En uno de los pasajes de No Direction Home, el documental con el que Martin Scorsese dejaba constancia de la metamorfosis musical de Bob Dylan en los años 60, el poeta Allen Ginsberg habla de un encuentro entre el cantautor de Minnesota y los Beatles. Estar en esa habitación, con Bob en su versión rockera primigenia, de gesto nervioso, botas oscuras y gafas de sol, de camino al desfase o volviendo de él, charlando o callando, sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared, junto a un John Lennon de verbo rápido y mirada traviesa, debía ser algo así como mirar al cielo y ver a los astros alineados, como asomarse a la ventana y toparse con el cometa Halley atravesando tu jardín. Ginsberg, en su calma de gurú oriental, mientras describe todo aquello ante la cámara, explica que fue entonces cuando comprendió que los líderes musicales y espirituales de esa generación eran básicamente unos chiquillos inseguros. “Eran tan naifs, tan jóvenes…”, recuerdo escucharlo murmurar en la cinta de Scorsese. ¿Y qué más da si eran jóvenes?, me preguntaba yo, con arrogancia adolescente. Una década y media después, y ya con la edad a la que se retiran los futbolistas, creo que empiezo a entenderlo.

Háblame de Pedri, de Gavi, de Ansu, de Bryan Gil o de Yeremi, o de cualquiera de los nuevos prodigios que han surgido en el fútbol pandémico, tan necesitado de ilusiones como de recambios y piernas frescas. No falla: cada vez que una cara imberbe despunta y se consolida sin haber cumplido los 20, se airea una sensación general que contagia a la hinchada. Es una mezcla de alegría, sorpresa y temor, cada cual más absurda que la anterior. Alegría, porque, de algún modo, respiramos aliviados al ver que eso a lo que dedicamos todos los sábados y domingos de nuestra vida seguirá un tiempo más en buenas manos, en buenos pies. Sorpresa, porque, por muy habitual, común y rutinario que sea, no nos deja de parecer extraordinario que un adolescente pueda encajar y hasta mandar en el orden adulto. Y temor, porque al primer amago de entrada contundente, de dolor muscular, de presión excesiva, pedimos que alguien accione el freno de seguridad, no se nos vaya a estropear el chaval; como si mantenerlo apartarlo del césped fuera mejor para él que dejarlo jugar.

 

¿Qué los hizo distintos a todos ellos, pues, si ignoramos el paso de los años? Se llama inspiración, es caprichosa, y está en el aire, nunca en el certificado de nacimiento

 

Será la edad. Será que a medida que nos hacemos mayores y aceptamos sonrojados que idolatramos a gente más joven que nosotros, la fecha de nacimiento de nuestros futbolistas pasa a ser algo a tener muy en cuenta. Aplaudimos al que alarga su carrera, por mucho hielo que necesiten sus rodillas, y alertamos al que la empieza demasiado pronto, temiendo que su trayectoria no acabe antes de tiempo. Nos parece relevante la edad de los demás, nos obsesiona, quizá porque demasiadas veces resalta nuestras canas y oscurece nuestras ojeras. Pero mientras insistimos en ella, como si importara, ignoramos el talento y la dedicación, que es lo único que debería preocuparnos como espectadores.

Podríamos recordar que Mozart compuso su primera sinfonía con ocho años o señalar que Rimbaud ya lo tenía todo hecho a los 20, entre otros topicazos de la historia de la precocidad. Pero no hace falta buscar comparaciones cuando cada fin de semana se escriben versos adolescentes en los campos de aquí y de allí, con los que corroboramos, para alegría, sorpresa y temor de treintañeros y cuarentones, que lo que da brillo al mundo no nace de la experiencia, sino de todo lo contrario. Por eso Gavi se revuelve cuando pierde un balón, aunque se deje energías y acumule tarjetas. Por eso Dylan enchufó un día su guitarra, aunque había tipos que le doblaban la edad que estaban dispuestos a cortar los cables con un hacha. La misma lógica, al fin y al cabo, por la que Luka Modric, a los 36, sigue fresco y determinado, como si tuviera aún algo que demostrar. ¿Qué los hizo distintos a todos ellos, pues, si ignoramos el paso de los años? Se llama inspiración, es caprichosa, y está en el aire, nunca en el certificado de nacimiento. Ya lo sabíamos, lo teníamos clarísimo en los tiempos en los que aspirábamos a ser como ellos, mejores que el mundo. Solo que un día, al soplar las velas, lo empezamos a olvidar. Pero, claro, éramos tan jóvenes…

 


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Fotografía de Imago.