“Sometimes there’s a man… Sometimes… there’s a man.”

 

En la escena inicial del fantástico retrato de Los Ángeles de los años 90 que es The Big Lebowski, los hermanos Coen describen a su protagonista, The Dude, en los siguientes términos: “A veces hay un hombre, no diremos héroe, por qué, ¿qué es un héroe? pero un hombre, que es el Hombre, en su época y su lugar”. Si avanzamos un cuarto de siglo y cruzamos el charco, encontramos en el barrio sevillano de Nervión el centrocampista perfecto para los tiempos actuales. 

No es un héroe, no lleva el ‘23’ de Jordan (sin tilde), no se gusta en las redes sociales. Pero -igual que The Dude-, tampoco va en contra de la corriente a sabiendas de que, en ocasiones, el viejo dicho adaptarse o morir es tan cierto que asusta. ¿Que hoy en día en el fútbol -y en la vida- es necesario diversificarse al extremo para acabar haciendo 200 cosas a la vez? De acuerdo. ¿Qué el físico es muy importante y los partidos son de una exigencia siempre límite? Muy bien. ¿Que hace falta además tener un guante en el pie, sacarla con mimo, golpear folha seca? Ningún problema. Juguemos a los bolos con la Wii, seguro que Jeff Lebowski estaría orgulloso.

Joan Jordán Moreno (Palafrugell, 6 de julio de 1994) es un camaleón de época, un cohete sin aparente techo, un centrocampista total. Su llamada a las puertas de la Selección -sorprende que no las haya derribado aún- sólo puede explicarse mediante una mezcla explosiva de talento, confianza y una buena dosis de hielo picado. A “pasos cortitos, pero firmes”, decía en una entrevista en El Desmarque refiriéndose a su compañero Bryan Gil, la perla a quien recomendó irse cedido al Eibar. Poquet a poquet, Joan ha ido avanzando en su carrera hasta fichar por el Sevilla, una decisión que tomó tras pensar que su padre estaría orgulloso de él. Un tipo familiar, reservado, con la cabeza fría como un White Russian y los pies en el suelo. Y que ruede el balón.

Inicios duros

Llegar a Primera División con 20 años es un sueño para muchos chavales y también un reto mayúsculo, que fácilmente puede adquirir matices de pesadilla. Los astros del deporte deben alinearse para conjurar una multitud de factores que a veces se escapan de uno mismo: la ambición juvenil, el entorno, la situación y momento del club, la confianza de un entrenador… En el caso de Joan, este último tomó la forma y el pelo rizado del mágico ‘8’ del ‘Superdepor. Corría 2014 cuando Sergio González lo apadrinó en su llegada al filial del Espanyol, y lo suyo fue amor a primera vista. En su segundo año, el entrenador cogió las riendas del primer equipo y se llevó a Joan de la mano, dándole la oportunidad de debutar ante el Sevilla en un partido que terminó con derrota ‘periquita’ (1-2).

 

Jordán es un camaleón de época, un cohete sin aparente techo, un centrocampista total

 

Fue premonitorio, por el oponente y por la derrota. Un año después, y con Sergio relevado (ah, la inmediatez), el Espanyol naufragaba y Joan vivía un momento duro, a caballo entre el filial y el primer equipo, y las pocas veces que entraba con los mayores se traducía en nuevas derrotas. Preguntado en una rueda de prensa por su mala racha, Jordán quitaba hierro al asunto: “Es que soy yo el gafe, ¿eh?”, se reía. La realidad era que el equipo hacía aguas, y, pese a la depresión generalizada, el chaval había empezado a mostrar su clase con el balón y su inteligencia posicional en cuatro ratitos. Cabeza abajo, y trabajando duro para entrar, la temporada terminó con la misma tónica negativa y con la sensación de que el joven se sintió muy poco arropado.

Aquí siempre llueve

“Al lugar donde has sido feliz/ no debieras tratar de volver”, cantaba Sabina. Después de un año duro, había que recular, tomar aire y coger impulso. El empordanés salió cedido a un Valladolid en Segunda y encontró los minutos, la libertad de movimientos de un equipo ganador y el espacio idóneo para crecer. Fue un año clave, en el que empezó a dibujarse el centrocampista todoterreno que conocemos hoy. Cuando Joan volvió al Espanyol, ya no era el mismo. También el club, inmerso en una reforma profunda y ambiciosa a raíz de la reciente toma de mando por parte de Chen Yansheng y el Rastar Group, distaba mucho de lo que un día se encontró un chaval llegado del juvenil del Poblense balear. La ecuación no tenía una salida fácil.

Coincidencias del destino -o no-, apareció en el horizonte un club que representaba la antítesis de la oda a la globalización ‘perica’, manteniendo eso sí la ambición intacta. Un proyecto pequeño, familiar, cercano y sencillo, apostaba fuerte por él. Dos temporadas y diez goles más tarde, Jordán se había erigido como uno de los mejores centrocampistas de la competición en el Eibar de Mendilibar. Por el camino se había empapado de la lucha, la pegada, el ritmo alto y la efervescencia del fútbol en Ipurúa. El Eibar de ‘Mendi’ ganaba los partidos por K.O limpio, embotellando al rival en la ratonera de su estadio, que se convertía en una pesadilla para cualquier visitante. Puro fútbol, pura garra.

Pasito a pasito, Joan había ido cogiendo galones en el equipo, convirtiéndose en una roca al choque y aportando su verticalidad a la circulación del balón. En su segundo año, asumió los galones de un veterano sin serlo todavía, lanzando faltas y corners con pie fino y organizando a los suyos. “En pocos vestuarios he estado tan bien como en este”, reconocía en una entrevista en la web del club armero poniendo en valor el ambiente familiar y tranquilo que había venido a buscar al norte. “Aquí llueve siempre”, bromeaba en alusión al clima, rudo como el equipo. Poco se imaginaba que estaba a un paso de dejar la lluvia atrás.

Un color especial

“O venía al Sevilla, o venía al Sevilla”, decía un Joan Jordán pletórico y tranquilo, siempre tranquilo,  el día de su presentación con el conjunto hispalense. Con 26 años a sus espaldas, el “pasito” se había convertido de repente en una zancada considerable, pero rebosaba confianza. “No me gusta vender humo”, seguía-, al tiempo que las canas empezaban a aflorar en su cabeza. Nada de lo que preocuparse, que se lo pregunten a Iniesta, jugador con el que guarda un parecido razonable, en el modo en que ambos conducen con aparente facilidad el balón pegado a sus pies. 

De la potencia -a veces desmedida- del Eibar más rockero a la balada dulce de Lopetegui también hay un gran paso, ¿no? Sin problemas para Joan. Su carta de presentación fueron dos goles en las cuatro primeras jornadas de la 19-20, el segundo un tiro libre frente al Alavés que dibujó una parábola a lo Juninho Pernambucano. Tenía claro a donde iba: “en el Sevilla, más allá de jugar bien o mal, es importante competir como un animal”, y lo que debía hacer desde un inicio: entrar con confianza, estar en todo. Su entendimiento con Banega fue una de las claves en la telaraña de Lopetegui, que permite mucha movilidad a un Jordán que llega, cae en banda, centra, defiende, organiza, y toma la batuta del Sevilla. Zancada a zancada, el Inter de Lukaku se quedó mirando mientras el Sevilla le comía la tostada en la final de la Europa League. Ese día, tras una guerra sin cuartel, Joan besó el césped y supo que todo el recorrido había merecido la pena.

Este año, ya con el ‘8’ a su espalda, da la sensación de que el jugador ha llegado a donde siempre quería y sabía que podía llegar: a ser una pieza importante en un equipo grande. Su crecimiento parece no conocer límites, y su temporada ha sido aún mejor que la anterior, asumiendo el relevo de Banega, siendo sustituido cada vez más tarde en los partidos, liderando a los suyos en la lucha hasta el último suspiro por la Liga. En la ida de la semifinal de Copa ante el Barça, su exhibición defensiva (14 recuperaciones) secó a Busquets y a De Jong y significó su “puesta de largo” ante una afición siempre exigente como la del Pizjuán. “En la vuelta nos faltó frescura”, reflexionaba en una entrevista en Goal tras el varapalo del Camp Nou.

Ha sido una temporada larga, cargada de partidos, como viene siendo habitual en un fútbol cada vez más ligado a los tiempos que corren. Joan se mueve con precisión en este caos sin respiro, se adapta al guión con naturalidad y entiende el valor de cuidar el ambiente de un vestuario, aun cuando los proyectos sean poco duraderos y no exista la paciencia. Aun cuando la necesidad sea la de funcionar “ya”. Pasos cortos, pero firmes.

 


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Fotografía de Imago.