La temporada pasada acabó -como era habitual en tiempos sin pandemias- con la final de la Champions en las últimas semanas de la primavera. Quiso el calendario ubicarla en el 1 de junio, frontera que además marcaba la entrada en vigor de una serie de modificaciones de la International Board (IFAB), máxima autoridad reglamentaria del fútbol mundial. Entre esos cambios figuraba la erradicación de la voluntariedad en las manos cometidas en el área. Y como el balón es caprichoso, esa misma tarde apenas transcurrieron 23 segundos de partido entre Liverpool y Tottenham antes de que Sadio Mané levantara la cabeza en el pico del área rival, divisara el brazo desplegado de Sissoko y le pusiera la pelota entre el pecho y el bíceps. Nunca en las 64 finales anteriores de la Copa de Europa se había decretado un penalti tan madrugador. Probablemente tampoco menos voluntario.

El brazo atolondrado de Sissoko marcó el camino de los meses posteriores. La nueva norma había llegado para quedarse. Así, esta temporada comenzó convirtiendo en penaltis muchas acciones con la mano, incluso las que no eran voluntarias. La novedad es que el curso está acabando con muchos penaltis por contactos en el área, incluso los que no son falta. Las dos acciones que De Burgos Bengoetxea vio en Palma -especialmente el de Santi Mina sobre Dani Rodríguez- o las otras dos que Melero López apreció en el Atlético-Alavés constituyen apenas dos ejemplos de lo poco que hace falta hoy para pitar un penalti, una de las medidas reglamentarias de mayor trascendencia.

El problema no es de la tecnología, sino el tipo de arbitraje que lo usa. Corremos el riesgo, porque tenemos los gadgets para ello, de medir las briznas de césped que distan de la línea de gol al tacón de un portero en el lanzamiento de un penalti y en cambio seguimos equivocándonos en decisiones más trascendentes. Podemos seguir parando los partidos por detalles que se comprueban en una repetición rápida. Si un fuera de juego necesita una lupa de 15 aumentos, una vertical desde el hombro y un confuso grafismo de líneas quizá debería recuperarse aquella vieja máxima del ‘dejar seguir en caso de duda’. Tener GPS en el coche es un gran avance pero ello no significa que debas hacerle caso cuando en un callejón sin salida te insta a girar a la izquierda.

Estaría bien que quienes deciden ‘el protocolo’ valoren las repercusiones no estrictamente disciplinarias del VAR en el juego. Para ello, me pregunto si no sería bueno abogar por la especificidad del árbitro VAR. Y no sólo porque quien esté en el VOR no tenga miedo de corregir al mismo compañero que la siguiente jornada le puede corregir a él. La tecnología demanda perfiles muy concretos y quizá no todos los árbitros están en condiciones de videoarbitrar. Otra mejora posible sería hacer acompañar al colegiado en Las Rozas de un exfutbolista. Tan importante como haberse memorizado el reglamento, o incluso más, es decidir siempre desde el espíritu del juego. Y hay acciones que los árbitros parecen juzgar con la misma familiaridad con la que un esquimal bailaría flamenco.

 

Como no nos gustaba que los colegiados interpretasen les estamos empujando a simplificar tomas de decisión complejas. Todas las manos: penalti. Al mínimo contacto en el área: penalti. Cualquier entrada en el talón de Aquiles: expulsión

 

No es un problema que ataña en exclusiva a los árbitros. Los aficionados y los medios de comunicación somos tan o más culpables. Nos revelamos contra los límites de la tecnología -cuando ni siquiera quince repeticiones nos aclaran si un jugador tocó con la parte alta del brazo o con la parte baja del hombro- de la misma manera que nunca pudimos transigir con la falibilidad humana de los árbitros. Si nuestro delantero fallaba un gol cantado era un paquete, si el entrenador no acertaba un cambio era un paquete. Pero un simple error arbitral puede construir elaboradas teorías conspiratorias. Y como no nos gustaba que los colegiados interpretasen -porque no tenían unidad de criterio y porque además en España somos muy mal pensados- les estamos empujando a simplificar tomas de decisión complejas. Todas las manos: penalti. Al mínimo contacto en el área: penalti. Cualquier entrada en el talón de Aquiles: expulsión.

Esta última aberración se eliminó nada más entrar en vigor, pero su mero planteamiento ya indica la tendencia: se está experimentando para reducir la enorme cantidad de situaciones que un colegiado puede encontrarse en un juego tan azaroso como el del fútbol. Y un catálogo simplificado de acciones más el apoyo de una tecnología que no se atreve a corregir los errores no equivale a un mejor arbitraje, pero en cambio sí provoca un deporte más interrumpido y, por cierto, más polémico que antes del VAR. La profusión de cámaras, repeticiones en slow motion y pausas aderezadas por líneas equívocas sirven para alimentar la espiral del debate hasta el paroxismo. En esto el VAR no ayuda al árbitro. Antes había un par de tomas de cada acción, poco tiempo para repetirlas -al menos durante el partido- y el argumento de que la decisión arbitral se debía ventilar en una fracción de segundo. Ahora el VAR multiplica los focos en torno a la labor de los colegiados, en una de las consecuencias más indeseables de la introducción del videoarbitraje. Y en ningún caso sirve (como algunos quisimos imaginar) para repartir la responsabilidad del fallo entre el árbitro de campo y el de tele: la indignación después de que un error supere dos filtros -uno de ellos, de varios minutos y con repeticiones- hace hoy aún más difícil la empatía con la tarea arbitral.

María Luisa Villa, miembro del Comité Técnico de Árbitros y formadora certificada FIFA, indicó que los objetivos para la temporada que arrancaba el pasado agosto perseguían “la uniformidad en las decisiones, la reducción de los errores y la protección de los jugadores”. A la vista está que ni las decisiones se han uniformado ni los errores se han reducido, y ello a pesar del uso extensivo del VAR. En Mallorca, De Burgos Bengoetxea necesitó interrumpir el juego más de cinco minutos para corroborar a través de la pantalla el error que había cometido en vivo. No tengo claro si el levísimo contacto -si es que existió- fue la causa para pitar el penalti o más bien la excusa para no rectificarlo. En todo caso, el VAR no se inventó para eso.

 


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