El obrero abertzale que metió El Gol, se recoge en Futbolistas de izquierdas, el servicio militar le robó once meses y un campeonato de liga. Y un paseo en gabarra. Pero pudo disfrutar del segundo, el del lunes 7 de mayo de 1984. Incluso las ikastolas cerraron aquel día, y, según las crónicas de la época, más de un millón de aficionados rindieron honores a sus héroes, campeones de un doblete que automáticamente se convertiría en triplete con una Supercopa que no hizo falta ni jugar, desde los márgenes de la ría; en un paseo que duró dos horas y media. Guarrotxena, feliz, todavía lo recuerda “con emoción”: “Era una época de crisis también. Los altos hornos y las navieras estaban cerrando, y ver tantos trabajadores subidos a las grúas y tantísima gente con sus banderas del Athletic y sus ikurriñas al paso de la gabarra es algo inolvidable, irrepetible. Haber dado una alegría y un motivo para celebrar y para sonreír a tanta gente, sobre todo en aquel momento de reconversión industrial que fue tan duro y tan triste para mucha gente en Bilbao y en Bizkaia, es una satisfacción que te queda para siempre”.

 


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