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Fútbol son errores

Cantadas como la de Álvaro Fernández, portero del Espanyol, hace unas semanas ante el Valencia, ponen en valor ‘la cagada’ como motor de aprendizaje

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No hay excusa. Lo mismo da que creyera que tenía a salvo la portería. Que ese balón llevaba más vuelo de lo que parecía. Fue una pifia descomunal. 

Él mismo se dio cuenta. Al momento. 

Alzó los brazos y juntó las manos en gesto de perdón. Y deseó que se desatara una tormenta. Una brutal. Para ser uno de los afectados por los menos de 6.000 rayos que matan cada año en todo el planeta. Le hubiese servido también el ataque de un tiburón, la caída de un piano de un quinto piso o que se lo tragara un hoyo gigante en la hierba hacia el centro de la Tierra para nadar entre metales a 6.700°C. 

El error fue tan grosero que no hubo ni abucheos ni reproches. Ni por parte de los compañeros, ni desde la grada. 

El míster de los ‘pericos’, Diego Martínez, suturó la herida en rueda de prensa, espolsando la responsabilidad. Pero él se iría abatido a casa, le costaría conciliar el sueño. Al día siguiente, revisaría las medidas del arco con la vista. Volvería a la jugada mil veces, a ver qué había podido ocurrir.

No hace falta ser Álvaro Fernández, ni jugar en Primera División, ni siquiera hace falta haber jugado al fútbol, para verse reflejado en una metedura de pata tan magna. A la altura de criticar a alguien que pasa por detrás en el office, de reírte de la enfermedad de un familiar de la persona con la que charlas o de mandarle el mail con bilis, donde le pones de vuelta y media por el reparto de vacaciones, a tu jefe. En vez de a tu compañero de sección.

Hay un día en el que la cagas. A veces hay una racha de esos días. 

Pero ya no vuelves a criticar, burlarte o mandar un correo sin comprobar una docena de veces los datos de envío (sirve lo de retrasar 30 segundos el send de Gmail).

 

El fútbol del fallo, más allá de ser carne de highlights, es también una oportunidad para poner en el centro algo que todos hacemos a diario: equivocarnos

 

Hace unas semanas repartí las primeras redacciones corregidas a mi clase favorita de Bachillerato. Insistí en que era un primer round, que no había porqué calificarlas. Ya estaban evaluadas: tenían largos comentarios fraguados en un fantástico sábado de rutina docente jamás reconocida por aquellos que dicen que los profes tienen muchas vacaciones. Los nenes insistieron en que querían el número. 

Sorpresa: repartí los papeles y empezaron las quejas. Nada cuadraba. Si a mí me has marcado sólo dos cosas, ¿por qué tengo esta nota? 

Esa era la secuencia, una vez tras otra. Como una peli soviética. Se repetía el montaje para que quedara clara la emoción: ¡Injusticia! Cambiaba el registro en función del alumno, pero no el fondo.

Cansado de que nadie leyera el comentario, y por tanto nadie estuviese dispuesto a argumentar –la metareflexión ya es una victoria pedagógica– más allá del número, y mucho menos aceptar errores que luego repercutieran en mejoras, les puse el vídeo de Álvaro Fernández. Y pregunté:

¿Os imagináis que el portero le recriminara a Cömert ese despeje-chut? 

¿O al árbitro el tiempo de descuento? 

¿Al entrenador la necesidad de alinearlo ese día?

Hubo silencio. Por un momento sentí ese efecto Merlí. El impacto deseado. En cuanto uno rompió la veda, volvió el escándalo y el bingo. 7. 6. 4. Nadie se queja del 8 para arriba. Paradójicamente, porque son los que lo tienen más jodido para mejorar: faena tendrá el entrenador de porteros del Madrid para decirle a Thibaut Courtois qué más tiene que hacer para no perder el tren y seguir aprendiendo. Pero incluso él se debe a admitir que todavía falta crecer. Sinó, que. Y para eso, debe escuchar. No por jerarquías proféticas, sino para lavar el ego y asumir que unos cuantos ojos ven más que dos. Que a veces dos muy entrenados y con ánimo de acompañar –el papel del docente– ven más allá de una nota. Les expliqué lo de Courtois, pero nada. Acorralado, me vi tentado a ponerles el vídeo-experimento de la mariposa de Austin. Es precioso, pero para niños de infantil. Aborté misión. 

Volví a poner el vídeo de Álvaro Fernández. 

Y decidí no entregar más primeras redacciones con nota. Aprendí del error. Me apliqué con el ejemplo. Con las enseñanzas de profesionales como Neus Sanmartí, una de las muchas y reputadas pedagogas que han basado sus estudios en el error. Así lo promulga en El error en el proceso de enseñanza (2000): estimular la expresión del gazapo. No al contrario. No taparlo.

Cantadas como la del portero del Espanyol ponen en valor mediáticamente la pifia. Devoran el tabú a su alrededor: el error no está reñido con la falta de excelencia ni el gusto por el trabajo bien hecho. Será que Fernández no ha luchado en Mónaco, Extremadura, Brentford y Huesca, para llegar donde está. Mimbres no le faltan. Pero el fútbol del fallo, más allá de ser carne de highlights, es también una oportunidad para poner en el centro algo que todos hacemos a diario: equivocarnos. 

Una verdad cotidiana que, con mimo y cariño, poniéndola en perspectiva como sugiere Sanmartí, como hizo Martínez en rueda de prensa o como intentan los profesores en el aula, es la principal arma pedagógica.

 


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