No voy a hablar de ellos. Ni de Leo, ni de Cristiano, ni de Neymar. Hoy no toca. Voy a hablar de ti y de mí, de alguno de nosotros. Te sientes flojo, cansado, con un tenue mareo que te acompaña nada más levantarte. Miras la programación y, ni siquiera, un Haití vs. Escocia alcanza a ilusionarte. Será en sábado, no te haría falta madrugar. El mal de estómago te acompaña y te delata. La indiferencia es la peor forma de infidelidad. Desde hace un mes, te repites que este Mundial no será lo mismo. El fútbol, te repites, ha dejado de emocionarte.
Ya tienes una edad. Un trabajo, una hipoteca, un seguro de vida. Pagas regularmente tus facturas. ¡48 equipos, la madre que los parió, 48 equipos! El Mundial era el mes de los mejores. No puedes eludir tus obligaciones. No puedes pagar por ver tanto fútbol. La FIFA nos engulle, se sacia, voraz, pantagruélica, miserable; a costa de cada uno de nosotros. El exceso de partidos ha terminado por vaciarte. Vuelves a casa después de currar y, te dices, no verás fútbol esta noche. ¡39 días y 104 partidos! El Mundial, te dices, era el mes de los mejores.
Te sientes viejo, agotado, ridículo. El Mundial está ahí, al alcance de la mano, pero poco a poco se te esfuma. ¿Será acaso el último? Para ti, para mí, para alguno de nosotros. Miras hacia atrás, te resulta inevitable. ¿Cómo fue el primero? El placebo actúa con eficacia. El primer Mundial se nos fija en la memoria como cemento armado. Te pasa, me pasa, nos pasa. Acostumbro a decir que recuerdo algunas cosas de México’86, pero tenía seis años y quizá sólo deseo recordarlo. En verdad, es probable que todo empezara con un Irlanda vs. Egipto de la fase de grupos de Italia’90. La memoria ha decidido borrarlo, muy sabia ella, pero sé que de alguna forma, en algún lugar, permanece. Han pasado 36 años. Ahora evocas, recuerdas, ese primer Mundial sin saber cúal será el último.
La FIFA nos engulle, se sacia, voraz, pantagruélica, miserable; a costa de cada uno de nosotros. El exceso de partidos ha terminado por vaciarte
Es indecente, sucio, pérfido. Te vienen los adjetivos a borbotones cada vez que ves aparecer a los tiranos en la pantalla. Siempre han estado ahí, pero nunca los hijos de puta se han mostrado tan orgullosos de ser unos grandísimos hijos de puta. No quieres ver al engendro de Trumpantino entregar la copa; piensas, reflexionas, dudas. Vuelves a ver la lista de partidos. Ayer terminaste por ceder y la añadiste al calendario del móvil. Por la mañana, por la tarde y por la noche, a costa del jamacuco que le dé a unos cuantos futbolistas. Tórrido, asfixiante, sofocante. Los adjetivos y los tiranos te vienen a borbotones, piensas, dudas, reflexionas; mientras repasas de nuevo la lista de estadios y partidos.
Uno a uno, en estricto orden alfabético, lees los nombres de los futbolistas. Ya no los conoces como antes. No lo intentes, te dices, pero vuelves a echar un vistazo. ¿Irak? ¿Irán? ¿Cabo Verde? Dicen que el fútbol no nos deja pensar. Bendito fútbol que no nos deja pensar. ¿Pero a quién le interesa pensar todo el día? Te levantas, nos levantamos. Enciendes una pantalla, después otra. Seré inocente, cándido, pero vuelvo a creer que el fútbol es ese paréntesis que se abre en un campo durante 90, 100, 110 o 116 minutos. Por encima de toda la porquería que lo rodea, y desde luego que en este Mundial la basura va a terminar por sepultarnos, el juego está ahí, modificado, condicionado, pervertido; pero sigue siendo juego al fin y al cabo. ¿Qué es el juego? No lo sé. ¿Qué es la vida? Un cooling break. ¿Y tú quién eres? A saber. Porque la vida, te consuelas, nos consolamos, también es un paréntesis que se abre de un partido a otro.
¿Cómo puede decirle alguien a una niña en un campo de refugiados en la frontera entre el Congo y Ruanda, después de trabajar 15 horas en una mina de cobalto, que no tiene derecho a ilusionarse con un gol de Bakambu?
Y ahora sueñas, sí, perdón por el verbo, pero ahora sueñas con Uzbekistán ganando los tres partidos de la fase de grupos, llegando a cuartos y marcándose un Corea del Norte en el Mundial del 66. Abandonas la razón, a tomar por saco la razón, y cantas, cantamos, en un pogo de barrio el hit de Bosnia y también el de Herzegovina. ¿Y si fuera el último? ¿Y si para ti, para mí, para alguno de nosotros, fuera el último? Te vienes arriba y vuelves a ver el vídeo de la convocatoria de Escocia con el puto Ewan McGregor. Sacas tu chándal de yonqui y el abismo debe ser eso que va de uno al otro. La épica se vende, se prostituye, todo se vende, pero, ¿cuánto darías, daríamos, por ser durante sólo un minuto un tal Juninho Bacuna sobre el césped de un estadio en Houston a las doce del mediodía?
El sentimiento es ahora conocido, recurrente, familiar. Verás por lo menos dos partidos el sábado, quién sabe si los cuatro del domingo. Un espejismo, un engaño, la caverna de Platón. Claro, faltaría más. Lo siento, cariño, la moral no da más de sí. Mi recuerdo se funde con el tuyo en los pocos rincones que la mafia nos deja libres. No sé dónde estás, pero hay algo en todo esto que sigue valiendo la pena. ¿Cómo cojones puede decirle alguien a una niña en un campo de refugiados en la frontera entre el Congo y Ruanda, después de trabajar quince horas en una mina de cobalto, que no tiene derecho a ilusionarse con un gol de Bakambu? Será demagogia, populismo, pero no he encontrado religión más creíble que esta.
El Mundial será indecente, excesivo, asfixiante. Demasiado hipócrita ponerlo en duda a estas alturas. ¿Cuántos son los mundiales que he vivido hasta ahora? Cada cuatro años, once veces sonó la televisión de fondo, estrenamos otra, gritamos, lloramos, nos aburrimos, nos fuimos alejando. ¿Y si fuera el último para ti, para mí, para alguno de nosotros? No lo será, hazme caso, no lo será. Regresamos, caemos, reincidimos. El futuro tiene al menos la ventaja de estar a salvo de la nostalgia. El fútbol, te repites, ha dejado de emocionarte. Es inevitable. Te pasa a ti, a mí, a cada uno de nosotros. Miras la pantalla, las alineaciones. El último Mundial será siempre el próximo.
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