Este es el editorial con el que arranca el #Panenka160, nuestro Especial sobre Estadios
Incluso esta Copa del Mundo, incluso este verano interminable quedarán atrás. Y después de decenas de partidos en el sofá, el volumen bajo, no vayamos a despertar a nadie, solo el zum zum zum del ventilador, y después de cientos de goles, revisiones de VAR, añadidos interminables, abrazos inusitados y lecciones de geografía sobre lugares que ya por siempre amarás y nunca visitarás, después de todo eso, una madrugada te desvelarás. Y sin resultados que consultar, buscarás la sábana para cubrirte las piernas, por frío o porque te falta algo. Y será septiembre cuando una tarde demasiado corta te anuncie el otoño. Y los sueños de una noche de verano pasarán a ser recuerdos: tú siempre dirás que te pasaste el Mundial 2026 viendo fútbol en casa.
Pero una parte de ti sabrá que mientes. Que fútbol y casa son algo distinto. Que en casa huele a césped recién cortado, y no es fútbol si quien mete los goles no te ha oído antes gritar. En casa eres familia de un montón de desconocidos. En casa nada es cómodo, y hasta cubrir las necesidades más básicas requiere de dosis de paciencia. En casa uno puede estar loco sin parecerlo.
La casa en la que habita el fútbol es un paraje real pero inventado donde crece una extraña forma de vida, una manera genuina de relacionarse con el mundo y, a la vez, de evitarlo. Más que un sitio en el que estar, un lugar en el que ser
Reconocerás que vivir el fútbol en casa no es lo mismo que ver fútbol desde casa. Que no hay hogar como el que compartes con otros miles, pero, sobre todo, contigo mismo. Con tus recuerdos, con ese alguien que te acompaña aun sin habitar ya este planeta, con tus manías, tus miedos y tus frustraciones; con el viejo insoportable que un día serás. La casa en la que habita el fútbol es un paraje real pero inventado donde crece una extraña forma de vida, una manera genuina de relacionarse con el mundo y, a la vez, de evitarlo. Más que un sitio en el que estar, un lugar en el que ser.
Qué suerte tener cerca un estadio al que llegar paseando y del que luego regresar, igual pero distinto, fingiendo que ese par de horas son un mero paréntesis de caos en medio de un orden preferiblemente aburrido. Qué suerte dar por sentado el hogar. Ignorarlo, odiarlo, renegar de él mil veces para luego volverlo a reencontrar. Qué alivio, cuando cambia el viento y la piel erizada busca el consuelo de la bufanda.
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