Dieciséis de mayo de 1971, Los Cármenes. El Granada recibe el trofeo que le acredita como el equipo más limpio y deportivo de la recién terminada Liga 70-71. 12 de diciembre de 1971, estadio Santiago Bernabéu. Agresiones, tarjetas, dos expulsados… Corolario de un partido bronco, un Real Madrid-Granada que registra una imagen entonces inusual de los 22 jugadores acometiéndose en mitad del terreno de juego. La fotografía será portada de la prensa deportiva al día siguiente y magnifica -por el efecto multiplicador del escenario en el que se desarrolla- una estampa que simboliza la leyenda de dureza y violencia que desde aquel día acompaña la etiqueta con la que ese Granada pasó a la historia.

A la postre, esa etiqueta se ha superpuesto hasta dejar en segundo plano la calidad y categoría de un equipo joven, explosivo y luminoso que transitó con enorme solvencia por las ligas de los primeros años 70, compitió con las camisetas laureadas, a las que en distintas ocasiones doblegó con naturalidad en su feudo del estadio de Los Cármenes: en plantilla, una nómina de internacionales, sobre todo en las categorías juvenil, olímpica o sub-23, pero también en la selección absoluta (De la Cruz, Castellanos, Lasa, Jaén, Quiles, Pla, Barrios, Santi…), con una media de edad por debajo de la del resto de equipos; Joseíto, un entrenador que concedía a la preparación física mayor peso del acostumbrado en la época; Cándido Gómez, ‘Candi’ en su anterior etapa como futbolista, ahora presidente, con una política de fichajes que incorporaba jugadores de progresión a quienes inculcaba que el éxito deportivo del Granada se ligaba al de sus propias carreras. Ñito e Izcoa, dos porteros de feliz alternancia, más Navarro, de inmediato éxito colchonero. Falito, Fontenla, Santos, Chirri, Martos, Juárez, Lorenzo, Barrenechea, Aguilera, Manolín, Garre… Jaén, eje, centrocampista solar, de apoyo y potencia, más que buscarlo, el balón lo buscaba a él. Y Vicente, exbarcelonista, calidad contrastada, el ’11’, diez más uno, con esa ‘y’ copulativa que cerraba las alineaciones cuando tenían letra y música, concepto referencial del juego, de sus botas manaban sincronías que explican por qué el fútbol se juega en 100 metros cuadrados. En el punto final, un delantero con sapiencia innata para colocarse en el punto donde caerá el balón, Porta, pichichi en el ’72, mecanismos para romper defensas. Cuando los goles comenzaron a caer con la misma naturalidad que las hojas en otoño, la temporada cambió de protagonista. Doble mérito con la camiseta rojiblanca, siempre más reducida en capacidad de percusión si se compara con la aristocracia del fútbol español. Más Aguirre Suárez y Fernández, tándem central defensivo, muralla amedrentadora, sobre los que se volverá en este artículo.

¿Qué ha pasado en esos siete meses transcurridos para el cambio pendular que presenta el equipo? Aparentemente, el elemento diferenciador radica en la incorporación, en el inicio de esta Liga 71-72, de un futbolista al que su fama le precede: Aguirre Suárez. Argentino que juega en España con pasaporte paraguayo -uno de los casos flagrantes del fraude de los oriundos que transitaron por el fútbol español con escaso coste para sus perpetradores-, defensa central en Estudiantes de la Plata, trasunto futbolístico del principio maquiavélico ‘el fin justifica los medios’ que en las temporadas anteriores había impuesto sus métodos resultadistas con éxito en los campeonatos nacionales, la Libertadores y la Intercontinental.

 

«Para contar lo que se ha visto aquí hoy no hay palabras en el diccionario»

 

Cuando Aguirre Suárez llega a la Liga española, en septiembre de 1971, han pasado casi dos años de aquel partido de vuelta de la final intercontinental, donde los estudiantes multiplicaron sus métodos violentos en el abordaje baldío por remontar el 3-0 que en San Siro les había endosado el Milan. Ante la negativa imagen que proyectó aquel Estudiantes, esa misma noche de octubre de 1969 el gobierno argentino decretó 60 días de prisión para los tres caporioni –’cabecillas’, así calificados en Italia-, uno de ellos Aguirre Suárez, a quien le cayeron además 30 partidos de suspensión y cinco años de inhabilitación en competiciones internacionales.

Con esta fama, acrecentada en España por episodios en Riazor, el Colombino o el Camp Nou, donde Estudiantes disputó torneos veraniegos, Aguirre Suárez desembarcó en la Liga española, y sus primeros partidos con la camiseta del Granada, en campos de nivel medio pero también en el Manzanares y San Mamés, no registran incidencias. Todo iba a cambiar la tarde de noviembre en la que el Valencia, vigente campeón de Liga, visita Los Cármenes. «Para contar lo que se ha visto aquí hoy no hay palabras en el diccionario», sentencia Alfredo Di Stéfano, entrenador valencianista, que en sus declaraciones pospartido apunta sin nombrarlo al ‘maestro’ que ha importado los métodos violentos que el Granada ahora usa. En días posteriores, y ya en la prensa de Madrid, identificará a Aguirre Suárez, acusación que extiende a Fernández, a quien tilda de «comando».

Aguirre Suárez habitó en los terrenos fronterizos del reglamento y, a su lado, Fernández. Un paraguayo que entró muy joven en la Liga española gracias al Barcelona. De azulgrana fue utilizado durante dos temporadas en escasas ocasiones, siempre en tareas de marcaje al delantero rival más peligroso. Ahora, en su tercer ejercicio en el Granada, es un hombre fuerte y duro, sin mayor relevancia que lo sitúe por encima del extenso elenco que en esos tiempos se alinea en las defensas de los diferentes equipos. Es cierto que a partir de la incorporación de Aguirre Suárez evidenciará el contagio más evidente en usos y métodos. Algo de cierto hay: en las seis temporadas de rojiblanco que no coincidió con Aguirre Suárez, más otras dos en el Barcelona, presenta una sola expulsión en su hoja de servicios, frente a tres tarjetas rojas en tres ejercicios formando con el argentino.

 

¿Se puede decir con rigor que la dureza fue el elemento decisivo del Granada victorioso?

 

A partir de aquí, el Granada será recibido con prevención en el Camp Nou, la siguiente jornada, y en el Bernabéu, a continuación. En Barcelona, tarde gris sin incidencias. En Madrid, el sumun. Aguirre Suárez agrede a Amancio, que en otra jugada se enzarza con Fernández. Una trifulca que arrastra a Jaén, Pirri, Velázquez… y termina en el todos contra todos reseñado en la apertura de este artículo, kilómetro cero de la leyenda que atrae inquina en todos los campos. Aguirre Suárez y Fernández son advertidos por el árbitro con carácter preventivo antes de los partidos. Las crónicas previas de los choques fuera de casa alertan contra los ‘aguerridos’ defensas rojiblancos. Se ha instalado un plano de dureza que oculta las excelencias de un buen equipo que, sin embargo, entra en la segunda vuelta con un desarrollo progresivo que se expresará en la recta final de la Liga precisamente contra aquellos equipos que marcaron el origen de la leyenda.

Y así, el Domingo de Ramos llega a Los Cármenes el Atlético de Bilbao. Y se va con un elocuente 5-1, cinco goles en la jaula de Iribar, el portero vasco que nunca antes había recibido semejante saldo. Se juega a continuación en Valencia -que será subcampeón de Liga- y el Granada se adelanta, aunque termina perdiendo 2-1. El 9 y el 16 de abril de 1972 el calendario cita sucesivamente en Los Cármenes a Barcelona y Real Madrid, que vienen lanzados en su habitual lucha por el título. El Barcelona lleva 18 jornadas sin perder cuando dobla la rodilla ante los dos goles que Porta endosa a Reina. Llega el Madrid. A falta de cuatro jornadas, el Real necesita ganar para que no resuciten las posibilidades y esperanzas del Barcelona. Pero también hay para los merengues: 2-1 final, con gol decisivo de Porta.

En ninguno de esos cuatro partidos que apuntan la cumbre del mejor Granada de la historia jugó Aguirre Suárez un solo minuto. ¿Se puede decir con rigor que la dureza fue el elemento decisivo del Granada victorioso? Además, en esa Liga perdieron en Los Cármenes los cinco primeros clasificados, los reseñados más el Atlético (1-0) y Las Palmas (3-0). También, el Sevilla (3-0), el Gijón (1-0)… Cuando a los protagonistas de aquella temporada se les pregunta por este factor, se admite que el equipo se hizo fuerte en Los Cármenes, donde los arbitrajes eran más permisivos ante el ardor guerrero empleado por los rojiblancos.

 

Los defensas Aguirre Suárez y Fernández fueron tildados de ‘comando’

 

Es un hecho cierto que desde esta temporada 71-72 hasta el final de la 73-74 de la lesión de Amancio se fija el corolario de la leyenda negra que el Granada ya no pudo sacudirse. Con la leyenda in crescendo, en marzo de 1974 Asensi proclamó: «Ir a Granada es como ir a la guerra». Con su terminante aserto, que define una época, el barcelonista se ahorraba el engorroso trámite de explicar por qué el árbitro Franco Martínez anuló en el último minuto un gol legal a Montero Castillo que hubiese supuesto la primera derrota de Cruyff en España. Con todo, eran tiempos en que se decía que los delanteros no querían ir a Los Cármenes. En realidad, tal afirmación solo le cabe a Amancio. Analizando las alineaciones de los partidos anteriores al desplazamiento a Granada en lo referente a los ‘grandes’ (Real Madrid, Barcelona y Atlético) más el Valencia -con el que se disputaron los partidos más tensos-, rara vez hay ausencias, salvo la de marzo de 1973, en la que los madridistas reservaron varios titulares ante un comprometido partido, tres días después, en Kiev. El Granada, en cambio, sí renunció a Aguirre Suárez y Fernández en Mestalla, temporada 72-73. Por cierto, sin ese tándem amedrentador, empató a cero. Fue una Liga, dicho sea de paso, en que dos goles de Chirri, uno en Sarrià -el Español, inesperado aspirante al título- y otro en el Manzanares -el Atlético, campeón final-, ambos avanzada la segunda vuelta, volcaron momentáneamente la Liga. El Granada se adelantó, pero discutibles decisiones arbitrales le privaron del triunfo.

Tres meses después de la sentencia de Asensi, sin embargo, ocurrió el lance definitivo cuando Fernández cazó a Amancio en Los Cármenes. Era el regreso del gallego al terreno granadino. Ausente tras los incidentes de 1971, Amancio y Fernández sí se habían encontrado en el Bernabéu en octubre de 1972, choque de guante blanco sin amonestados. No se enfrentaron tampoco en la 73-74, cuando el Granada en enero ganó en el Bernabéu -sin Fernández, ¡ojo al dato!-, un mérito esa temporada solo al alcance del Barcelona de Cruyff que abanderó el histórico 0-5 un mes después de la victoria rojiblanca. En Copa, Molowny no podía prescindir de su delantero porque el Madrid había quedado en la Liga fuera de Europa y necesitaba reengancharse a través de la Recopa. Fernández no había olvidado y al cuarto de hora clavó sus tacos en el muslo de Amancio, que tardó cuatro meses en reaparecer.

A Fernández, que ni siquiera fue amonestado, lo sancionaron con 15 partidos. En el encuentro de vuelta, fijado para el miércoles siguiente, víspera de festivo, los rojiblancos recibieron insultos desde que el autocar enfocó el Paseo de la Castellana y la caldera que esperaba en el Bernabéu influyó de tal forma en el ánimo de los jugadores del Granada que al descanso el marcador señalaba un contundente 7-1. Amancio reapareció cuatro meses más tarde, es decir jugó antes que Fernández. Pero la repercusión de este caso terminó por convencer a Candi: por segunda vez se había quedado a las puertas de Europa, por un punto, y debió considerar que la leyenda que acompañaba al Granada perjudicaba las aspiraciones europeas del club. Dos semanas antes de la lesión de Amancio, había anunciado la renovación de Aguirre Suárez. Tras el partido de Los Cármenes, dio marcha atrás. A Fernández se le trató de buscar equipo en el extranjero. La afición se rebeló. El presidente lo mantuvo y, cumplida su sanción, retornó a las alineaciones y fue titular la temporada en que Miguel Muñoz se incorporó al banquillo rojiblanco.

 

El fantasma de la violencia terminó por extenderse de forma injusta a toda la plantilla

 

Con la contratación del histórico míster exmadridista Candi buscaba glamur en el camino a Europa, pero una dirección técnica teñida de ‘pasotismo’ desembocó con el equipo en Segunda. Era ya un Granada ‘sudamericanizado’, boyante en lo económico por los traspasos de De la Cruz y Barrios (Barcelona), Lasa (Atlético de Bilbao), Jaén (Sevilla) o Castellanos (Valencia). Desde 1976 hasta 2011, el Granada estuvo ausente de las grandes pasarelas futbolísticas. Sin logros intermedios, por tanto, que hubiesen disipado aquellos graves episodios que se concentran en tres temporadas y, al ocultar en el olvido la calidad de un luminoso equipo joven, instalaron en los anaqueles de la historia la leyenda de un equipo duro y violento. Historias del lado oscuro, innegables, que no pueden tapar la calidad del equipo.

Es cierto que desde las botas de Aguirre Suárez vinieron usos nunca vistos en la Liga española. Aislar el virus de dureza no se explica en un solo futbolista, pues en aquel despliegue de maldad insolente que por momentos se apoderó del equipo hubo compañeros que se dejaron imantar por aquel límite sin ley y la etiqueta y el fantasma de la violencia terminaron por extenderse de forma injusta al completo de la plantilla. Pero mucho más cierta es la realidad de un equipo que no contó con Aguirre Suárez en ningún minuto de ninguno de los cuatro partidos que mejor reflejan su máxima expresión futbolística, la primavera de su juego. Afirmar que dureza y violencia actuaron como factor decisivo en las brillantes clasificaciones entre 1971 y 1974 no nos lleva más cerca de la verdad: sería más justo decir que, por primera vez en Los Cármenes, el Barcelona y Real Madrid pretendieron desactivar el gran momento del Granada no imponiendo sus virtudes, sino anulando las del brillante rival rojiblanco.

 


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