“Recuerda esto: cuatro de cada cinco historias que cuento son mentira, pero todas, todas, tienen algo de verdad”. Ahí estábamos, dando un par de vueltas como calentamiento previo al entreno, cuando un amigo pronunció esa frase que todavía retengo en el coco. Aquello, aún hoy, vacila en mi interior entre la caída de un mito o su ascensión. Tiene leyendas de todo tipo. Pero ninguna como la de la noche que, de camino a la discoteca de moda, nos cruzamos él, otro amigo -un fulero, también- y yo con un hombre sentado en un banco. Nos pidió un mechero, un cigarro o una cerveza. No lo recuerdo. Algo por el estilo. Pero en realidad descubrimos que su petición era la de ser escuchado. Venía de México expresamente para vengar la muerte de su hija. Pintaba ser un trámite en nuestra excursión hacia la fiesta y mutó en un interrogatorio. Aquella historia, en esas típicas noches de relatos salvajes de sobremesa, es todo un clásico. El problema llega cuando mis dos colegas narran el momento en el que sacó una pistola. Ellos están convencidos de que pasó; yo, todo lo contrario, por dudar, ya dudo de si hasta nos cruzamos con alguien en aquella travesía. Cuando cuentan según qué, doy por hecho que habrá que sujetarlo todo con pinzas, no vayan a colarme un gol por la escuadra.

La historia de la camiseta del Besiktas fue, durante gran parte de su vida, otra estafa. Hasta 2003, en su centenario, se creía que el rojo y el blanco eran sus primeros colores. Pero un documental producido por Tuğrul Yenidoğan sobre los 100 años del club derrumbó aquella teoría cual castillo de naipes. El rojo nunca existió. ¿Y lo de que se transformó en negro para que acompañara al blanco en señal de luto por los caídos en las guerras de los Balcanes, entre los que había miembros de la entidad? Mentira. Pues se ve que la única verdad arrancó en un encuentro entre los fundadores del club. Mehmet Şamil Bey propuso identificar al Besiktas con un escudo como el que portaba él en la solapa de la chaqueta de su antiguo colegio: “Deberíamos tener un blasón como este y todos los miembros del club tendrían que lucirlo”. Le compraron la idea. Y al acabar la reunión decretaron que el blanco y el negro serían sus colores por ser los dos principales tonos de la naturaleza. Así de simple.

Un siglo después, está claro que la del Besiktas, como las de mi amigo, sigue siendo una de esas historias en las que la ficción eclipsa una ligera, y casi invisible, verdad. Su pequeña porción de realismo: junto al mentiroso rojo al menos existía un sincero blanco.

 


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Fotografía de Getty Images.