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¿En qué Steaua estará?

1986. Un cielo estrellado cubre la noche de Sevilla. La ciudad, en silencio. Cabizbajos y con la bufanda en las manos, desfila una fúnebre turba de aficionados azulgranas. Ha sido un partido largo y duro. Una final para olvidar. No obstante, en la otra orilla del Guadalquivir, once rumanos siguen celebrando lo que se acaba de convertir en su primer y único título europeo. En breves regresarán a esa angosta Rumanía, con una estrella en el escudo y otra en la historia de su país. Por ello, deben aprovechar esta breve estancia en Occidente, porque mañana será otro día cualquiera entre la tristeza y la miseria del régimen.

1989. Nicolae Ceaușescu sale al balcón entre un ruido ensordecedor. Acostumbrado al calor de la masa, esta vez el ambiente es distinto. Hay gritos, cánticos y abucheos en contra de una presencia sin omnipotencia. El pueblo ya no se cree en él, y la televisión, que días antes servía para glorificar su figura, será cómplice de su caída. Todo sucederá muy rápido. Una fuga, una detención, un juicio y, finalmente, una ejecución. Junto a Elena, el binomio Ceaușescu fallecerá un día de Navidad. Ambos eran ateos. Qué ironía.

1998. El final de la dictadura ha tenido un importante peso en el fútbol. Los clubes, todos ellos nutridos por entidades públicas, se encuentran en una grave crisis económica. Algunos hasta desaparecerán, y solo queda encontrar capital privado para mantenerse con vida. Cada equipo por su cuenta, en un cambio sin compás y sin apenas regulación. Siempre manteniendo sus lazos con las instituciones, pero bajo empresarios corruptos y polémicos. Entre ellos, el Steaua, de pasado glorioso y futuro por hacer.

Nos quedamos en 1998, cuando el Ministerio de Defensa, siguiendo las nuevas leyes de la UEFA y viendo el panorama de un país con severos problemas económicos, se ve obligado a desvincular la sección de fútbol del CSA Steaua, club polideportivo propiedad del ejército. Solo parece un pequeño ajuste para poder mantener vivo a un equipo histórico, pero lo que vendrá después traerá cola. El ejército cederá el derecho de uso temporal de los símbolos del antiguo Steaua a una nueva entidad de uso no lucrativo, que representará el azul y rojo del único club rumano con una Copa de Europa.

Viorel Păunescu es el empresario que, digamos, pone la panoja, aunque su gestión no obtiene resultados y las deudas se apoderan del nuevo club. Lo cierto es que el tema de las deudas no será exclusivo del Steaua. Rivales como Dinamo y Rapid sobreviven rodeados de problemas financieros. Sin embargo, lo del Steaua tiene una afectación importante, ya que, en ese entonces, uno de los brazos izquierdos de Păunescu es un empresario local llamado George Becali, hasta entonces vicepresidente, y que en 2003 comprará el 51% de los derechos de la entidad.

 

Además de éxitos, el club también gozará de poder. Bajo el manto protector del Ministerio de Defensa rumano, el Steaua nunca descenderá y encima levantará varios títulos de liga y copa

 

¿Y qué pasa con el antiguo Steaua? Nacido en 1947 bajo la iniciativa de oficiales de la Casa Real Rumana, en su momento se convirtió en la primera asociación polideportiva del ejército. Ahora bien, ese mismo año, Rumanía vivió un giro histórico que cambió por completo el rumbo de la entidad y, por supuesto, del país. El monarca Miguel I abdica el 30 de diciembre, y pocas horas después se proclama la República Popular Rumana, iniciando un régimen comunista cocinado a fuego lento con el auspicio de Moscú y las fuerzas socialistas locales. Así, la nueva Rumanía comunista transforma al club en una institución del gobierno, concretamente del Ministerio de Defensa, que a su vez controla al ejército popular. Entonces sin emblema, a la institución se le otorgará una estrella roja sobre un fondo azul, y, en 1961, adoptará oficialmente el nombre de Steaua (‘la estrella0 en rumano).

El fútbol será una herramienta importante para la imagen del régimen socialista, y en concreto el Steaua, uno de los equipos nacionales más exitosos. Pero, además de éxitos, el club también gozará de poder. Bajo el manto protector del Ministerio de Defensa, el Steaua nunca descenderá y encima levantará varios títulos de liga y copa. No contentos con ello, cuando las cosas se pongan difíciles en el césped, recurrirán a los mejores jugadores del país para darle la vuelta a su suerte. Así sucederá pocos años antes del recordado 1986. Con el ansia de dejar una mala racha atrás, el Steaua se nutre de los pequeños clubes para conformar una plantilla capaz de desafiar a los más grandes y levantar la primera Copa de Europa para un equipo del bloque soviético. Solo el Milan de Sacchi les privará, en 1989, de una segunda estrella.

Pero aquella Rumanía tiene un nombre. Se llama Nicolae Ceaușescu. El Conducător. También le gusta que le llamen el ‘Genio de los Cárpatos’. Aunque, bueno, más bien es un dragón con dos cabezas: la de Nicolae y la de su mujer, Elena. Ambos son líderes de un país que, supuestamente, les adora. Ceaușescu había asumido el poder en 1965 tras el fallecimiento de Gheorghe Dej, el antiguo líder comunista, y se convierte en un hombre de vital importancia para una Rumanía hasta cierto punto liberal, alejada de la rigidez soviética e incluso aplaudida por Richard Nixon. Sin embargo, la imagen que Ceaușescu ofrece al exterior distará completamente de lo que sucede dentro de sus fronteras. En los años más oscuros, la sociedad rumana vivirá bajo un régimen asfixiante, donde la Securitate (la policía secreta) lo vigilará todo, y donde la penuria crecerá cada año.

 

Incluso el día después del gran hito futbolístico del Steaua, la Copa de Europa del 86, las portadas de la prensa publicarán la imagen de Ceaușescu al conmemorarse el aniversario de la fundación del Partido Comunista

 

Ceaușescu impone el culto a su figura, y también a la de su mujer, de quien se dice que en su currículum no hay nada de cierto. Y es que, incluso el día después del gran hito futbolístico del Steaua, la Copa de Europa del 86, las portadas de la prensa publicarán la imagen de Nicolae al conmemorarse el aniversario de la fundación del Partido Comunista. Pero en 1989, el mismo año en que el Steaua cae ante el Milan en su segunda final, todo cambiará. El 25 de diciembre, en el país tendrá lugar el fusilamiento tanto de Nicolae como de Elena.

Rumanía cierra una etapa. Ya sin el culto a una figura arcaica, pero con una enorme deuda económica y un país sumido en la penuria. El fútbol, cómo no, sufrirá los efectos del derrumbe, y hasta los equipos que con el gobierno lo tenían todo a favor lo notarán. Os hablaba antes de George ‘Gigi’ Becali. Este empresario, nacido en la Rumanía comunista, aprovecha la caída del régimen para promover negocios inmobiliarios y convertirse en uno de los hombres más ricos del país. Tanto, que en 2003 tomará el control definitivo del nuevo Steaua. El antiguo club no había dejado de existir, pero en ese momento no contaba con una sección de fútbol ahora convertida en objeto de lucro.

Gigi Becali se erige como una figura de lo más mediática, pero también de lo más polémica, por su influencia en el club, por su intervencionismo y por un sinfín de polémicas que van desde declaraciones racistas, machistas y xenófobas hasta un secuestro en 2009, cuando retuvo a tres personas que le habían robado el coche. Tampoco faltarán sus condenas a prisión por corrupción y abuso de poder, pero, entre una cosa y otra, acaba convertido en un personaje para muchos carismático y con una gran influencia en el deporte rey. Aunque claro, de todos estos problemas, hay uno afectará directamente al Steaua, al viejo, que digamos. Y es que, cuando en 2003 compra al equipo, lo convierte en una entidad comercial apoderándose de los símbolos y del nombre del mítico Steaua, que en su día había sido cedido temporalmente. Becali considerará a su equipo como el legítimo heredero del Steaua y de sus títulos, lo que acaba por desencadenar un conflicto con el ejército.

 

En 2011, el Ministerio de Defensa presenta una demanda contra el Steaua por el uso indebido de la marca, y, aunque la gente veía al club como la continuidad del equipo original, en 2014 el Tribunal Supremo falla en favor de los militares

 

En 2011, el Ministerio de Defensa presenta una demanda contra el Steaua por el uso indebido de la marca, y, aunque la gente veía al club como la continuidad del equipo original, en 2014 el Tribunal Supremo falla en favor de los militares, obligando a Becali a cambiar el nombre de su ‘juguete’, y también de escudo. Es así como, en 2017, la entidad pasa a llamarse FCSB (oficialmente SC FC FCSB SA), mismo año en que el ejército refunda al Steaua de Bucarest, un conjunto que con el tiempo alcanzará la segunda división, donde hoy se encuentra atrapado (el fútbol rumano no permite a los equipos propiedad de instituciones públicas disputar la máxima categoría).

Pero es que aún hay más lío. En 2025, la Alta Corte de Casación y Justicia despoja al FCSB de todo su palmarés hasta 2017. Y es que, claro, al haber estado compitiendo bajo el nombre de Steaua, no los consideran como títulos legítimos. Becali insiste en que es dueño del club desde hace más de dos décadas y que, por ende, se le deberían reconocer, aunque, por ahora, mientras la UEFA siga asignando aquella Copa de Europa al renombrado FCSB, el padrino parece satisfecho. Sin embargo, Bucarest permanece dividida entre quienes se identifican con el polémico equipo de las siglas y quienes prefieren creer en el pasado y la justicia. Lo que está claro es que la memoria colectiva no olvida al ilustre conjunto que brilló en los momentos más oscuros de un régimen siniestro y desolador. En qué estrella estará.

 


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Fotografía de Getty Images.

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