Pasaportes

El renacimiento de Aurélien Tchouaméni

En el fútbol todo cambia muy rápido. Y Aurélien Tchouaméni, ahora, lo sabe mejor que nadie. Hace apenas unos meses, en enero, los pitos del Bernabéu lo señalaban como un motivo de desconfianza. Había cometido errores visibles –como aquel pase que terminó en gol de Morata ante el Milan– y su rendimiento era demasiado irregular, condicionado por lesiones en el pie y en el tobillo. La grada lo veía frágil, poco fiable, incapaz de ocupar el trono vacío que dejó Casemiro en el mediocentro. Incluso Ancelotti lo situó como central de emergencia, un gesto que reforzaba la idea de que su sitio en el Real Madrid todavía no estaba definido.

Hoy la historia es otra. Con Xabi Alonso en el banquillo, Tchouaméni ha pasado de ser una pieza discutida a convertirse en un activo innegociable. Desde el primer día lo definió como “un pilar fundamental” y, en apenas unas semanas, el francés se ha erigido en el eje sobre el que se articula la presión alta del conjunto. Ya no es un pivote que espera en campo propio: es el primer ladrón, el hombre que muerde hacia adelante, lidera las transiciones tras robo y lanza el pase vertical que inicia el ataque.

Los números hablan de su metamorfosis. En el triunfo en el Carlos Tartiere ante el Oviedo (0-3) fue el líder en duelos (9 ganados de 11, 3 de 4 aéreos), encabezó las intercepciones (5) y fue el segundo jugador que más balones recuperó (6). Sumó 90 intervenciones y completó 70 de 75 pases, cifras que superan sus promedios de las dos últimas temporadas. Además, abrió el marcador con un robo alto que desembocó en el gol de Mbappé. Una jugada que no es casualidad, sino un reflejo de la nueva identidad de este Madrid: perder, recuperar y atacar en cuestión de segundos.

 

En el triunfo en el Carlos Tartiere ante el Oviedo, sumó 90 intervenciones y completó 70 de 75 pases, cifras que superan sus promedios de las dos últimas temporadas

 

Ese cambio tiene una raíz táctica. Con Ancelotti, el equipo defendía más bajo y Tchouaméni debía cubrir demasiados metros, quedando expuesto en giros y salidas. Con Xabi, el bloque se instala más arriba. El francés selecciona mejor sus saltos, perfila su cuerpo para robar y orienta el pase hacia delante. Ha dejado de ser solo un centrocampista de contención: ahora es la casilla de salida de todas las jugadas blancas. Defiende más cerca, recupera antes y golpea con mayor impacto. Ya no recorre kilómetros a la espalda: concentra su energía en robar y transformar cada recuperación en peligro inmediato.

La evolución también se lee en los datos acumulados. En su primera temporada promedió 1,7 intercepciones por partido; en este arranque ya supera las 2,4. Desde enero, además, es el jugador que más faltas recibe, un indicador de que los rivales ya lo identifican como alguien que deben frenar a toda costa.

Y quizá ahí está la verdadera transformación: Tchouaméni no ha cambiado solo sus números, ha cambiado la percepción que se tiene de él. De los pitos a la ovación, de la duda al liderazgo. El mediocentro que parecía un eslabón débil es hoy la pieza que conecta defensa y ataque, el jugador que marca el pulso de un Madrid en construcción. Porque al final, el fútbol no siempre pertenece a los que brillan más, sino a los que aprenden a resistir.


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Fotografía de portada de Getty Images.

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