No le hables de luces que parpadean y se funden. Tampoco le hables de estrellas fugaces que no cumplen sus deseos, ni de expectativas que se pierden en el olvido. No le hables de nada de eso porque él lo ha transgredido. Hubo un día en el que Martin era tan solo un chaval de 16 años que ya ostentaba el récord de ser el debutante más joven de la selección de Noruega, de la liga del mismo país y de todo un Real Madrid. Casi nada. Aterrizaba a España un jugador dispuesto a comerse el mundo, un nórdico de pelo rubio y ojos azules que apuntaba a ser una de las estrellas más brillantes del firmamento. Quizá fue demasiada presión para un chaval y, tan rápido como había saltado a la palestra, fuimos olvidándonos de él. Parecía que lentamente su luz se iba apagando y que jamás llegaría a convertirse en aquel futbolista que tanto prometía… Pero estábamos equivocados. Muy equivocados. Martin Odegaard, tras una prolongada odisea por los Países Bajos, ha regresado a la Liga cinco temporadas después y no ha necesitado más de seis partidos para enamorarnos. 

El Real Madrid se hizo con los servicios de Odegaard tras destacar en el Stromsgødset noruego, pero tras dos campañas de sabor agridulce en el Castilla —y un encuentro con el primer equipo— acabó saliendo cedido dirección a los Países Bajos. Le perdimos la pista mientras él iba creciendo sin pausa pero sin prisa en el Heerenveen y, posteriormente, en el Vitesse. Parecía difícil gestionar las expectativas que se habían creado alrededor suyo, pero fue capaz de hacerlo y madurar hasta convertirse en un jugador dispuesto a plantarle cara a cualquiera. Su extraordinaria campaña pasada en el Vitesse volvió a situarle en el foco de atención, ya que se erigió como el jugador insignia de un equipo en el que encontró su sitio sobre el terreno de juego. Martin, que siempre había actuado como extremo, fue empezando a tener un rol más protagonista ubicándose en posiciones más céntricas del campo, donde se ha asentado a día de hoy en el vibrante proyecto de la Real Sociedad.

 

“Creo que soy un mejor jugador y soy más maduro, más mayor y un poco más fuerte. Me siento mejor ahora que cuando vine por primera vez a España”

 

Su fenomenal último curso en tierras neerlandesas se tradujo en su regreso a España. Varios clubes andaban detrás de él, pero acabó aterrizando en Anoeta para disputar, como cedido por el Real Madrid una vez más, la presente campaña 2019-20. El viaje de vuelta a la península ha tocado fin, la travesía ha concluido en San Sebastián, donde ya es una de las piezas clave del equipo de Imanol Alguacil. “Creo que soy un mejor jugador y soy más maduro, más mayor y un poco más fuerte. Me siento mejor ahora que cuando vine por primera vez a España”, declaraba este septiembre Odegaard, quien se ha rodeado de futbolistas maravillosos como Oyarzabal, Portu, Monreal o Mikel Merino, entre otros, para hacer soñar a la Real con Europa de nuevo.

Tras seis encuentros ligueros, los ‘Txuri Urdin’ pueden fardar de ser los segundos clasificados del campeonato, una posición que certificaron con la victoria por 3-0 frente al Deportivo Alavés, el pasado jueves, en la que el noruego dio otro recital. Probablemente, dos tantos y una asistencia sean poco para uno de los jugadores más en forma de la competición. Su nivel altísimo se demuestra en cada detalle. Se sacrifica defensivamente y maneja el centro del campo a su antojo, cuando recibe siempre hay sensación de peligro. Es capaz de sacarse un pase de la chistera desde cualquier posición, sorprendiendo a los que le observan mientras extrae petróleo de donde no lo había. Como la noche pasada frente al propio Alavés: recibe, tira un caño para zafarse del rival y da una asistencia teledirigida para que Oyarzabal abra el marcador. Poesía futbolística para hacerte saltar de la silla.

La zurda de Odegaard le arrebató tres puntos al Atlético de Madrid y al Mallorca a base de goles, llegando desde atrás y sorprendiendo al rival, pero los tantos, aunque parezca extraño, son lo de menos. La capacidad de romper las líneas contrarias y la tremenda visión de juego han hecho de él un mediapunta —o un interior, en ocasiones— extraordinario que marca los tiempos de su equipo a la perfección. Pausa el juego cuando es necesario y lo acelera cuando le da la gana, con desparpajo y descaro, sin importarle quien haya delante ni lo grande que sea el defensa que tenga que quitarse de encima. Surte de balones a Oyarzabal para que haga de las suyas, complementándose ambos a la perfección y regalando un gran fútbol a Anoeta.

Además, se ha convertido en un hombre importante para el combinado nacional, donde comparte vestuario con una de las estrellas del Bournemouth, Joshua King, y con otra de las grandes esperanzas escandinavas, Erling Håland, autor de un hat-trick en su reciente debut en Champions con el RB Salzburg. Noruega se frota las manos con este futbolista que ha disputado todos y cada uno de los minutos de liga con la Real Sociedad, convirtiéndose en uno de sus grandes argumentos para lograr grandes gestas. El Madrid también observa expectante, dejando abierta la posibilidad de su regreso el curso que viene.

La temporada es muy larga, pero la Real ha empezado con buen pie gracias a Martin Odegaard y el resto de grandes jugadores que le rodean. Hubo un día que el noruego llegó a España por primera vez y hubo un día en el que partió, dejando un conjunto de sinsabores que hacían que poco a poco nos olvidáramos de él mientras se graduaba en la tierra de los tulipanes. Pero este verano ha acabado su odisea; Odegaard ha vuelto. Ha vuelto para refrescarnos la memoria y para demostrarnos que ya no es solo una expectativa, que su luz no parpadea, sino que brilla con más fuerza que nunca.