¿Te puedes alegrar cuando empatas contra un equipo que no conoces? Definitivamente, sí. Y si no, que me lo pregunten después de celebrar como un berraco un gol de penalti pasado el minuto 103 en un campo a tres mil kilómetros de mi casa. Cuando salió el sorteo y vi el rival del segundo partido en Suecia, la verdad es que su nombre no me sonaba de nada. De hecho, cuando lo leí, lo primero que pensé es en esos chavales con un gorro de lana que son capaces de sacarte el dinero de la cuenta tan solo acercándote el móvil y me dio ilusión: “¿Y si estos se vuelven locos y nos cambian la página web para que se puedan comprar las entradas online?”. Pero nada, mi gozo en un pozo. Al final se trataba de un equipo más que la temporada pasada había ganado la Copa en Suecia y no tenía nada que ver con los ordenadores.
La Conference es especial: poner chinchetas en rincones del mapa inesperados, conocer equipos que ni siquiera habías visto en el FIFA y cuyos escudos parecen dibujados a mano por un abuelo en una servilleta. Porque esta es una competición que demuestra que el fútbol no se mide en euros, sino en latidos compartidos. Esta competición es lo más parecido a aquellos encuentros de los que disfrutabas en las mañanas de domingo con tu bocata de panceta. Otro fútbol, ese que te lleva a recordar los partidos cuando el equipo estaba en Segunda División B y tenía que ir a Fuenlabrada, Vecindario, Pájara-Playas o San Isidro.
El Rayo no busca conquistar continentes: los roza, los mancha con su barro, y sigue adelante, con el pecho hinchado y las botas sucias. Y la Conference es eso, fútbol de otra época
Porque si echamos la vista atrás, hace cinco años, allá por el 22 de octubre de 2020, había jornada intersemanal en segunda división. Y allí estaba el Rayo Vallecano visitando al Oviedo. Fue un 0-0 en el que participaron futbolistas como Trejo y Álvaro García e Isi Palazón salió desde el banquillo en la segunda parte. ¿Os suenan? Por aquel entonces, la Conference League todavía no había nacido y le faltaba un año para ver la luz. Cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia, pero el ser humano tiene esa extraña cualidad de olvidarse de los grandes momentos mientras nos revolcamos en el fango de las ocasiones perdidas, de los errores cometidos, de las meteduras de pata.
Sin excusas a las que aferrarme en el terrible partido que estaba viendo ante el Häcken, me vino a la cabeza el brasileño Glaucio. Era un extremo desequilibrante que nos vendieron como una estrella para jugar la UEFA, estuvo apenas un par de temporadas en Vallecas y se marchó sin pena ni gloria, como esos amores de verano que se encuentran en las fiestas del pueblo: el flechazo de regate y un pasodoble antiguo que enciende las noches de verbena con promesas de fuegos y bailes pero al alba se desvanece como el eco de una ranchera, dejando sólo el aroma a churros y el corazón anclado a las casetas.
La Conference es especial: poner chinchetas en rincones del mapa inesperados, conocer equipos que ni siquiera habías visto en el FIFA
Porque el fútbol lo resume todo, el esplendor de lo efímero. No buscamos la eternidad en una copa; sólo queremos que el pitido final suene como una promesa renovada, un capítulo más en esta novela interminable de resistencias y chispazos. Porque el Rayo no busca conquistar continentes: los roza, los mancha con su barro, y sigue adelante, con el pecho hinchado y las botas sucias. Y la Conference es un poco eso, fútbol de otra época instalado en una en la que los chavales prefieren mirar bailes en Tiktok, no saben cómo eran las patillas de Alessandro Del Piero y si les enseñas una foto de Alexi Lalas te dirán que era un cantante de grunge.
El VAR salvó al Rayo, ya son cuatro puntos después de dos partidos y quedan otros cuatro. 360 minutos para seguir buscando el mapa del tesoro, para seguir conociendo países, visitar mercadillos navideños y abrazarte al tío de al lado como si fuera tu hermano celebrando un gol. En esta época de jeques y algoritmos, quien diga que esta competición no es especial es porque no ha tenido la oportunidad de ver a once ucranianos con alma de poetas guerreros, unos tipos balcánicos que te miran con ojos de lobo antes de clavarte un contragolpe o unos malteses que juegan como si cada partido fuera el último antes del diluvio. Once contra once, un balón y volver a ser esos niños que regresaban a casa con las rodillas peladas por la tierra y las marcas de un Mikasa después de haber jugado el partido de sus vidas entre dos mochilas.
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Fotografía extraída de las redes sociales del Rayo Vallecano.
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