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Huracán-Platense: se acaba el torneo de la locura argentina

En el país donde el fútbol es religión, el nuevo formato del Torneo Apertura 2025 nació con preguntas que no buscaban respuestas, sino emociones. ¿Es una Copa o una Liga? La AFA fue clara: cuenta como título de Liga, aunque se juegue como una Copa. ¿Es justo que el 19° de la tabla pueda ser campeón? Aquí, eso no importa. Porque en Argentina, el fútbol no se entiende, se siente, se sufre, se celebra.

Este torneo es una sinfonía en compases rotos. 30 equipos divididos en dos zonas, con 15 equipos en cada una. Normalmente, cada equipo juega contra los otros de su propia zona. Pero, para que todos jueguen la misma cantidad de partidos, se agregan los llamados partidos interzonales: un encuentro extra donde un conjunto de un grupo juega contra uno del otro grupo, para que todos tengan la misma cantidad de partidos. Cuando termina la fase regular, los ocho mejores de cada grupo pasan a la fase de eliminación directa (de dieciseisavos a la final).

El Apertura empezó en enero y terminará este 1 de junio en Santiago del Estero, con una final entre dos clubes que nadie, salvo ellos mismos, hubiera apostado que llegarían al partido decisivo: Platense y Huracán. Los gigantes gastaron millones y quedaron fuera; los humildes pusieron ideas, coraje y convicción, y llegaron. Es el fútbol argentino en su forma más pura.

A los finalistas los une la austeridad, la pasión de barrio y un presente que desafía los dictámenes del mercado. Entre ambos gastaron poco más de dos millones de dólares en refuerzos. En un solo fichaje, River o Boca invierten cinco veces más. Pero ni los millones garantizan goles, ni las planillas predicen milagros.

 

Los gigantes gastaron millones y quedaron fuera; los humildes pusieron ideas, coraje y convicción, y llegaron. Es el fútbol argentino en su forma más pura

 

El ‘calamar’ que nada contra la corriente

Hay clubes que hacen ruido con cada paso que dan. Y hay otros, como Platense, que resurgen en silencio, como el agua que rebasa lentamente hasta inundarlo todo. Desde Saavedra, barrio de casas bajas y alma obrera de Buenos Aires, hasta el Vicente López, donde el estadio respira entre árboles y avenidas, Platense es el mar de la alegría de los saavedrenses.

El ‘calamar’ fue uno de los nombres fuertes del fútbol argentino en sus años dorados. Fundador del profesionalismo, subcampeón en 1916 y 1949, eterno batallador de la mitad de tabla hacia abajo. Pero desde 1999, su historia fue un naufragio. Cayó al abismo de la B Metropolitana y no fue hasta 2018 que volvió a la superficie. En 2021, regresó a primera. Y, ahora, puede ser campeón por primera vez.

Pero es que la travesía del equipo también conocido como el ‘marrón’ ha sido toda una epopeya. Primero venció a Racing en el Cilindro (octavos), luego eliminó a River en el Monumental desde los once metros (cuartos) y finalmente derribó a San Lorenzo en el Nuevo Gasómetro (semis). Ninguna de esas hazañas es casualidad. Ha sido puro fútbol de trinchera, de sacrificio. Un once que sabe defender como quien cuida un sueño, y que en cada pelota dividida pelea como si allí se decidiera su historia.

Sus hinchas siguen cantando con la ilusión de quien tiene todo que ganar y nada que perder. Y es que en esta final no hay casualidades. Platense no tiene títulos en la máxima categoría, pero sí un todo barrio detrás movido por la pasión. Esta es su oportunidad de tatuar una estrella en una historia que lleva 120 años esperando este momento.

 

A los finalistas los une la austeridad, la pasión de barrio y un presente que desafía los dictámenes del mercado. Entre ambos gastaron poco más de dos millones de dólares en refuerzos

 

El ‘globo’ que se niega a aterrizar

En Parque Patricios, barrio de Buenos Aires que late con pulmón popular, hay un club que vuela con un globo por insignia y nostalgia en cada paso. Huracán es historia viva del fútbol argentino. Fue campeón cinco veces de primera, cuatro de ellas en la década de 1920, y la última, allá por 1973, en tiempos de Brindisi, Babington y Houseman. Desde entonces, espera como un volcán inactivo, pero no se duerme.

El ‘globo’ no tiene escudo, tiene una insignia flotando sobre fondo blanco, como la travesía aérea de Jorge Newbery, quien inspiró su nombre. Sobre el verde, el Huracán de Kudelka retomó vuelo. Fue cuarto en su zona, venció a Riestra, voló hasta Arroyito para desarmar a Rosario Central, y en Avellaneda domó a Independiente por penales. No fue un huracán de goles, pero sí de convicciones.

Su historia también vibra en los detalles. La hinchada que no negocia su fidelidad, el duelo eterno con San Lorenzo que tiñó de fuego cada esquina del sur porteño, las 13 vueltas olímpicas que descansan en vitrinas llenas de tiempo. En esta final no está solo un equipo, está la memoria de sus barrios, el rugido de un pueblo que hace 52 años que no ve un éxito liguero.

Huracán sabe lo que es llegar y perder. También sabe lo que es volver. Ha jugado once finales y ha salido campeón en ocho ocasiones. Esta será la duodécima. Para ellos, no es solo fútbol, es historia en movimiento, una nueva oportunidad de elevar el ‘globo’ y cruzar otra frontera.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Eneko López

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