Pau Cubarsí es uno de los centrales más temidos del mundo. Pero hay algo que asusta más, infinitamente más, que cualquiera de las entradas, de las disputas o de los marcajes que lo encumbran en los partidos: su sonrisa. No es normal, te dices, cuando rompe a correr detrás de Messi o va a la guerra en un balón divido con Enzo Fernández, que un tipo que es capaz de provocar tanto temor en sus enemigos tenga esa cara de buena persona. Hay algo que no encaja ahí. Como si a Hannibal Lecter, entre carnicería y carnicería, pudieras dejarle los niños para escaparte al cine o a una cena romántica. Cubarsí va al suelo, Cubarsí salta con todo, Cubarsí mete el cuerpo, Cubarsí te jode la vida, pero luego el realizador lo presenta en pantalla y el chico tiene toda la pinta de salir de la fiesta de cumpleaños en la bolera de su mejor amigo del instituto. En realidad, esa solo es una de sus muchas singularidades. No acabaríamos. Qué decir de sus conducciones, de su visión de juego, de su buen pie, de esos pases que más que líneas de presión atraviesan galaxias enteras, un zaguero infranqueable con los modales de un delicado mediapunta. Todo sorprende en Cubarsí. Aunque mención aparte merece su improbable camino al éxito. Nació en Estanyol, un pueblo de la provincia de Girona de menos de doscientos habitantes con unas pocas calles, algunas casas de piedra, un restaurante y una carpintería familiar regentada por su padre. Diecinueve años después de ese momento, el chaval acaba de ganar un Mundial siendo uno de los mejores de su equipo. Qué sentido tiene el destino. Qué sentido tiene el fútbol. Qué sentido tiene Pau Cubarsí, tu villano favorito, el único verdugo al que darías un abrazo.
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Fotografía de Getty Images.
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