En este tiempo se ha escrito mucho sobre lo que no era o no tenía el Real Madrid de las cuatro Copas de Europa en cinco años. Sobre todo porque su éxito ha sido en cierta manera contracultural, pues no se dio a partir de un estilo de juego definido que hiciera del colectivo un ente dominante y abrasador ante el que el rival no pudiera hacer nada. El Real Madrid permitía al contrario que preguntase consciente de que siempre iba a tener la última respuesta. Por eso, más que vencer, sobrevivía.

Esto, en el fútbol post Barcelona de Pep, a muchos no les ha parecido propio de un campeón. Pero contracultural o no, apropiado o no, lo cierto es que al Real Madrid le da igual. Su sino es ganar y los caminos hacia la victoria, además de inescrutables, son completamente accesorios: hoy será uno y mañana otro. Lo importante es el hecho, y este dice que los blancos, más allá de lo de 2015, lograron sobrevivir desde aquella no-remontada ante el Borussia Dortmund de Klopp en 2013 hasta el tanto que anotó Hakim Ziyech anoche.

Aunque hace prácticamente un año la Juventus bien pudo evitarlo. Los de Allegri se habían puesto 0-2 en el Santiago Bernabéu tras borrar del campo al Real Madrid durante una media hora frenética de juego donde Douglas Costa parecía Garrincha y Mandzukic, Sabonis. El partido poco a poco se igualaría, Zidane hizo un doble cambio en el descanso y el Real Madrid comenzó a encontrarse a sí mismo desde el balón. Pero entonces la Juve marcó el 0-3 que igualaba la eliminatoria. Cualquier equipo, en ese momento, se hubiera vuelto loco. El Madrid había perdido algo que tenía ganado. Que era suyo. Nada duele más que eso, nada genera más confusión y dudas. Pero el Real Madrid no era como los demás. Desde aquel momento, aunque cada gol italiano valía el doble que cualquier gol español, la Juve no volvería a rematar a puerta. Casi ni pisó campo rival. El Real Madrid estaba afrontando la situación con la frialdad de un asesino. Sabía que el fútbol era suyo, que lo peor había pasado y que en cualquier momento llegaría su oportunidad. Y en el 92, tras una jugada interminable, los de Zidane y Ronaldo encontraron absolutamente solo a Lucas en el punto de penalti.

Fue su resiliencia, es decir, la capacidad por la que alguien es capaz de adaptarse y de afrontar de forma positiva las adversidades que te va planteando la vida, la cualidad que mejor explica por qué el Real Madrid logró ganar cuatro de las últimas cinco Copas de Europa. Pero ayer, en el Santiago Bernabéu, ante un equipo que llevaba dos décadas sin pasar una eliminatoria de Champions, el gol de Ziyech, que ni siquiera igualaba la eliminatoria, sacó al Real Madrid del partido. Fue la pieza final, la acción definitiva, que terminó por destrozar el sistema nervioso de un equipo que ya no sabía como resistir, y que por eso se puso a correr hacia todas partes como hubiese hecho cualquier conjunto sin oficio ni beneficio. Sin grandeza, poso ni títulos.

Fue entonces, en los minutos posteriores a dicho gol, cuando los aficionados, los contrarios, los periodistas y sobre todo los propios jugadores comenzaron a mirar a su alrededor y se encontraron que, ahora sí, el Rey estaba completamente desnudo.

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Yo soy ganador, a mí me gusta ganar en cualquier cosa, no me gusta perder. Si tengo la sensación de que no voy a ganar, hay que hacer un cambio. […] Hay momentos complicados donde puedes pensar si eres la persona adecuada todavía. Hay momentos duros y momentos muy bonitos, acabamos con uno espectacular. Pero hay momentos complicados en la temporada y eso te hace reflexionar. […] La historia de este club es muy grande y siempre apretamos a los jugadores y les pedimos más. Pero llega un momento que… Qué más les voy a pedir, con lo que han hecho conmigo. Por eso creo que necesitan otro discurso”. 

Zinedine Zidane no es una de las personalidades que mejor reflejan o simbolizan lo que es el Real Madrid Club de Fútbol, pero seguramente sí sea una de las personas que mejor lo hayan comprendido a lo largo de su historia. El francés comenzaba a notar los síntomas de desgaste que el equipo dejaba, entendió que él no iba a ser la solución a dichos problemas y decidió marcharse, no por cinismo, sino por pura coherencia.

La Champions 2017-18 se había entendido como un salvavidas, pero en realidad no era exactamente eso. No fue algo a lo que agarrarse desesperadamente para obviar lo que estaba pasando en Liga. Aquella Champions fue la demostración de todo lo que aun podía ser el Real Madrid pero ya no estaba siendo en el importante día a día. El desgaste del ciclo, que para muchos había comenzado en 2014 pero que el club sentía que había arrancado en 2009 con la llegada de Cristiano Ronaldo, comenzaba a ser inmanejable. Al Real Madrid le quedaba fútbol, grandeza y energía para poder ganar a cualquiera a cara de perro en su competición. Pero para poco más.

Por eso el ciclo del Real Madrid no acaba ayer. Acaba en el preciso instante en el que sobre el césped del Olímpico de Kiev Cristiano Ronaldo le despoja de ese fútbol, de esa personalidad y de esa energía al club al que había hecho campeón. Es el portugués el que desnuda al Real Madrid. O al menos el que le arranca la posibilidad de volver a vestirse de la misma manera que venía haciéndolo durante los últimos años.

 

“¿Y ahora qué?”, se deben estar preguntando los aficionados madridistas. Ahora el Real Madrid se enfrenta a lo desconocido

 

El Real Madrid tuvo que comenzar entonces una reconstrucción. Pero no una reconstrucción cualquiera, sino una reconstrucción desde la victoria. Lo cual es prácticamente un oxímoron porque esto en el fútbol no existe.

El anterior ciclo ganador, el ya mencionado Barcelona de Guardiola, arranca pocos meses después de haberle hecho el pasillo a un equipo que no pasaba de octavos de la Champions. Es entonces cuando Pep no sólo tiene la inteligencia, sino también la capacidad, de hacer tabla rasa y dar aquella famosa rueda de prensa en la que dice que no cuenta con Ronaldinho, Deco y Samuel Eto’o. Aunque suene paradójico, construir desde la derrota siempre es más sencillo que hacerlo desde la victoria.

En todo caso, el nombre de Julen Lopetegui parecía encajar muy bien con las necesidades que iba a tener el Real Madrid. Si la plantilla no iba a cambiar y Cristiano Ronaldo ya no iba a estar, el campeón tenía que encontrar en la pizarra la forma de acercarse de nuevo a la victoria. Al Madrid le sobraban centrocampistas con calidad asociativa, Julen conocía a los futbolistas españoles, él parecía contar con la energía suficiente para emprender la reformulación necesaria… Y durante un tiempo esto funcionó. Los primeros partidos del Real Madrid fueron buenos. Muy buenos incluso. Pero el viento no sopló a su favor y la idea no tardó demasiado en caérsele.

¿Qué le faltó a Lopetegui? ¿Gol para ganar esos partidos que mereció? ¿Convicción para llevar hasta el final su idea de juego a pesar de que ésta pudiese chocar con la escala de jerarquías del vestuario? ¿Tiempo para encajar todas las piezas? A buen seguro a Julen le faltaron éstas y otras muchas cosas. Pero, ciertamente, para el Real Madrid fue la última oportunidad de mantenerse como favorito a todo.

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La opción de ser candidato a algo la perdería con el siguiente paso. Santiago Solari, al igual que su predecesor, no se encontró un reto nada sencillo. Pero su forma de afrontarlo desde el día uno limitó enormemente el potencial del Madrid.

El argentino decidió normalizar a un equipo que no podía ser concebido como tal. Solari, en definitiva, aplicó la misma solución al Madrid que hubiese aplicado al Celta o al Athletic si hubiese sido Cardoso o Garitano. Vio donde estaban los problemas y decidió solucionarlos con medidas muy conservadoras. Es decir, en vez de potenciar sus virtudes, trató de compensar sus defectos. A partir de ahí se explica el 4-3-3 con Gareth Bale a la izquierda y Lucas Vázquez a la derecha. Solari quería a cada jugador en su sitio, cubriendo su zona y haciéndose responsable de su posición. El único con libertad de movimientos era un Karim Benzema que parecía predicar en el desierto hasta que el cúmulo de lesiones llevó a Solari a contar con Vinicius Junior.

De ahí que, más allá de sus momentos individuales y de los temas extradeportivos que han podido suceder, Marcelo e Isco saliesen rápidamente de la ecuación. Su anarquía no encajaba con el orden lineal que quería instaurar un Solari que parecía haber olvidado que, precisamente, la genialidad y talento de jugadores como Marcelo o Isco fueron el orden sobre el que fue pivotando el Real Madrid de Zidane. Esto, sumado a la incomparecencia de Gareth Bale, a que Modric por primera vez quería pero no podía y a que Marco Asensio no dio ningún paso adelante, dejó al equipo blanco pendido de una estructura que se sostenía bajo sus piezas de menos calidad diferencial y que dependía de un chico de 18 años para ser capaz de crear algo en ataque.

Y entonces llegó todo lo visto en los últimos siete días: un equipo incapaz de afrontar cualquier situación desfavorable ni desde el juego ni desde el ánimo. Desde el gol de Suárez el Real Madrid deambuló desnudo por el Santiago Bernabéu sin saber qué hacer. Ya sólo quedaba esperar su final. Y éste no tardaría mucho en llegar.

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“¿Y ahora qué?”, se deben estar preguntando los aficionados madridistas. Ahora el Real Madrid se enfrenta a lo desconocido. El contexto económico ha cambiado, el máximo rival sigue teniendo a Leo Messi, tú ya no tienes a Cristiano Ronaldo, la plantilla tiene mucho talento pero es complicado descifrar cuál le va a ser útil y cuál no, el club parece haber emprendido una reorientación en su política de fichajes… Es absolutamente imposible saber qué será el Real Madrid dentro de un año.

Lo que no parece tan complicado de suponer es que de la derrota de ayer varios jugadores pueden extraer un significado que en el futuro les será fundamental. El Real Madrid 2014-2018 fue lo que terminó siendo y ganó lo que terminó ganando en parte gracias a todo lo que no fue y a todo lo que perdió entre 2009 y 2013. Porque en la derrota hay conocimiento. Del club, de la competición y también de uno mismo. Fue en esa desesperación de Cristiano Ronaldo pidiendo presionar al Barcelona donde nació su calma. Fue en ese penalti fallado por Ramos ante el Bayern donde se fortaleció su personalidad.  Y fue en ese baño del Borussia Dortmund de Klopp y Lewandowski en el Signul Iduna Park donde se terminó de dar forma a su resiliencia.

“¿Y ahora qué?”, os volveréis a estar preguntando los aficionados madridistas. Pues ahora toca esperar para ver en qué acaban exactamente las lágrimas de Vinicius.