De la mano de Irulegui, el Villarreal CF ascendió a Primera en 1998. Nunca había jugado en la máxima categoría. Duró una temporada, pero a la siguiente volvió a ascender, con Paquito en la dirección. Entonces Víctor Muñoz llegó al equipo para asentarlo arriba y, dos cursos después, Benito Floro tomó su lugar para dirigirlo hacia otro nivel. El nivel de competitividad y respeto que hoy se le conoce.

Aquello sucedió tras ganar una de las tres finales de la Copa Intertoto del verano de 2003. “Clasifiqué al Villarreal para la UEFA, di un sentido a su fútbol base, haciendo debutar a bastantes chicos en el primer equipo, y ayudé a modificar el departamento de fichajes. Les traje a Riquelme”, rememoró el técnico asturiano años después. La historia dice que ese fichaje resultó clave. Por su parte, en el diario As, Riquelme confirmó que le “convenció el hecho de que Floro viniese a Barcelona a hablar conmigo”.

El centrocampista llegó a ser fundamental en el ‘Submarino amarillo’, pero el mérito de Floro empezó antes de que fuese contratado. Y es que para el partido de vuelta de la final de la Intertoto contra el Herenveen, jugado el 26 de agosto, el crack aún no pertenecía a la plantilla. Es cierto que Floro no acabó esa temporada, pero también lo es que en su nueva estancia en el club -ya lo dirigió en la campaña 1988-89, cuando estaba en Segunda B- estableció bases del glorioso futuro inmediato, tal como él mismo afirmó.

Floro fue el primer entrenador que entendió el fútbol de Riquelme en España. Y en parte gracias a Floro, con Riquelme de estandarte y canteranos de la talla de Martí o Cazorla, el Villarreal llegaría a semifinales de UEFA ese curso y de Champions poco después. Así se hizo grande el club durante la década de los 2000, ciclo que culminaría con Pellegrini en el banquillo.

Riquelme llega al Villarreal para cambiar su historia

El Villarreal presentó a Riquelme el 28 de agosto de 2003. Aquel día acudieron 4.000 personas a recibirlo. Que un club de limitada relevancia consiga a un jugador de esa categoría en su madurez futbolística solo puede deberse a una situación extraña. Esa era la vivida por Riquelme en el Barça.

“Nada más llegar al Barcelona el técnico me dijo que no me había pedido, lo que me pilló de sorpresa. Van Gaal tiene su manera de ver el fútbol y ha ganado mucho. A mí no me tocó entrar en su sistema”, explicó el nacido en San Fernando.

El argentino llevaba un año en España, donde jugó poco con Van Gaal y algo más con Antic, los meses finales de competición. Un Riquelme que poco antes había sido jugador referencia del Boca ganador intercontinental y cuyo fichaje costó a los azulgranas once millones de euros. Nada de esto fue suficiente para demostrar su valía en Barcelona, ya que no dispuso de más tiempo.

En junio de 2003 la entidad culé cambió de mandatarios. Lejos de mejorar, la situación de Riquelme pasó a ser residual. Liderada por Laporta, la nueva junta directiva confió a Rijkaard el puesto de entrenador, quien siquiera consideró a Riquelme para su proyecto. El 21 de julio, el entonces secretario técnico Beguiristain anunció que habían “decidido que Riquelme sea el extracomunitario que quede fuera del equipo”. Fue el mismo día que presentaban a Ronaldinho. Las fichas disponibles serían para el brasileño y los igualmente contratados Rüstu y Márquez. Y en vista de la demora en las bajas, un mes después anunciaron que Riquelme, Bonano, Enke, Dani y Alfonso pasaban a entrenar al margen del grupo.

Riquelme sonó para varios equipos durante ese mercado, todos de nivel medio. Prueba de que, tras un solo curso en Europa, su figura quedó devaluada. La insistencia de Floro hizo que acabase en Villarreal y no en Murcia o Mallorca. “Me reuní con él y le expliqué la idea de juego”, contó el gijonés. Fue una cesión por dos temporadas que más tarde devino en fichaje, dado el rendimiento del jugador.

En su nuevo equipo, Riquelme dejó de ser Riquelme y lucir la ’10’ para convertirse Román y jugar con la ‘8’. Tomó el lugar simbólico de Cagna, volante creativo que fuera importante en el conjunto castellonense desde el ascenso hasta la llegada de Floro. En 2002 Cagna regresó a Argentina, donde ayudó a que Boca consiguiese otra Copa Intercontinental. Hizo el camino a la inversa que su sucesor. Cagna tenía 31 años cuando se fue y Riquelme 25 cuando llegó. Román era el presente y pronto lo demostraría. “Gracias al Villarreal vuelvo a ser futbolista”, dijo el nuevo ‘diez’ en su presentación.

Un Villarreal para Riquelme, a la medida de Floro

En una entrevista para El País, el siempre didáctico Benito Floro -también profesor de la escuela de entrenadores- explicó que “hay tres estilos de juego: ataque directo, contraataque y combinado”. Y adelantó que su Villarreal sería “un equipo de ataque combinativo. El estilo más difícil de ejecutar, pero más bonito”. Era esta una reflexión consecuente con su punto de vista sobre la “esencia del fútbol como la lucha por la posesión del balón”, pensamiento expresado a The Tactical Room.

Tanto en el Albacete Balompié como en el Real Madrid, Floro se dio a conocer como entrenador apasionado de la estrategia, la táctica, la marcación zonal, el sistema 4-4-2 y la ejecución conceptual del juego. “Antes que nada, ser entrenador significa ser el estratega del equipo. La estrategia es la elaboración de un plan antes del partido. Lo que se desarrolla en el terreno de juego será la táctica”, declaró para dicha revista.

Precisamente la inteligencia táctica es lo que Floro destacó de Román, al asegurar que “es un jugador técnicamente muy bueno, con buena salida, pase y finalización. Aunque todavía debe mejorarla en función del colectivo. Lo que fundamentalmente tiene es calidad táctica: sabe pararse siempre donde debe”. Por tanto, el argentino encajaba en su idea.

Sobre esa propuesta de toque a la que hizo referencia, en la citada entrevista el gijonés teorizó que los equipos que pretenden desarrollar un estilo combinativo “deben contar con cinco canalizadores de juego: el portero, los dos centrales y los dos mediocentros”. En el Villarreal 2003-04, Riquelme fue el sexto. “Su función será la que marca la sensatez: canalización de juego, pase de gol y finalización”, aseguró Floro.

El primer Villarreal de Riquelme desde el juego

En el tercer y definitivo Villarreal de Benito Floro, Reina fue indiscutible en la portería y las dos vacantes para el puesto de central se las repartieron Coloccini, que llegó cedido por el AC Milan, Ballesteros y Quique Álvarez. Sobre este último, canterano de la Masía, Floro destacó el manejo, “útil para iniciar el juego y salir con el balón cuando no hay desmarques”. Procedente del filial, Arzo también tuvo minutos.

Situados delante de los centrales y en paralelo, en sus equipos el entrenador asturiano solía establecer un marcado doble pivote. Ese curso dicha zona sufrió la marcha de Farinós y la ausencia de Senna por lesión. Fueron bajas sensibles que Floro solucionó con el uso de Josico y un Pere Martí que, a sus 21 años, supo marcar el ritmo en muchas fases de los partidos. En ocasiones el central Coloccini o el interior Roger, fichado al Espanyol esa misma temporada, formaron como volantes centrales, siendo en realidad opciones de urgencia.

El experimentado Battaglia aterrizó en invierno procedente de Boca y fue directamente titular. Ejemplificando con el argentino, Floro expresó muchas de las virtudes que siempre apreció en un pivote. Dijo que Battaglia era “un mediocentro clásico, que vale para recuperar balones, distribuirlos y rematar”

En última instancia, los centrales y mediocentros utilizados compusieron la barrera táctica establecida por Floro para mantener el orden posicional y permitir la movilidad funcional de Riquelme metros adelante.

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Riquelme para atacar y también para defender

En fase de posesión, el juego que propuso aquel Villarreal se mostraba pausado y elaborado, como Floro adelantase. Desde atrás se construía raso y hacia el exterior, a fin de no perder balones en zonas centrales cercanas a portería. Este es uno de los conceptos que dictan los manuales futbolísticos, que el técnico siempre trató de respetar. Los laterales fueron receptores primarios de la construcción, todos ellos de perfil ofensivo. Arruabarrena fue fijo en la izquierda y por la derecha jugó Belletti, o Venta cuando el brasileño formaba de mediocampista.

Ya en la mitad de campo rival, los compañeros trataban de hacer llegar balones a Riquelme, quien se mantenía a caballo entre las zonas de gestación y aceleración de jugadas. “Lo usaba por el centro a la izquierda. A partir de ahí podía moverse”, contó Floro posteriormente. El enganche estaba dispuesto para filtrar pases profundos a José Mari -otra de las novedades de ese mercado-, centrocampista izquierdo de partida que, en movimiento, hacía las veces de segundo delantero. Por el otro costado, los pases de Riquelme habrían de ser precisos hacia las botas del hábil Guayre o del veloz Belletti. Estos eran los encargados de desbordar a sus marcadores o, según pidiese el juego, esperar las ayudas del lateral para generar superioridades numéricas en la derecha. El objetivo era asistir al delantero centro que aguardase cerca del área o al componente que la asaltase desde la otra banda.

En realidad este fue el segundo plan de juego empleado por Floro, posterior a la Intertoto y las primeras fechas ligueras. Y es que la inclusión de Riquelme en las alineaciones, unida a la baja del zurdo Calleja, lesionado de larga duración desde la jornada 5, propiciaron que se pasase del 4-4-2 al 4-4-1-1 y variasen ciertos roles, como el reseñado de José Mari.

Con Riquelme disponible, el entrenador adecuó el equipo a sus mejores futbolistas y estableció la idea de contar con un nexo entre los volantes y quienes pisaban zonas de desenlace de jugada. El dibujo mutó así la punta de ataque, pero las penetraciones por los costados no se negociaban. Y es que “el juego por las bandas es el verdadero caballo de Troya del fútbol, porque obliga a que los defensores rivales se giren y desatiendan su espalda”. Otra explicación conceptual dada por Floro, en una entrevista para El Confidencial

Además de las incursiones y los centros laterales, las asistencias de Riquelme también iban dirigidas hacia los desmarques de ruptura de Andersson, delantero veterano fichado para relevar a Palermo. Tras la lesión de Víctor en la fecha 6, el goleador brasileño se volvió indiscutible en las alineaciones. Sobre esa zona central de ataque, Riquelme dijo que “siempre he jugado detrás de dos delanteros, es donde mejor me desenvuelvo. Pero en España no se juega así y ahora me está tocando hacerlo un poquito más atrás, donde el técnico me da mucha libertad y me siento muy cómodo”.

En una entrevista posterior, Floro completaría el argumento sobre la fase de posesión apelando al colectivo. Como el resto de equipos que dirigió, el desempeño de su Villarreal en el fondo fue cuestión de repartir funciones y responsabilidades, ya que “ningún entrenador quiere que todo pase por un solo jugador. La canalización tiene dos maneras: la fácil, de toque y pase, que ponían Josico o Battaglia; y la difícil, de regate y desborde, que la daba Riquelme”.

Lejos de lo que pudiera parecer, en fase de espera Riquelme también fue decisivo. El esquema presentaba tres líneas bien juntas en la mitad del campo, con la de zagueros adelantada. Arriba, Riquelme se situaba en paralelo con el delantero centro. Esta circunstancial pareja tenían la función de tapar vías de pase e iniciar la presión, que se volvía intensiva en la línea de medios. Grupalmente, la voluntad era dificultar el juego al rival mediante la reducción del espacio y facilitar la recuperación. Si el balón se recuperaba, la elaboración del juego salía rápida hacia los costados o volvía atrás, a menudo con Riquelme como vía de escape.

Años después, Floro recordó la labor integral de Riquelme de la siguiente manera: “Sus primeros cuatro meses fueron una maravilla. Como el clásico diez argentino que era, creaba juego haciendo pases cortos y largos, manteniendo la posesión, haciendo paredes, goles… y robaba balones a los rivales con una actitud que ya quisieran ciertos peleones del medio campo”.

Floro sale, el Villarreal sigue

Ciertamente, los compases iniciales del Villarreal de Floro y Riquelme fueron destacados. El equipo pasó dos rondas de UEFA, eliminando al Trabzonspor y al Torpedo Moskva. Contra los rusos el argentino se exhibió e hizo los dos únicos goles del partido de ida. La situación se torció en enero.

La prensa publicó que varios futbolistas no habían cumplido el régimen ordenado por Floro para Navidades. Riquelme llegó en baja forma y admitió que, en la evolución de su estado, más que el descuido vacacional pesaba la falta de pretemporada con el Barça.

El equipo perdió contra el Real Madrid en la jornada 21 y, la siguiente, en el Madrigal frente al Espanyol. Entonces Floro dejó fuera de la convocatoria a Riquelme para el partido que les mediría al Celta, que también acabó en derrota. La goleada al Racing por seis goles a tres en el retorno de Román no solucionó la situación, ya que el problema se había vuelto ambiental.

En la fecha 25 de Liga, el Zaragoza les ganó 4-1 y Floro presentó su dimisión. Fue el 24 de febrero de 2004, con el equipo octavo clasificado en la competición doméstica, a un punto de Europa. Visiblemente apenado, el técnico argumentó que “cuando un entrenador ve que, durante ‘equis’ tiempos, la plantilla manifiesta poca implicación por el trabajo que se propone, no merece la pena seguir”. En ese momento libró de la quema a Ballesteros, Martí y Quique Álvarez. Años después, en una entrevista para Contra, Floro recordó que “el equipo estaba desunido porque tres jugadores españolitos crearon un ambiente fastidioso”.

Paquito, que hasta entonces había sido asistente, tomó otra vez el banquillo. El equipo cayó en semifinales de la Copa de la UEFA, contra el Valencia, y acabó octavo en la Liga. Para la 2004-05 aterrizó Pellegrini, ganó inmediatamente la Intertoto y Riquelme se convirtió en el mejor futbolista de la historia del club, donde se mantuvo un lustro.

 


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Fotografía de portada: Imago.